Crítica de La región salvaje (The Untamed), de Amat Escalante

mayo 11, 2020 por Roberto García-Ochoa Peces

Repasamos a continuación La región salvaje, cuarto largometraje en solitario de Amat Escalante, cineasta mexicano nacido en España que ha demostrado un talento creciente en cada una de sus producciones. Esta cinta, que se exhibió fugazmente en nuestras pantallas en septiembre del 2017, previo paso por Sitges y, con anterioridad, por algunos de los mejores festivales en el ámbito internacional, se cuenta como una insólita apuesta por la ciencia ficción con tintes de horror amparada en lo más profundo de México, en concreto en el estado de Guanajuato, que vio crecer al director y de donde extrae su compromiso hacia la temática del sexo corrompido, vertebradora de esta así como de gran parte de su obra.

 
Póster de La región salvaje

País: México, Noruega, Dinamarca, Francia, Alemania, Suiza
Título internacional: The Untamed
Año: 2016
Estreno: 15-5-2016 en México (15-9-2017 en España)
Duración: 98 min.
Director: Amat Escalante
Guion: Amat Escalante, Gibrán Portela
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Música: Martín Escalante, Lasse Marhaug, Guro Moe
Intérpretes: Simone Bucio, Ruth Ramos, Jesús Meza, Eden Villavicencio
Género: ciencia ficción, drama rural, terror
Productora: Mantarraya Producciones, Tres Tunas


 

La psique del sexo
La popularidad y el prestigio de Amat Escalante ha ido acrecentándose con el paso de los años, fruto del destacable y personal trabajo que ha llevado a cabo a lo largo de sus filmes, que han ido moldeando y puliendo el particular bisturí cinematográfico que saca a relucir este joven talento, con tanto que ofrecer aún en la gran pantalla. No es difícil adivinar que el núcleo de sus inquietudes temáticas, que versan en torno al sexo más o menos salvaje y a la supervivencia en el seno de una sociedad criminal, son el producto de sus propias vivencias en México, concretamente en la capital del estado de Guanajuato, donde creció y vivió la mayor parte de su vida, a pesar de que naciese en Barcelona y regresase allí, poco después de cumplir la veintena, para estudiar en el Centro de Estudios Cinematográficos de Catalunya (CECC).

Una imagen de La región salvaje

Su obra siempre ha mantenido una especial fijación por la desnudez, como ya quedase patente en Sangre (2005), su ópera prima en el terreno del largometraje -previamente había realizado el corto Amarrados (2002)-, así como no poca inclinación por el merodeo entre mafias mexicanas y el drama de la inmigración, tal y como se observa en su siguiente película, Bastardos (2008), así como en la posterior Heli (2013), título que le brindó definitivamente la fama internacional a raíz de su pasó por el festival de Cannes, donde compitió por la Palma de Oro y se alzó con el premio al Mejor Director en la edición celebrada ese año (el segundo que recibía del prestigioso certamen francés, dado que el referido debut ya ganó la sección Un Certain Regard). Y ha rodado la mayoría de sus producciones en México, el país que lo ha dado cobijo, con una especial predilección por la referida Guanajuato, que además tiene la peculiaridad de contarse como uno de los estados más conservadores y católicos de todo su territorio. Si bien no ha tenido dificultad para encontrar apoyo de productoras desde Francia, sumando en sus dos últimos trabajos fuentes de financiación de otros países europeos. Es el caso de La región salvaje, donde conviven impulsores de Noruega, Dinamarca, Alemania y Suiza, además de las dos mencionadas naciones.

Semejante unión de fuerzas ha posibilitado el nacimiento de su última y más ambiciosa cinta hasta el momento, a través de la cual prosigue la indagación en sus obsesiones recurrentes pero revistiéndolas de una capa de ciencia ficción que, no por impostada, resulta menos atractiva, incluso fascinante, por momentos; un verdadero salto al vacío y con una red aún por probar. Así nos lo anuncia desde el primer plano, cuando un meteorito parece dirigirse sin freno hacia nuestro planeta. O en los planos subsiguientes, cuando Verónica (Simone Bucio) huye herida y entre tinieblas de lo que ha germinado de esa roca espacial, capaz de entregar tanto placer como espanto, si acaso semejantes conceptos pueden planterse disímiles, tal y como cuestiona el inteligente texto que firma el propio director junto a Gibrán Portela.

Ruth Ramos en La región salvaje

La manifestación en pantalla de un sexo de cualidad quebrada y alejado de la normalidad tampoco tardará en presentarse, como cuando vemos por primera vez a Alejandra (Ruth Ramos) y Ángel (Jesús Meza), el matrimonio protagonista, follando desde la incomodidad: la cámara, situada a pocas palmas del rostro de ella, nos hace abandonar bien temprano cualquier amago de afán amoroso; una cuestión que se reafirma instantes después, con la mujer masturbándose bajo signos de redención en la soledad de la ducha o, más tarde, cuando vemos a aquel penetrar con nerviosa excitación el cuerpo de su cuñado Fabián (Eden Villavicencio), hermano de esta. Todos las escenas anteriores se amparan bajo el incómodo rumor del silencio. Un silencio cómplice y culpable de las desavenencias conyugales, líos extramaritales y chismorreos laborales en torno a la cuádrupla de personajes que conviven en el acallado lodazal que demuestran ser sus existencias, acrecentado por desarrollarse bajo el ruinoso yugo de un entorno con manifiesta tendencia hacia el alcoholismo, la venganza, la homofobia y la violencia de género.

Perdidos en el bosque de La región salvaje

Se trata, pues, de una representación harto incómoda del instinto sexual, cuando no desagradable o, directamente, obscena. El forzado encuentro diario en pos del placer. Y el efecto psicológico a colación se antoja devastador sobre el grupo. De ahí que el descubrimiento y paulatina aproximación que, por un motivo u otro, estos pobres individuos realizan hacia el ser que vive recluido en una cabaña en lo profundo del bosque, al amparo de una pareja con visos de profunda hurañía y egoísmo, resulte tan reparador como peligroso a un mismo tiempo. La representación física de la bestia no supone sino la expiación simbólica de los perjurios de un sexo imposible de alcanzar en su pureza, acaso la única vía para imbuirse de su esencia, que desecha nuestro recipiente corporal para sumir nuestra psique en el más absoluto de los sometimientos, escapando por completo a nuestro control; un órgano amorfo cuya sola visión acarrea horror, pero capaz de generar el mayor de los gozos a partir de su abrazamiento. De ahí que el mero adentramiento de aquellos en esa suerte de contenedor espiritual, de baño en las turbias aguas de un espacio fuera de tiempo y orden, pueda resultar letal, por la imprevisibilidad e irreversibilidad de una amenza que se adivina más que animal, primigenia.

La bestia en La región salvaje

Pero a Escalante no le interesa regodearse en esta extraña presencia -de inspiración lovecraftiana y exhibida en contadas ocasiones en pantalla a raíz de un esforzado trabajo de efectos especiales, por parte del mismo equipo que trabajase con Lars von Trier en Melancholia (2011) y Nymphomaniac: Vol. I y Vol. II (2013)-, y, así, el grueso de su narración se ocupa de perseguir el rastro de humanidad que se desgaja de los personajes, con el objeto de revelar de qué manera el influjo de este universo sexual degradado que los rodea puede condicionar sus acciones y devenir. Y para ello se acoge a un ritmo tendente a la observación, oportunamente punteado por ligeras fugas musicales de carácter atmosférico, ordena una fotografía que no subraye sino se inmiscuya en la verdad social que ambienta la historia -y solo prefigure esa sensación de irrealidad en las secuencias que transcurren en el interior del hospedaje, mediante esos escasos puntos de luz que relegan la luminosidad a una esquina en favor del surgimiento de lo ominoso- y, en general, orquesta con sumo cuidado y rigor los movimientos de un plantel de actores entregados en piel a la causa de sonsacar esa sensación de (falsa) calma y paulatino embrutecimiento que sugieren las imágenes.

La región salvaje emerge como una rara avis en el panorama no ya del cine mexicano reciente, sino del fantástico actual. Empleando sus propios temores de la infancia y juventud, el cineasta mexicano subvierte los valores tradicionales de la sociedad que le ampara con el fin de extraer una lectura del dolor que mana del supuesto placer con el que convivimos en nuestro entorno más cercano. Y esa suerte de exorcización de sus demonios más íntimos solo consigue completarla subvirtiendo dicha convencionalidad, apartándose a lo más profundo del bosque, donde los límites entre lo real y lo figurado se confunden, y penetrando sin rubor en el territorio metafórico de la conciencia. Ese espacio inconcebible en el que miedo y liberación se funden en un solo concepto.

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