Hard to be a god, de Alexei German

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septiembre 20, 2015 por Roberto García-Ochoa Peces

Hard to be a god (Qué difícil es ser un Dios) son tres horas de ciencia ficción a la manera rusa, esto es: servirse del género para hablar de la condición humana. Alexei German la trabajó durante más de doce años, hasta su fallecimiento en 2013, rematándola su mujer e hijo.

 

Póster de Hard to be a god

País: Rusia
Año: 2013
Duración: 177 min.
Director: Aleksei German
Guión: Aleksei German, Svetlana Karmalita (sobre la novela de Arkadiy y Boris Strugatskiy)
Fotografía: Vladimir Ilin, Yuri Klimenko
Música: Viktor Lebedev
Reparto: Leonid Yarmolnik, Aleksandr Ilyin Jr., Yuriy Tsurilo, Yevgeni Gerchakov, Aleksandr Chutko
Productora: Sever Studio / Lenfilm Studio
Página webhttp://www.kinolorber.com/film.php?id=1918

 

VIAJE AL INTERIOR DE LA MUGRE HUMANA

Dentro del abigarrado aparato mercadotécnico que preside la producción cinematográfica de nuestros días, el relato de ciencia ficción se asume, de facto, revestido de la más espectacular de las ornamentaciones, en una acaudalada competición por demostrar la excelencia en la pericia técnica parida bajo los mandos de expertos en la composición por ordenador. Es por eso que la aparición de filmes como el que nos ocupa suponen una suerte de isla remota y, de hecho, inexpugnable; por la autenticidad de su propuesta, que viene a contravenir la norma anterior desde la más absoluta radicalidad y el convencimiento. No es algo nuevo, dado que en Rusia, el origen de esta producción, siempre ha parecido existir -sobre todo a partir de las revoluciones de comienzos del siglo XX- una corriente cultural en la que los artistas se sirven de los géneros populares para despojar sus formas habituales y hablar de las cuestiones elementales de nuestra existencia en general, y de su complicada identidad histórica en particular. Es el caso de los hermanos Boris y Arkadiy Strugatskiy, cuyo relato Picnic junto al camino fue llevado al cine por su compatriota Andrey Tarkovsky en Stalker (1979), una fábula sobre el enfrentamiento con nuestro propio destino en un mundo gris; los mismos autores que, a partir de la novela homónima, le sirvieron a Aleksei German para componer la base de su monumental carta de despedida al medio que tanto amaba y al que dedicó toda su vida, y parte de su muerte: Hard to be a god (traducida aquí como Qué difícil es ser un dios). 

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Lo cierto es que este proyecto ha llegado a su fin bajo el signo de la fatalidad, antes incluso de su propia puesta en marcha. De hecho, la historia inventada por los escritores Strugatskiy atrapó de tal manera a German que éste quiso que supusiera su cinta de debut en 1964, llegando a elaborar un primer borrador del guión, pero los constantes cambios políticos en su país le hicieron desistir y continuar por otra vía (aun sin olvidar el proyecto, como medio siglo después hemos podido comprobar). De esta manera, fueron otros quienes vieron el potencial que residía bajo las palabras de la novela, siendo llevada al cine en la producción alemana El poder de un dios (Peter Fleischmann, 1990). Los hermanos murieron sin quedar contentos con el resultado y, tras un periplo de cinco películas, Aleksei decide retomar el proyecto de su vida, sintiéndose en deuda con ellos (y consigo mismo). En el año 2000 daba comienzo el rodaje de su última producción, que dado su elevado grado de perfeccionamiento en el método de trabajo le llevaría seis años concluir, abarcando el proceso de posproducción otros seis años más. Nos encontramos en 2013 cuando fallece el realizador, concluyendo el trabajo su propio hijo Alexey Jr. con los últimos retoques a la mezcla de sonido, junto a la esposa de aquél y madre de éste, Svetlana, guionista junto a su ya expareja y encargada de supervisar el resultado final justo antes de la premiere de la cinta en el festival de Cannes de 2013.

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Puede imaginarse la liberación que supone la consecución definitiva y final exhibición ante el público de una película construida bajo el designio de un esfuerzo titánico, que acarreó enfermedades y muertes hasta llegar a completarse. Y es que el arte no entiende de procesos intermedios sino de muestras acabadas, si bien el conocimiento de sus tripas se nos antoja imprescindible para la justa valoración de un trabajo que supura el designio de las palabras pasión y entrega por cada uno de sus múltiples poros. La consecuencia de lo anterior se vislumbra en una epopeya de tres horas de duración que viene a constituir uno de los testamentos cinematográficos más esplendorosos del cine reciente, no por casualidad emparentado con el de su compatriota Andrei Tarkovski (Sacrificio, 1986). Un entente entre la conciencia artística y el paisaje físico traducidos en un mundo inventado y atrasado respecto a nuestro tiempo (el planeta Arkanar), adonde la ciencia humana es capaz de enviar representantes de nuestra especie para presenciar (en ningún caso intervenir) el desarrollo de los acontecimientos e intentar comprender el por qué de la sinrazón y el no progreso de su civilización. Una Edad Media que no verá la Ilustración, enfangada en la nulidad de las libertades del individuo, en el exterminio del pensamiento, en la promoción del acto violento y erradicador. Allí despierta nuestro héroe, Don Rumata, convertido en una suerte de nuevo Dios para todos aquellos pobres habitantes que husmean a su paso, una figura acaso equivalente a la de los dirigentes rusos de épocas no tan pasadas, incapaces de actuar con justicia ante la masacre que padece su propio pueblo delante de sus narices; o quizás un representante de la sociedad moderna acomodada, seguro de sí mismo pero cobarde en su desempeño, que en ningún caso se extralimita de los márgenes previamente establecidos y nunca cuestionados, sin promover siquiera un conato de transgresión por miedo a las represalias de sus gobiernos.

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El mismo protagonista -un excelente Leonid Yarmolnik, que interpreta su papel con poderío y con una perenne expresión de superioridad que expresa estar de vuelta de todo cuanto acontece en su rutinaria exploración- sentencia ese sentimiento de inseguridad (o cobardía encubierta) hacia el final de la cinta: “Es difícil ser un dios”. En efecto, debe ser difícil, toda vez rodeado del fango, la mugre y la inmundicia que preside cada uno de los planos a lo largo y ancho de la narración. Aleksei German ilumina este viaje a otro tiempo y otro lugar en un blanco y negro contrastado y bien refinado, a través del cual recalcar la impresión añeja, extraña y ajena de los ropajes y los enclaves donde se desarolla la trama, con un grado de cercanía que no puede calificarse sino de enfermizo. Su cámara se aproxima en plano detalle a los personajes hasta el grado de revelar sus secretos más íntimos y recónditos y, de paso, ensalzar el valor del rostro como el mejor medio de expresión del sentir humano; se inmiscuye entre el gentío que salvaguarda o amenaza incapacitadamente a Don y que farfulla sin descanso causando desconcierto a su alrededor, componiendo largos planos secuencia en el interior de los cuales se entrecruzan personajes en primer término o bien interactuando al fondo de la imagen, así como objetos que deambulan de manera constante justo delante del foco, molestando al espectador en un proceso de intoxicación incremental a medida que éste tropieza, de manera literal, con seres repelentes (vivos o muertos), algunos de los cuales se atreven a dirigirse directamente a nuestros ojos: la extrañeza es mutua en la reprocidad de la mirada, definitivamente somos unos invitados no esperados al festín de la barbarie más asquerosa e inmisericorde.

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En la visualización de este universo gélido en su constitución y extrañamente cercano, adherido a una ficción hiperrealista más que extraterrestre pero desplegado sobre la fantasía impuesta desde su argumento, existe un sobresaliente conjunto arquitectónico que insufla vida al significado último del relato. Desde el exquisito trabajo de decoración, donde cada puerta y cada rincón añade valor compositivo a la narración; la ambientación del lugar (con lluvia constante y los personajes hundiéndose en en el lodo y peleando por salpicar más fuerte que su semejante); el vestuario y los objetos o armas de época (algunas de las cuales son verdaderas, por expreso deseo del director a la hora de mostrarlas en pantalla); hasta la puesta en escena, perfectamente calculada y harto dificultosa de llevar a la práctica por cuanto la multitud de elementos presentes en el plano deben conformar una armonía indisoluble, y cuyo fallo unitario supondría un lastre para el conjunto, condenándolo así a la repetición. Todo suma para conformar una suerte de vals cinematográfico donde la cámara es la guía alrededor de la cual bailan el resto de elementos, no sólo los estáticos o dinámicos del interior del plano, sino también todo el esfuerzo de conjunto humano que permite dar forma al movimiento y visualizar el acabado impreso sobre la imagen.

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Se trata pues de un viaje absolutamente inmersivo, un descenso al infierno de otro lugar que, alegóricamente, apunta de forma indisimulada a nuestro pasado con el temor involutivo de nuestra especie como telón de fondo; el ser humano rebajado a su más baja condición, a su elementalidad que le hace retozar entre sus semejantes con el cuchillo adherido a la cintura y su nariz anegada de podredumbre y pobreza, en una prolongación del sino de su espíritu. Pero, sobre todo, Hard to be a god es una obra de arte monumental como pocas se hacen hoy día y que, de hecho, parece más propia de otra época que de la presente. Una experiencia fascinante y dolorosa, sin duda desconcertante y difícil de someter a un estricto raciocinio; sin embargo, el sentido de su historia permanece incólume al fondo del azaroso camino que ha de recorrerse, los vericuetos del mismo harán que sintamos el fango como parte inseparable de nuestro cuerpo, la sangre derramada salpicará sobre nuestro rostro y los olores derramados se retorcerán justo de debajo como si se hubieran desprendido de nuestro interior, pero la superación de este errante transitar proporciona una gratitud perdurable en el tiempo y en la memoria. Lo más parecido a una alucinación en primera persona padeciendo los síntomas de una resaca justo en el momento del emborrachamiento, y no después; el revoltijo que uno siente cuando se apega a los vaivenes de un tumulto enfurecido y embriagado de vitalidad decadente. Nadie dijo que fuera fácil (re)vivir la historia de nuestra condición humana, menos aún proyectarla en el más allá.

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