Crónica de Sitges 2014. Miércoles 8 de octubre

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octubre 9, 2014 por Roberto García-Ochoa Peces

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Sobre el provechoso eclecticismo del cine francés

Tres de seis. La mitad de mi programación de hoy son films procedentes de nuestros vecinos franceses. Lo curioso es que se trata de tres producciones bien diferentes, tanto en su propuesta como en su repertorio estético. Alguna de ellas encaja bien dentro de Sitges -es el caso de Aux yeux des vivants, de Julien Maury y Alexandre Bustillo, adalides del terror extremo amados por el público de este certamen-; otra se inmiscuye dentro de esas enriquecedoras desviaciones genéricas que el festival tiene a bien programar –La french es un policiaco de armas tomar, nunca mejor dicho-; la última, en cambio, está fuera del alcance más o menos objetivo de Sitges: Adieu au langage 3D, la última propuesta de Jean-Luc Godard, resulta tan maravillosa como desconcertante toda vez se inmiscuye entre películas como la primera mencionada. A mi parecer, esta montaña rusa de sensibilidades artísticas puede resultar muy provechosa para el espectador, y denota la atenta mirada de los programadores hacia todo aquello relevante; otra cosa es que el público de este festival, tan exigente y constreñido a la vez, tenga a bien valorar decisiones como ésta.

Una imagen de La french

Sea como fuere, comenzamos este sexto día tan temprano como siempre en el Auditori. Espera la mencionada La french, dirigida por Cédric Jimenez: un viaje de más de dos horas al interior de la lucha entre los poderes legales y la mafia del narcotráfico en Francia. Filmada con pulso de hierro, de clara exposición narrativa y bien interpretada, esta cinta remite al mejor cine Polar francés de los años setenta, una suerte de homenaje/reproducción del mismo entremezclada con el evidente palpitar de propuestas posteriores como Scarface de De Palma o Casino de Scorsese, y donde no abundan largas secuencias de acción, prestándose en su lugar atención al correcto desarrollo de la historia, la relación de los personajes y guardando un decisivo hueco para explosiones de violencia casi siempre en forma de tiros a bocajarro. No hay mejor manera de comenzar el día.

Una imagen de Annabelle

Salimos para hacer cola (hoy decido compensar el ajetreo del día anterior) y entramos a Annabelle, la cinta que da continuidad a la ideología del mal que tan bien definió James Wan en The conjuring. John Leonetti toma aquí el relevo a partir de la secuencia final de ésta, tomando protagonismo la muñeca de trapo Annabelle, personaje protagonista de algunos fenómenos paranormales en la realidad y ya utilizado con anterioridad en el cine. Leonetti no alberga el talento tras las cámaras de Wan, y eso se nota en una atmósfera menos conseguida y sugerente, sin embargo, sigue unos patrones similares en la construcción de las secuencias de terror (incluido el diseño de las encarnaciones del mal) que bebe claramente de Insidious, donde el tono chirriante y la música de cuerda rasgada toman protagonismo. En lo referente a la historia, un claro remedo de la inmortal La semilla del diablo, resulta interesante por su alusión a la materialización del mal canalizado a través de la muñeca, sin necesidad del uso de ésta como protagonista visible para la transmisión del terror, sino como elemento generador en la sombra; y funciona también a nivel de survival horror, personificado por una sufridora madre que sólo pretende defender a su hijo de unas fuerzas invasoras tan brutales como desconocidas. La película es abucheada ostentosamente a su término, y yo me pregunto: ¿de verdad que no hemos visto todos estos días cintas verdaderamente mediocres en comparación con ésta, y que han merecido el aplauso posterior? En fin, cada uno a lo suyo.

Como apuntaba, hoy es un día más tranquilo, tiene que serlo forzosamente. Aprovecho así el mayor espacio de tiempo del que he dispuesto en todo el festival para acercarme a los stands situados frente a la playa, hacerme un selfie junto al camarada Paniagua para inmortalizar el momento de felicidad, y de paso comprar algunos interesantes títulos en dvd a precio risible. Allí coincido también con el entusiasta Alberto Carpintero, aun joven pero prometedor realizador (suya es la recomendable El día del padre, protagonizada por su inseparable y fascinante Toño Monge) así como gran conversador cinéfilo, que consigue enervarme por una milésima de segundo tras el descubrimiento de un mayor número de referencias en su colección… Esto requerirá una constatación. Aprovecho para finalizar la crónica del día anterior y comer (de menú, oh privilegio) junto a los geniales Dani y Álex, que ya regresan a casa; espero que lo hayáis pasado en grande, amigos.

Una imagen de Asmodexia

De vuelta a la normalidad, tenemos por delante una generosa sesión de tarde en Auditori en forma de programa triple. Primero Asmodexia, una realización catalana producida exclusivamente con capital privado (según nos cuenta su director Marc Carreté durante su presentación) que se antoja harto fallida, tanto por su evolución como por el tono general de la historia, enredado, poco vistoso y que no parece llegar a ninguna parte; lo que sumado a la pobreza interpretativa de sus actores y a la generación de una atmósfera poco definida e inquietante, nos lleva a concluir que esta producción se cuenta entre lo peor que hemos podido ver estos días. Como segundo plato se incorpora el terror extremo que parece parido directamente de las entrañas por Julien Maury y Alexandre Bustillo, que antes dirigieron la espeluznante A l’interieur y Livid. En Aux yeux des vivants varían la manera de encarar su historia, derivándola hacia terrenos más propios del género de aventuras, pero donde previamente ya nos han escandalizado a través de una secuencia inicial sencillamente brutal, que servirá de engarce con la trama principal. En ésta, unos niños normales toparán con el descubrimiento del horror, de la otra cara de la moneda, y a partir de aquí se generará una emocionante persecución. Tanto el pulso narrativo como el impacto de algunas secuencias están al alcance de muy pocos realizadores hoy día, como si de un disparo a la yugular se tratara, que te inmoviliza pero permite seguir mirando al menos durante unos instantes… Esa sensación de encerrona fatal es la experiencia que nos hacen vivir estos jóvenes realizadores franceses, un enfrentamiento enérgico e irreparable entre la razón y la desdicha. Otra de las cintas del festival.

Una imagen de Adieu au Langage 3D

Y entonces llegó uno de los momentos más esperados de este festival (al menos para el que esto suscribe): el estreno de Adieu au langage 3D, de Jean-Luc Godard. Único pase del que tengo constancia en 3D en este festival, nos entregan las pertinentes gafas a la entrada; quedarán como un buen recuerdo. Porque, al igual que comentaba hace un par de días en el caso de Quentin Dupieux y su particular realidad, Adiós al lenguaje también es otra cosa. Muchos lo tildarán de experimento, pero Godard sabe perfectamente lo que quiere transmitir en estos 70 minutos, y para todo aquel espectador dispuesto a realizar un ejercicio de pensamiento, lo consigue con creces. Un ejercicio cinematógrafico radical, de un autor puro y absolutamente libre; una proposición de ideas con su correspondiente asociación de imágenes donde la vertiente crítica asoma incluso por encima del lenguaje, pero donde éste tiene la significancia que siempre debió albergar: prestarse como vehículo de ideas y modo de expresión para conformar una narración. Terrorismo y metáfora, naturaleza y vida, sonidos y letras con el relevante sufijo del 3D, que le sirve a Godard para redondear las formas y aumentar el impacto de su mensaje: las palabras como modo de enfrentamiento y búsqueda, la del espectador hacia el encuentro de su propia conciencia crítica. Un título clave, no ya de Sitges, sino de este año 2014. Haciendo uso del rico lenguaje francés: un “Hors catégorie” en toda regla.

Una imagen de Hyena

Para finalizar el día, bajamos al Retiro para ver Hyena, de Gerard Johnson. Una estilizada cinta policiaca que se aproxima a las mafias policiales y su enredo con los brutales delincuentes albanos, ambientada en Londres. Durísimas secuencias de acción y momentos de una sordidez extrema bajo una iluminación tendente al violeta que, quizás, sirva para aferrarnos a la irrealidad de una ficción que, de pensarse materializable, nos hundiría en la butaca de puro impacto. Inmejorable manera de cerrar un círculo policial que se manifiesta en gran estado de forma, independientemente de su origen.

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