El crimen de Cuenca, de Pilar Miró

febrero 28, 2018 por Roberto García-Ochoa Peces

Después de desarrollar su carrera en la televisión, Pilar Miró pegaba un giro a su carrera con El crimen de Cuenca (1971), película muy polémica (vetada incluso por el Ministerio para su exhibición en salas) en la que se hacía eco de un suceso acontecido en provincias a comienzos del siglo XX para entregar una colérica diatriba contra las autoridades y la represión fascista.

 

Título original: El crimen de Cuenca
País: España
Año: 1980
Duración: 88 min.
Director: Pilar Miró
Guion: Pilar Miró, sobre la novela homónima escrita por Lola Salvador
Fotografía: Hans Burmann
Música: Antón García Abril
Intérpretes: Daniel Dienta, José Manuel Cervino, Héctor Alterio, Amparo Soler Leal, Fernando Rey, Eduardo Calvo, Guillermo Montesinos
Género: drama basado en hechos reales
Productora: In-Cine Compañía Industrial Cinematográfica / Jet Films

 

Contra la tortura impune

De todos los sucesos absurdos que han forjado esta España nuestra a lo largo de su Historia, este es, sin duda, uno sobre cuantos más vale la pena detenerse y señalar. Porque su remota localización y aparente pequeñez no hace sino subrayar lo mayúsculo del imperdonable error humano que en su seno se produjo. Por la valiente denuncia que sobre su verdadero significado -la impune y, generalmente, ignominiosa capacidad que ostenta el régimen del poder para obrar a su libre albedrío sobre aquellos con menos posibilidades, sin resquicio alguno no ya de justicia, sino para el amparo moral- realizase, primero, Ramón J. Sender, a través de su libro “El lugar de un hombre”, donde ponía de manifiesto este episodio de la crónica negra de nuestro país en el año 1939, y, más tarde, la directora Pilar Miró en su explícita y minuciosa traslación al medio cinematográfico como El crimen de Cuenca (1979), a partir de un guion de Dolores Salvador Maldonado, quien a su vez publicaría una novela homónima detallando el relato. Y sobre todo, para no dejarnos volver a engañar por los de siempre.

Los hechos reales se desencadenaron en el verano de 1910 en el pueblo de Osa de la Vega, provincia de Cuenca, e implican a dos pastores a los que se les acusó del robo por la venta de unas ovejas y posterior asesinato de un tercero, desaparecido. Sometidos a una investigación manipulada desde el caciquismo provinciano, dirigida a encontrar los chivos expiatorios necesarios a la mayor celeridad posible y de cara a tranquilizar a la analfabeta población, fueron torturados por la Guardia Civil hasta conseguir anular su voluntad y confesar así un crimen nunca cometido, puesto que tras permanecer once años en prisión y ser liberados, José María Grimaldos, “El Cepa”, acabó reapareciendo para solicitar un permiso de matrimonio. Tan terrible como cierto, el crimen que refiere el título puede deducirse que fue el que cometieron las autoridades haciendo un guiñapo de la vida de esos dos pobres desgraciados.

José Manuel Cervino y Daniel Dicenta en El crimen de Cuenca

Daniel Dicenta y Guillermo Montesinos

No nos encontramos ante una gran obra de arte, que resulte demasiado destacable por méritos estrictamente cinematográficos, tocantes a su narrativa o a la técnica desplegada. Si bien es de recibo mencionar su conseguida y asfixiante ambientación rural -mérito del director de fotografía, Hans Burmann-, las excelentes interpretaciones del elenco de actores, sin las cuales el relato perdería gran parte de su credibilidad, así como su claridad expositiva, que relega dolorosas secuencias y planos detalle de una configuración gore situada en el extremo opuesto del divertimento y la banalización con que se utiliza frecuentemente en el cine de género actual. Urge puntualizar, asimismo, que fue producida en una época donde todo en España, no solo el cine, estaba comenzando a transformarse (y evolucionar), fruto de la progresiva apertura ideológica -y, por tanto, temática- de la sociedad y sus artistas, pudiendo conformar un ilustrativo díptico junto a Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) o un buen ciclo acompañada de las primeras cintas dirigidas por Carlos Saura en los años anteriores.

En cambio, si por algo ha de resaltarse El crimen de Cuenca es por la apuesta humana de su mensaje, por su renuncia a las medias tintas a la hora de exponer unos acontecimientos que sólo pueden contarse desde el profundo resentimiento, la rabia y la indignación que han de provocar en cualquier espectador previamente no contaminado. El lacerante realismo de su apuesta y la veracidad acerca del objeto de su crítica enervaron, claro está, a los dirigentes de una joven democracia, revelando la fragilidad de sus estamentos y lo inservible de la denominada “Transición”. Los herederos ideológicos de la afrenta dieron la orden (todavía inédita) de secuestrar la película durante casi dos años, hasta que finalmente pudo estrenarse en 1981. Incluso llegó a abrirse un proceso militar a su directora. Lo peor de todo es que, casi cuarenta años después, las cosas no han cambiado demasiado: hoy sería impensable ver este título en la cartelera.

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