Crónica de Sitges 2014. Domingo 5 de octubre

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octubre 6, 2014 por Roberto García-Ochoa Peces

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Magical girl irradia tanta luz como para generar un apagón

Día 3. Después del generoso tute que nos dimos ayer, el cuerpo se resiente, y alguna de las proyecciones se convierte en un festival del cabeceo. Baste desviar levemente la mirada hacia tu compañero/a de butaca, o echarla un poco hacia delante, para comprobar que el mal es común. Pero lo peor de todo es que tiene visos de quedarse y hacernos sentir incómodos el resto del festival. Maldita presencia indeseable.

Uno de los enanos demostrando sus poderes sobrenaturales en La distancia

Aun y con todo, toca resistir. Aunque a buen seguro a más de uno ayer le vino bien la extraña composición atmosférica y el tempo contemplativo de La distancia, de Sergio Caballero (una de las mentes detrás del famoso festival de música electrónica y experimental Sónar), como excusa perfecta para caer rendido en los brazos de Morfeo. Un hombre de aspecto momificado que llega a una central nuclear -donde parece que no hay demasiada actividad (aunque la regente un guardia)- para aplicar fórmulas matemáticas y componer extrañas obras de arte rodeado de conejos que cuelgan y un zorro que deambula por la habitación; tres enanos con poderes mágicos y que dialogan mentalmente a los que éste les encarga el robo de algo que reside en el interior de la central; el guardia que, entretanto, conversa con una papelera que exhala humo y se expresa en perfecto japonés… Y todo ello sobre los agrestes parajes de un rincón de Teruel perfectamente reconvertido en Siberia. Son sólo algunas de las bizarras ideas que recorren un largo (probablemente demasiado empeñado en prolongar un argumento tan mínimo) que se desarrolla, no obstante, inquietante, que rebosa imaginación y sentido del humor, y que sólo puede observarse desde el cuestionamiento: ¿no será La distancia un símbolo del ansiado reencuentro con una civilización perdida, la vuelta a una imposible normalidad, no ya de la sociedad, sino como elemento indisociable de nuestro propio interior?

Póster de la película Zombeavers

A la salida, la gente espera en masa para ver I origins (de la que después, me hablan, desprende grandes emociones). Pero a las 10.30 de la mañana de este domingo, y después del ejercicio reflexivo anterior, prefiero algo más desenfadado y sencillo: ha llegado la hora de los castores zombis, es tiempo para Zombeavers. Una película que ha generado un gran ruido en la red, y es que no es para menos: asistimos a la prototípica historia de chicas desmpampanantes y ligeritas de ropa que acuden a una cabaña rural para encontrar el terror, pero esta vez el terror viene dado por… ¿¡castores zombis!? Si al elemento meramente argumental le sumamos una visible artesanía (llámesele encantadora cutrez mecánica, si se quiere) para la mostración de los castores en plena actividad delictiva, mientras se aprovecha el manido recurso del sexo para soliviantar las relaciones y sumar al gore, y se ofrecen guiños cinéfagos en modo de velado homenaje a algunas cintas de terror de los ochenta y a la madre de todos los zombis (esto es, La noche de los muertos vivientes), nos queda una gozosa ración de serie B más o menos impostada pero plenamente disfrutable al fin y al cabo. Poco que reprochar a estos 65 minutos de festival bien entendido por Jordan Rubin; una cinta que encaja a la perfección dentro del espíritu Sitges.

Una imagen de The guest, dirigida por Adam Wingard

De nuevo cuesta arriba hacia el Auditori (productivo para las piernas, este último día de la semana), para ver The guest. El director de la interesante You’re next afronta en esta ocasión el retrato de un exmilitar de élite que es acogido por la familia de su compañero muerto en combate. Un Dan Stevens de impoluta planta encarna a este joven de una extrema y sospechosa formalidad que, como no podía ser de otro modo, terminará por revelar su lado oscuro. Ocurre que esta última coyuntura tarda demasiado en producirse, y toda la primera mitad resulta anodina. Si a lo anterior le sumamos que la explosión narrativa acontece bajo el manto de la exageración, y que la cinta es muy dada a una representación teen de las relaciones (acrecentada por la horrible música), nos queda un artefacto descacharrado y harto inconsistente. Opinión opuesta a la de la mayoría del respetable, que enfervoreció en los títulos de crédito como en ninguno de los días anteriores.

Carlos Vermut presentando Magical Girl en Sitges 2014

Tras un breve y extremadamente necesario lapso para el relax, se presenta el pase de la esperada Magical girl. Curiosa decisión del festival de proyectar toda una triunfadora del festival de San Sebastián en un único pase; ellos verán, pero a mí me parece bastante lastimoso (más aún viendo cómo el cine Prado quedaba sin localidades libres desde hace semanas, y con tortas por parte de la prensa para hacerse con un asiento). El director, Carlos Vermut, nos la presenta, muy agradecido, y afirma que el festival de Sitges es “el mejor del mundo”, repitiéndolo si es menester. Sobre el film, resulta bastante complicado e injusto dedicarle sólo unas pocas palabras: es una obra tan rica, compleja y honda que bien merecería un estudio (todo llegará). Pero como primeros apuntes, reseñar que rebosa sensibilidad, así como una violencia extrema, probablemente la más desproporcionada de todo el festival, pero transmitida mediante una gran inteligencia: la de su elipsis, con el único fin de liberar una catarsis emocional que sólo puede resolverse de una única manera: bajo el influjo de la magia. La del cine, que se utiliza para la exaltación de la vida… y del dolor. Y de la ilusión y la comedia. Y del rostro: el de un inconmensurable, irrepetible, irremplazable José Sacristán. Él representa “lo viejo”. Carlos Vermut “lo nuevo”. De su unión ha surgido una chispa de luz (aunque, irónicamente, el apagón de veinte minutos que se produjo durante la proyección pueda hacer pensar lo contrario). Otro cine (español) es posible.

Una imagen de Home, dirigida por Nicholas McCarthy

Como fin de fiesta, espera una sesión doble que me llevará hasta entrada la madrugada. Me lo llegaré a pensar, pero la droga debe estar ya bastante incubada, de otro modo no lo comprendo. Dos películas sobre casas donde suceden sucesos extraños, violentos. ¿Les suena? La primera, Home, aborda el tema del satanismo desde el punto de vista de una agente inmobiliaria, que se ve envuelta en las consecuencias del terrorífico destino que sufre una joven que experimenta, casi sin querer, con las fuerzas demoníacas. Nicholas McCarthy maneja su película con buen pulso, y consigue atenazar al espectador mediante el suave y por ende amenazante recorrido de las instancias de la casa referida en el título, sin embargo, la prueba definitiva de la invalidez de su trabajo viene dada por el reiterado uso del sobresalto mediante una elevación desproporcionada del volumen en los efectos de sonido; un mal endémico en la producción de género de nuestros días que parece costar reconducir. La segunda es Housebound, de Gerard Johnstone, otra cinta desarrolada en interiores, pero donde a diferencia de la anterior, estos apenas juegan un papel relevante, lo cual no habla demasiado bien en un primer vistazo. Si profundizamos en ella, nos encontraremos que lo más interesante de la cinta no son los sustos o el componente sobrenatural en sí, sino la relación que se establece entre la pareja protagonista femenina, una madre parlanchina y su hija obligada a permanecer en el hogar tras una tentativa de atraco. Demasiado estancada en su desarrollo y donde el componente humorístico no termina de funcionar, quedando una cinta descafeinada (ideal para irse a dormir, pues).

Una imagen de Housebound

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