Crónica del I Festival Internacional de Cortometrajes de Pilar de la Horadada, Cortopilar

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diciembre 5, 2016 por Roberto García-Ochoa Peces

Ofrecemos a continuación un repaso a lo que dio de sí un nuevo y entusiasta festival de cortometrajes dentro del panorama nacional (e internacional): Cortopilar. Una propuesta humilde, nacida desde la pasión de sus responsables por el séptimo arte y fruto de un esfuerzo prolongado durante años, aupado por el consejo de la experiencia para ofrecer una programación de calidad y que ha contado con algún invitado ilustre. Se abre el telón al pequeño gran mundo del cortometraje…

 

Logo de Cortopilar

La semana pasada, entre el miércoles 30 de noviembre y el sábado 3 de diciembre, tuvo lugar el I Festival Internacional de Cortometrajes de Pilar de la Horadada, Cortopilar. Una iniciativa que ha sido posible gracias a la pasión cinéfila y al empeño, cultivado desde hace muchos años, de su director, el entusiasta José Domingo Martínez, con la imprescindible colaboración del ayuntamiento del municipio y la experiencia aportada por Raúl Cerezo, director de cine y desde hace tiempo uno de los nombres propios en el mundo del cortometraje en España, luchando con denuedo por auparlo al sitio que le corresponde (suyos son algunos de los certámenes más espectaculares y mejor programados de la ciudad de Madrid). Esta localidad alicantina situada en la frontera con Murcia y que cuenta con veinticinco mil habitantes censados (casi la mitad de ellos extranjeros, en una muestra de su hospitalaria diversidad), que precisamente celebra, este año 2016, el treinta aniversario de su independencia de Orihuela -de la que entonces no era más que una pedanía sumida en la oscuridad-, se empapó por unos días de un tipo de cine parido desde las entrañas y manufacturado desde la humildad, a la manera de como lo practica uno de sus ciudadanos más ilustres: Luis Miguel Albaladejo. Así trasladó, a lo largo de su jornada de clausura, el clima cálido inherente al mediterráneo a los visitantes que nos desplazamos hasta el lugar, amablemente invitados por la organización con el objetivo de dedicar unas palabras que intentasen condensar este bonito espacio que acaba de nacer.

 

FIN DE FIESTA

Después de una algo más que copiosa y excepcional comida en el restaurante “El Gallego”, y antes de que tuviera lugar la gala de clausura, se proyectaron algunos de los trabajos más destacados de esta primera edición de Cortopilar. Cambio, de Daniel Romero, aborda el tema del doppelgänger para encarar un despiadado retrato de la descomposición de una pareja, la formada por Víctor (Juan Blanco) y Ana (Carolina Lapausa); una historia que nace de la luz para integrarse, paulatinamente, en la más profunda oscuridad, la que tapona el sentido racional con el objeto de inferir un absoluto pavor en el espectador, toda vez resquebrajado su álter ego en la pantalla y enfrentado, entonces, a temores atávicos de difícil aprehensión. Un trabajo que enseña que no es necesaria la disposición de grandes aspavientos sobre la pantalla para conferir una imagen misteriosa en torno al ser humano -sensación a la que no ayuda poco la extraordinaria composición musical que despliega Ginés Carrión, que crece por debajo de las imágenes hasta engullirlas por completo-. Otra de las películas estrella del certamen fue, sin duda, Behind, de Ángel Gómez Hernández, merecido premio al mejor director. En él despliega una lograda atmósfera que, al igual que en el anterior, muta de una claridad inteligentemente matizada -los planos iniciales de la fiesta se preocupan en otorgar relevancia a las figuras del fondo, a través de canales estrechos y que quieren albergar algo de luz- a las tinieblas crepitantes, manifestando físicamente su terrorífica metáfora en torno a la ruptura sentimental que afecta a la protagonista, que encarna, de manera impecable, la habitual del director Macarena Gómez. Un tema espinoso (el de la patria potestad) rematado con esplendor cinematográfico y sin renunciar a la pasión que su joven realizador siempre ha manifestado por el cine de género.

Carteles de los cortometrajes exhibidos en Cortopilar 1

La clásica temática que escarba sobre las relaciones de pareja tampoco faltó a su cita en esta proyección, y así se exhibieron algunos trabajos sobre los que conviene detenerse. En Por no morir nada más vernos Carlos Crespo contagia el estado de ánimo de los personajes de la luz del ambiente en que se mueven, haciendo un alegato invertido sobre la luminosidad; así, se pasa de la apatía y el enfrentamiento a un creciente calentamiento (incluso literal) con el crepitar de las velas, hasta romperse el encanto con la nueva irrupción de aquélla, que hace retornar la normalidad y cierra un sugerente círculo orquestado en torno a un plano esclarecedor. Como yo te amo, dirigido por Fernando García-Ruiz Rubio, extiende la imagen de un ladronzuelo enamorado de la agente de la guardia civil que lo captura hasta su instante final, convirtiendo lo que se antojaba un thriller en una comedia montada en bucle y que retiene interesantes instantáneas, como aquellas que dejan ver el femenino rostro fruto de la obsesión del protagonista animado sobre las flores que cuida en prisión. Más que solvente interpretación de Aarón Gómez, que sostiene el cortometraje con el esforzado entusiasmo de su figura y que bien hubiera merecido una nominación.

Otro tipo de relación se cuece en Cretinos, de Edu Moyano, que estructura su lectura socarrona en torno a cierto tipo de literatura predispuesta al éxito con un montaje que contradice a Tarantino y se preocupa en enseñar el atraco (a un establecimiento 24 horas en este caso), pero que, asimismo, no es sino la excusa para encarar a los personajes que lo plantean, destacando ahora el del escritor que pasaba por allí, bajo el sobrenombre de Néstor Ramos (Pedro Miguel Martínez); uno de los caracteres más memorables de todo el festival y que no solo mastica a su atracador (Christian Sampedro), sino que se utiliza con el fin de canalizar el tono humorístico del conjunto y así apartar cualquier conato de innecesaria seriedad en el seno del mismo. La chaqueta del botones cuenta sus mejores bazas a través de su abigarrada decoración interior y la fotografía de tonos cálidos que baña sus imágenes en una aureola tebeística (obra de Ignacio Aguilar, que se alzó con el premio en ese apartado), dejando patente el realizador Daniel Tornero su admiración por el imaginario propio de Javier Fesser, culminado a través del personaje del Gran Juan, al que incorpora Janfri Topera. Una divertida comedia de carácter bufo y bien interpretada también por Javier Godino y Enrique Arce, a la que, empero, perjudica su ida y vuelta de situaciones y escenarios. Por último, Verde pistacho fue, a través del color del jersey que regalan a uno de sus personajes en navidades, la nota expresamente marciana y friqui de la velada, con la que Paco Cavero brindó una simpática e inofensiva invasión alienígena a modo de divertida despedida de las proyecciones.

Alfombra roja en la gala de Cortopilar

Poco después comenzaría la gala de clausura de este primer Cortopilar. Un calle cortada a lo largo de la que se desplegó una alfombra roja puso todos los focos posibles (incluso los televisivos, ya que la localidad cuenta con su propio canal) sobre el evento, que tendría lugar en la Sala Dúplex, un cine con ese aroma tan especial que solo puede desprender lo añejo. Los modestos fastos tenían su merecida justificación, ya que no son sino la sincera expresión de la ilusión de todo un pueblo por el mundo del cine, y además había un invitado de excepción. En efecto, el actor Ginés García Millán, nacido en la vecina Murcia, acudió, en compañía de su familia, a recoger el Pilar de de Honor 2016, un premio a toda su trayectoria que agradeció con emocionada (y emocionante) humildad; un tipo cercano y sencillo en las distancias cortas, alejado de esa imagen que a veces nos forjamos (equivocadamente) de las celebridades. Este espacio final fue somero y cumplió con creces la que debía ser su función: entretener al respetable entre la repartición de galardones, con la lógica pronunciación de breves discursos que nos hicieran entender que, la mayoría de las veces, el esfuerzo puede desembocar en el logro (y cuya mejor ilustración fueron las entrecortadas palabras que Jose Domingo pronunció sobre el escenario).

El actor Ginés García Millán recibe el Pilar de Honor 2016

María Trinidad, concejal de cultura, Ginés García Millán y José Domingo Martínez

Que esto fuera posible se debió, principalmente, a la entrenada habilidad y efectiva gracia del también actor, realizador y cómico Diego Arjona, cuyos chistes y chascarrillos de cosecha propia, pronunciados con ese acento algecireño tan característico, provocaron la sincera repetición de carcajadas entre los asistentes. La velada concluyó de la misma manera que dio comienzo, con el baile de un numeroso grupo de niñas al son de algunas de las canciones más famosas del imaginario colectivo del séptimo arte, en la enésima muestra de corazón y valentía por parte del conjunto de habitantes de Pilar de la Horadada.

Diego Arjona, presentando la gala de clausura de Cortopilar

Diego Arjona en pleno show

 

GRAFITI DE LOS NOMINADOS

Pasemos a comentar, sin más dilación, el resto de cortometrajes que tuvieron, al menos, una nominación en alguna de las siete categorías a concurso. Trabajos que se miran los unos a los otros desde un pedestal de indiscutible calidad.

El cortometraje ganador del I Festival Internacional de Pilar de la Horadada fue Graffiti. Su director, Lluís Quílez, plantea un futuro distópico y postapocalíptico claramente inspirado en la novela “I am legend”, escrita por Richard Matheson en 1954 y trasladada al cine hasta en cuatro ocasiones -siendo la última, Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007), la más cercana al ideario aquí planteado-, en el que un hombre ha de sobrevivir solo en la tierra, después de un “incidente” que ha erradicado la humanidad. Un cortometraje que, pese a su extensa duración (30 minutos), se sigue con sumo interés gracias a la cuidada puesta en escena de Quílez, que saca partido de las gélidas localizaciones de rodaje de una desolada Chernóbil para exponer un emocionante relato de la incomunicación humana alejado de cualquier signo de virulencia, y enseñando que no hace falta que se pronuncien palabras para subrayar la capital importancia del lenguaje -un mensaje, por cierto, muy similar al que puede leerse en la notable cinta de ciencia ficción La llegada (Denis Villeneuve, 2016), recientemente estrenada-. Deseamos toda la suerte del mundo a Lluís en su carrera nada menos que por el Oscar, premio para el que está pre-seleccionado junto al también español Juanjo Giménez por Timecode.

Carteles de los cortometrajes exhibidos en Cortopilar 2

Dos outsiders que pasaron sin pena ni gloria pero que, en opinión del que esto suscribe, merece la pena destacar, fueron Yerbabuena y Una aventura de miedo. El primero, dirigido por Estefanía Cortés, también habla de una relación como algunos del grupo antes comentado, aunque su contenido y tratamiento resulte mucho más especial, tan misterioso como intangible. Una sensación conseguida a través de su suave fotografía blanquecina, en representación de un carácter -el de Ingrid Rubio, nominada a mejor actriz- que inunda todo su espacio vital y que contrasta con la vestimenta de los actores (rojo y mostaza), y contra un decorado parco que puntúa el carácter lánguido de la conversación, diríase el monólogo, que va a tener lugar. En el torrencial transcurrir de este, la también estupenda Olivia Delcán recita un cuento doloroso de su infancia y escupe por su alma las cualidades curativas de la yerbabuena que, a su vez, le recalcaba su abuelo, conformando de esta manera una imagen reposada y extraordinariamente poderosa cuyo último fin, acaso, sea el simple encuentro de un abrazo comprensor… aunque haya que pagarlo. El minimalismo escénico como apuesta por subrayar los sentimientos más hondos; pura evocación poética. El otro cortometraje fue el único hueco animado que se coló entre los nominados y está dirigido por Cristina Vilches, que divide su artesanal construcción en stop motion en varias fases que se conjugan con tipologías distintas, moviéndose de formas redondeadas a otras más deconstruídas y atravesando un pasaje en avasallador blanco y negro bajo el trazo de pinceles, en ilustrativo símil de las etapas de aprendizaje a las que se enfrenta el niño protagonista en compañía de su nuevo amigo imaginario -un monstruo, por cierto, que recuerda al visto en el reciente (y excelente) filme Babadook (Jennifer Kent, 2014)-. Un trabajo que eleva el sentido parabólico de la imaginación a raíz de la sencillez.

No me quites basa su apuesta en el abordaje de una delicada situación en la que su directora, Laura Jou, cerca con su cámara a dos seres en descomposición sentimental; un auténtico tour de force interpretativo que nos escupe a la cara las sensaciones fruto de los insondables e irrefrenables vericuetos de la pasión, sobre todo a través de la piel del personaje interpretado por una extraordinaria y descarnada Laia Costa, quien, literalmente, devora a su pareja en la ficción. Un merecido premio para ella pese a las duras rivales contra las que se enfrentó en la categoría de mejor interpretación femenina, como Esther Acebo, nominada por su difícil incorporación de una soldado secuestrada en los meses previos a la guerra de Irak en Baraka, el extraordinario trabajo dirigido por Néstor Ruiz que funciona a modo de (duro) retrato de una realidad, la del terrorismo islamista, canalizada a través de la mirada prejuiciosa e inocente de dos niños, lo que también le sirve para plantear temas sociales e incluso sexuales en el seno de una sociedad extremista. Un contundente disparo cinematográfico filmado con nervio y buen pulso, justamente punteado por una música de carácter tribal, y que bien hubiera merecido figurar como nominado en alguna otra categoría. También en liza Julia de Castro, por interpretarse a sí misma en Julia de Castro, de la Purissima. Anatomía de una criminal, un falso documental que no lo es tanto, por los distintos formatos de cámara o el tratamiento de la imagen que emplea su director Javier Giner -o sí, puesto se adivina cierto grado de improvisación en su proceso de (verdadero) rodaje-, pero que en cualquier caso se erige como un artefacto estrafalario, extravagante y pretendidamente provocador en su proclama contra la tauromaquia mediante el paseo de su traje de luces (de la mano de aquella, desnudada para la ocasión), pese a su interesante y pronto agotado mcguffin sobre el tráfico del arte y su caprichosa valoración.

When Demons Die, dirigido por el alemán Daniel Rübesam, atraviesa diversos géneros –thriller, terror o drama- a lo largo de su minutaje para enseñar una difícil metáfora sobre los miedos infantiles y la engañosa mirada de un niño, fácilmente quebrantable. Su buena ambientación e impecable fotografía no oculta la falta de química entre sus actores, que, pese a albergar todo el sentido argumental, termina por contagiar su intrahistoria y lastra su desarrollo dramático. Otra propuesta que crece a partir de su puesta en escena, pese a rebajar su impacto por el tono discursivo de su final, fue Cenizo, de Jon Mikel Caballero, gracias a su extraordinaria e imaginativa mezcla de lenguajes -el cómic, como objeto redentor, incrustado en la imagen; la ciencia ficción, como parábola relajadora de la cruda realidad- a la hora de presentar, en clave ligera pero sin perder un ápice de crítica, un tema tan complicado como el de los desahucios, con una impecable base fotográfica en blanco y negro de tono desvaído pero definición cristalina.

Flyers Cortopilar 2016

El trabajo de casting dentro de cualquier producción cinematográfica se antoja un apartado elemental, pero en el caso de un cortometraje puede resultar básico si basa su apuesta sobre el trabajo actoral. Algo que pudimos comprobar de facto en varios trabajos exhibidos en este primer Cortopilar; uno de los ejercicios más radicales en este sentido pudo observarse en la referida No me quites, pero hubo otros duelos interpretativos memorables, como los de Hurto o Playback.

En el primero (a la postre Premio Yaq al mejor corto), su director Jerónimo García Castela desarrolla una idea sencilla como es la de un atraco silencioso en domicilio ajeno, emprendido por un Manolo Caro que invade el olvidado espacio de su indispensable compañera en la ficción Silvia Casanova (ni siquiera nominada en su categoría), pero manifiesta con ella un loable mensaje social que se ve reforzado a través de la elaborada dirección artística y cuidada iluminación, producto de una fotografía que prima el retrato detallado del objeto con carácter evocador, como ocurre con el gramófono y la preciosa canción que en él suena: “Palpita corazón”, de José Moriche y Antonio Utrera, que ejerce de sugerente bisagra narrativa del filme. Por contra, Nico Aguerre eleva un grado más la cuestión en el citado en segundo lugar (ganador del mejor guion), maleando su material hasta el punto de hacer que los dos intérpretes principales -ambos nominados en sus categorías si bien solo Jorge Cabrera conseguiría finalmente el galardón- se mimeticen con sus respectivos papeles; se trata de un lúcido ejercicio metacinematográfico que indaga la manipulación, la suplantación y el dominio de la identidad con el fin de obtener ese instante de (precaria) felicidad que todos ansiamos… aun a costa de robárselo al prójimo. También encontramos un ejemplo individual en Parque, de Mateo Garlo, donde casi todo el interés reside en la encarnación que Luis Bermejo realiza de un hombre de mediana edad chantajeado por un chaval; sugerente planificación, no obstante, en torno a un montículo de césped (filmado en verde contrastado) sito en el parque del título, en ningún caso a la altura del grave tema de acoso y violencia doméstica que se atreve a insinuar, aun rebajándolo con humor.

Termina Cortopilar pero acaba de comenzar una entrañable aventura cinematográfica digna del mejor guion, ese capaz de convertir los sueños en realidad, aunque solo sea por un día. Desde este medio y en mi persona, solo queda agradecer profundamente la deferencia que el festival ha tenido invitándome a ser partícipe del mismo, esperando que las promesas de las autoridades se cumplan y, el año que viene, tengamos la ocasión de (re)vivir el impagable ambiente humano y el sentido de pequeña gran comunidad que suponen la marca de irremplazable identidad de los predicadores y practicantes del cortometraje profesional.

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Un pensamiento en “Crónica del I Festival Internacional de Cortometrajes de Pilar de la Horadada, Cortopilar

  1. Cerezón dice:

    Cortopilar cierra un bonito círculo con trabajos como éste. Gracias, Roberto. Impecable.

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