Dunkerque, de Christopher Nolan

julio 22, 2017 por Roberto García-Ochoa Peces

Dunkerque (2017) supone otro espectáculo audiovisual por parte de Christopher Nolan. Un relato que aborda la ingente retirada de soldados ingleses de esa ciudad de la costa francesa, clave para el devenir de la Segunda Guerra Mundial, filmado bajo tal frenesí y contundencia que hace olvidar el corazón de esta historia de supervivencia humana y ensalzar la cualidad técnica del medio cinematográfico. 

 

Póster inglés de Dunkerque, de Christopher Nolan

 

ESCAPAR DEL RELATO

La batalla de Dunkerque, ciudad costera francesa, lindante con Bélgica y con las islas británicas, fue un episodio clave de la Segunda Guerra Mundial, cuando cerca de trescientos cincuenta mil soldados ingleses pudieron regresar a su hogar gracias al cese del hostigamiento militar ordenado por Adolf Hitler sobre ese enclave que, a la postre, se erigiría en pieza capital para la victoria aliada. Una cuestión histórica que poco parece importarle a Christopher Nolan en su última película, que acoge en su título a Dunkerque no tanto para brindar una lección que bien puede extraerse de los libros de texto, como para desplegar otra de apabullante cualidad cinematográfica, sirviéndose esta vez del género bélico. Nada nuevo en el director de origen, no se olvide, inglés.

Tom Hardy, interpretando a un virtuoso piloto de avioneta en Dunkerque, de Christopher Nolan

Dunkerque (la película) arrastra al espectador a un vórtice de destrucción y escapismo desde el primer segundo de proyección, cuando seguimos de cerca a uno de los jóvenes soldados protagonistas, al que habremos de acompañar forzosamente durante sus penurias en el fragor de la guerra, fruto del férreo marcaje que la cámara hará sobre él, así como sobre los otros rostros visibles de este relato de improbable supervivencia en mitad del caos. Dividido en tres historias paralelas, que cubren el espectro de la batalla terrestre, aérea y marítima, el filme se sucede sin solución de continuidad, alternando con virulencia tomas del corajudo personaje interpretado por Fionn Whitehead, quien se inmiscuye en el frente por tratar de salvar a un compañero; Tom Hardy, pilotando una avioneta que dispara sin cesar hacia el enemigo a través de los cielos -y que da como resultado algunas de las secuencias más espectaculares del filme, pura adrenalina desplegada con virtuosistas, frenéticos movimientos de cámara-; y Mark Rylance, un padre de familia que navega con temeridad los mares mediante una pequeña embarcación, representando así a uno de tantos seres anónimos que solo pretendían echar una mano a sus compatriotas para traerlos de vuelta (aun a riesgo de generar muertes absurdas en su desempeño).

Mark Rylance y Cillian Murphy en Dunkerque, de Christopher Nolan

El relato es mínimo, prácticamente inexistente; de hecho, las apariciones del comandante de la marina encarnado por el norirlandés Keneth Branagh son contadas, y sus órdenes, meras líneas de un guion (también escrito por Christopher Nolan) que solo pretende encadenar las poderosas imágenes que se desarrollan durante las apenas dos horas de metraje. La película funciona a nivel exclusivamente audiovisual, semejándose a un festín de sexo a punto de eclosionar que mantiene a sus cónyuges en permanente estado de excitación y sin tiempo alguno para el reposo, una palabra situada en las antípodas de la concepción narrativa que demuestra el realizador de Inception. El ritmo, por tanto, circula en un permanente estado de alarma, siempre al borde del colapso. Y es infernal, directamente proporcional a la urgencia y la extrema gravedad de los hechos que retrata la cinta, explosionando con sonoridad en determinadas ocasiones, cuando las bombas alcanzan a su objetivo, lo que revienta cualquier conato de humanidad que asomara en el relato y desplaza casi por completo el interior en favor de un derruido exterior. Esta elaborada mecánica de la destrucción se construye, por un lado, a partir del agresivo y sin embargo fidedigno montaje que abarca todos los espacios con el fin de hacer ubicua la tensión, y por otro, mediante la extraordinaria composición musical obra del habitual del director Hans Zimmer, que programa un perenne tic sonoro con que conducir las imágenes en un tono de continua oscilación maquinal, no demasiado lejano de ondulaciones tecno-industriales, a modo de implacable reloj del destino y la muerte.

Irónicamente, no hay posibilidad de marcha atrás en una historia que refleja precisamente eso, una evacuación humanitaria de proporciones épicas. Nolan se ocupa de erradicar el concepto de victoria de los rostros de los personajes reunidos, sustituyéndolo por el del pavor, primero, y el de la incredulidad, más tarde, y es por eso que vira de los numerosos planos generales del comienzo -conformados por patrones lineales de uniformes y cascos verdes que se agachan y levantan al compás (en una meritoria dirección de extras; cuestión prácticamente abolida en el cine actual en beneficio de los efectos digitales)- hacia una aproximación de signo doloroso del rostro y el cuerpo malherido de este grupo de antihéroes.

Los numerosos extras se alinean en filas de soldados en Dunkerque, de Christopher Nolan

De ahí que la inserción de la coda final, una autoproclamada loa con un mensaje de alegría por los regresados, sea cual fuere su condición, chirríe en el seno de un conjunto que se había desentendido del cariz discursivo, demostrándose su incuestionable fortaleza a través de las impecables imágenes construidas por Nolan, capaces de exhibir músculo moral por sí solas. En cualquier caso, y observada en su totalidad, es de recibo perdonar ese desliz en favor del gran público, puesto nos encontramos ante una obra poderosa como pocas se hayan visto en este año 2017. Otra generosa ración de buen cine por parte de un excelente técnico que ya hace tiempo merece la calificación de maestro del medio cinematográfico.

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