Magical Girl, de Carlos Vermut

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octubre 20, 2014 por Roberto García-Ochoa Peces

Póster de Magical Girl, de Carlos Vermut

País: España
Año: 2014
Duración: 127 min.
Director: Carlos Vermut
Guión: Carlos Vermut
Fotografía: Santiago Racaj
Montaje: Emma Tusell
Reparto: Luis Bermejo, Lucía Pollán, Bárbara Lennie, José Sacristán, Israel Elejalde, Alberto Chaves
Productora: Aquí y Allí Films / Canal+ España

EL MÁGICO FATALISMO ESPAÑOL

Existen cineastas capaces de sobrepasar su condición de creadores de imágenes para impulsar una suerte de sensibilidad especial, que se transmite no únicamente mediante la representación de aquéllas sino que se desprende a través del tono general de la obra, lo que da una idea bastante certera acerca de sus inquietudes culturales, diríase personales en una extensión lógica. Es el caso de Carlos Vermut, un joven madrileño procedente del mundo del cómic que, con tan sólo dos películas en su haber, viene a resquebrajar la cualidad rectilínea de nuestro cine, mirando por una revitalización de sus coordinadas narrativas y temáticas sin dejar de construir un universo particular directamente parido desde sus entrañas.

Lucía Pollán en Magical Girl

Magical girl supone la (re)afirmación de Vermut tras las cámaras. Su ópera prima, Diamond flash, fue como un rayo luminoso que deslumbra y ciega por su procaz lucidez, un artefacto tan inesperado como inquietantemente genial; una vuelta de tuerca al género de superhéroes con (muy) poco de estos y toneladas de humor ácido y buen hacer en unos diálogos bajo los cuales se representa el maltrato y el dolor de una vida injusta. Su segunda realización ahonda en estos conceptos, si bien opta por abandonar un mecanismo de construcción enrevesado y paralelo en favor de una nueva interrelación de personajes, esta vez más lineal y de objeto contemplativo cara al espectador, un puzzle ya rematado en el que omitir, consciente y harto inteligentemente, algunas de sus piezas claves.

Porque nos encontramos ante una obra maestra de la elipsis cinematográfica. Un elemento, éste, que mal empleado puede resultar fatal para con la historia contada -bien sea por la propia incapacidad del que lo acomete, bien por un enfoque errado y/o tramposo en el impacto que se quiere de aquélla sobre el espectador-. Nada de lo anterior sucede en este caso: ante una historia protagonizada, principalmente, por cuatro seres desdichados, se opta por mostrar la información relevante de sus interrelaciones desde la pausa y el estudio conciso, suave y sin embargo letal; por contra, se decide eliminar del plano aquella otra información más cruda y que implicaría una representación explícita (y, a buen seguro, complicada) de la violencia extrema en la imagen. Vislumbramos así lo esencial, que no son sino las evidentes y terribles consecuencias promovidas por la necesidad y el engaño; una opción mucho más cruel que la de la propia mostración de la herida física asociada a un proceso inquebrantable de destrucción personal acometido en espiral. Se trata de analizar una(s) psique(s) destruída(s), del pormenorizado estudio de la fatalidad humana, para lo cual Vermut demuestra fielmente que no es necesario representar el acto álgido de dicho proceso. También puede (debe) otorgársele el don del valiente (que no suicida) ejercicio narrativo.

Bárbara Lennie en Magical Girl

Pocas cosas hay más duras en el seno de una familia que la incomunicación. Es lo que le sucede a Luis (Luis Bermejo) con su hija Alicia (Lucía Pollán), afectada de una enfermedad terminal; el abismo que asoma al final de un lazo no ya familiar, sino generacional, ya de por sí resquebrajado, y que se acrecienta con un empobrecimiento económico -el de la clase media- cada día más acuciante. No hay mayor (auto)castigo que el de la razón perdida en medio de la enfermedad, la soledad que se manifiesta por encima de cualquier atisbo de relación sentimental, la encerrona y la opresión vital que imposibilita el escape de un alma libre, desatado, irracional e imprevisible al fin; tal es la condición existencial de Bárbara (Bárbara Lennie). Por último, Damián (José Sacristán) es el rostro que refleja el perecer de todas esas fatalidades, reunidas en un único espíritu que ya ha visto pasar a su lado la luz al final del tunel, el sentir del castigo y el palpitar de la muerte, nada tiene que perder en un mundo donde el fatal infortunio finalmente ha vencido el atisbo de la razón.

Así, la película se construye a partir de opuestos. De aparentes caracteres extremos que van a acabar dándose la mano para componer una sinfonía del fin del mundo sencillamente demoledora, enfermiza, irresoluble y necesariamente triste. No exenta de un humor que más que aliviar el doloroso pasaje, lo solivianta aún más si cabe, pero que funciona como firme representación de un contexto, de una realidad muy nuestra, para lo bueno y para lo malo. Sólo en una película como Magical girl pueden convivir (y engarzarse) el manga japonés -cuyo vestido de uno de sus personajes da título a la cinta- con la identidad española, plasmada en una definición precisa y mordaz de uno de nuestros signos culturales: la tauromaquia. De esa lucha constante entre la pasión y lo racional (donde casi siempre lo primero acaba por vencer a lo segundo), entre la necesidad placentera y el análisis de la consecuencia, de la (no) guerra entre aquellos que pueden hacer lo que quieran por placer (incluso el mal) a costa de los que necesitan de la cualidad material que estos les proporcionan para sobrevivir, surge un entramado que bien podría enumerarse dentro del cine negro, con el seguimiento del acto malvado y su reverso heroico, pero que más bien atañe a la consciencia social -o a la falta de ella- en el marco de un país que pone al descubierto sus vergüenzas más íntimas.

José Sacristán en Magical Girl

Elevado gracias a la patente debilidad de una excelente Bárbara Lennie y a la sencillez de la excelencia en el gesto interpretativo que siempre aporta una presencia como la de José Sacristán, Carlos Vermut ha vuelto a concebir una historia original y que sabe unir la inquietud personal con una aproximación a la realidad, a pesar de la incomodidad de ésta y del antagonismo e improbabilidad de su conexión. Con la opción estética que aporta la calma, sabe establecer una profunda reflexión sobre la pobreza de nuestra condición como seres humanos, inherentemente violenta y de cariz fatalista. Sin excluir de la fórmula un repunte mágico como feliz contrapunto de tanto elemento corrupto, único final posible para cerrar el misterio cíclico de nuestras vidas, de nuestros enfrentamientos. Una demostración de que otro cine español es posible.

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