Nymph()maniac, de Lars von Trier

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febrero 14, 2014 por Roberto García-Ochoa Peces

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MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

El realizador danés Lars von Trier nunca ha dejado de flirtear con el sexo en sus películas, siendo de hecho uno de sus elementos compositivos más visibles y, a la vez, clave para comprender su particular visión del mundo y los seres que lo poblamos. Por eso no es de extrañar que, finalmente, y en su gustosa y continuada escalada hacia la cima de la polémica cinematográfica mundial, haya terminado por realizar una cinta que trate específica y, por supuesto, explícitamente el tema, abordándolo sin tapujos y desde una panorámica frontal (en el más amplio sentido de la palabra).

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Tan tremenda parece su empatía hacia el terreno de la libido que su manifestación en imágenes se ha extendido hasta un margen absolutamente impensable: parece que hay metraje para cubrir alrededor de 330 minutos de sexo y enfermedad en Nymphomaniac. Una duración incompatible con la distribución comercial de nuestros días, más aún cuando el impacto y la fricción de los órganos sexuales se quiere mostrar sin tapujos en la pantalla. De ahí la división de la distribuidora en dos volúmenes de unas cuatro horas de duración en total; dos películas estrenadas con un mes de diferencia para guardar el recuerdo reciente, porque resultan totalmente dependientes la una de la otra, ya que en realidad pertenecen a un mismo bloque. Para visionar la hora y media restante, que es de esperar contenga aquellas escenas aún más subidas de tono, habrá que esperar al dvd.

Von Trier es un tipo harto inteligente. Así lo ha demostrado a lo largo de su ya considerable carrera, donde ha sabido plasmar sus obsesiones -casi siempre insanas y radicadas en un carácter traumático- a través de una puesta en escena descarnada y sin miedo a reflejar sobre las imágenes la estética feísta que normalmente atañe al alma de sus personajes, sin por ello dejar de refinar aquella paulatinamente, en pos de una pose intelectual que, en ocasiones, sirve como perfecta tapadera de su propio descontrol creativo con ínfulas de gravedad. En su última realización ocurre algo similar a esto último, si bien aquí el relato se antoja bien meditado: lo que aquí acontece es que, lo que en anteriores cintas podía pasar por broma pesada, en su abordaje del sexo se transforma en un mero (que no simple) ejercicio de juego asociativo, restando gran parte de la gravedad que ahora sí parecía necesario acometer, para exponer solamente su incuestionable grado de ingenio e imaginación, ya fuere en el aspecto narrativo o visual. Lo más parecido a un talento en bruto, conscientemente desaprovechado.

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Nymphomaniac aborda la controvertida vida de Joe narrada por ella misma desde el interior de una habitación del piso de Seligman, el hombre que la acoge tras encontrarla tirada en el suelo y con marcas de haber sufrido una paliza. Así, se suceden distintos episodios que nos introducen en los orígenes de su obsesiva búsqueda del placer mediante el contacto con extraños. El hecho de que cada uno de aquellos se titule de una manera más estrambótica si cabe da buena cuenta del grado de superficilidad perseguido: no hay intención alguna de indagar en el trauma que padece el personaje protagonista, ni de reflexionar acerca del por qué de sus temerarias acciones o indecorosa actitud, se trata solamente de plasmar en imágenes el libre discurrir de un espíritu indomable y a contracorriente. Cuando se enlaza la afición a la pesca con la caza de un nuevo hombre al que follarse, no existe ningún aliciente más allá del de esa mera asociación; si se relativiza el dolor de los empujones de un desvirgamiento mediante una numeración audiovisual de los mismos que apunta directamente hacia teorías matemáticas de instituto, el espectador no puede sino prestar más atención a la propia gracieta que a la relevancia dramática que afecta al personaje, que se ve destruída. Lo mismo ocurre cuando se hace una apuesta humorística en mitad del caos de una descomposición familiar, o en el momento en que se decide despojar la paleta fotográfica ante el instante de la muerte o, finalmente, si se eleva la promiscuidad a la altura del noble arte de la composición musical clásica de Bach. Todo (re)suena a desmane de lo esencial, a jugarreta en extremo ingeniosa pero de la misma manera fraudulenta para con el rigor esencial de una temática bien provechosa.

Pareciera que la segunda parte vertiese su inclinación hacia los terrenos de la dialéctica que ya se intuye en el primer corte. Que la explicación tomase finalmente forma y el devaneo sexual se hiciese menos copioso en favor de la razón; quizás un reverso del primer volumen que justificase de esta manera tal división. Pero tan sólo resulta un conato en su comienzo, para después volver a reproducirse la representación fílmica de esta patología de los adictos al sexo, sólo que recrudecida si cabe: el crimen y el (auto)castigo toman lugar para constatar que todo lo anterior iba totalmente en serio. Si bien, en medio de la tremenda decadencia que aparentemente afecta al personaje, resulta interesante la reflexión que su compañero de relatos realiza sobre la pedofilia -no criminalizando el deseo que subyace al hecho sino al hecho en sí mismo, lo cual supone una diferencia- así como el impactante estudio psicológico que se adivina a través del pasaje sadomaso que persigue adrede Joe: no hay orden ni razón (ni culpabilidad) en la búsqueda del placer cuando se trata de una persona que ha perdido cualquier contacto afectivo por sus semejantes.

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La impresión final tras el visionado de Nymphomaniac es que, con todo el ruido generado alrededor de su concepción, finalmente no había para tanto. Ni se trata de una película pornográfica (difícil que alguien pudiera creerlo considerando su exhibición en salas comerciales) ni tampoco de un film de arte y ensayo que, bajo el innegable atractivo de su escabrosa temática, pudiera ofrecer una reflexión certera y más o menos profunda sobre el origen o las causas de esta terrible enfermedad, desconocida y peligrosa a partes iguales. Así, queda en un desfavorecedor terreno intermedio, perdida en mitad de un camino pedregoso -aunque eficientemente arty– en el que uno no deja de preguntarse por qué se introdujo. Von Trier en el grado máximo de su habitual soliloquio digresivo: tan único, apasionante y provocador como del todo innecesario.

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