Wolf Creek, de Greg McLean

abril 18, 2018 por Roberto García-Ochoa Peces

El director australiano Greg McLean debutó en el largometraje con Wolf Creek. Una muy interesante cinta de terror encuadrada en el slasher a través de la que explotó las oscuras historias sobre desapariciones de mochileros en el corazón de su país. Daría origen a una saga que contará con tres partes y una serie de televisión.

 
Poster de Wolf Creek, dirigida por Greg McLean

Título original: Wolf Creek
País: Australia
Año: 2005
Duración: 99 min.
Director: Greg McLean
Guion: Greg McLean
Fotografía: Will Gibson
Música: François Tétaz
Intérpretes: John Jarratt, Cassandra Migrate, Bestie Morassi, Nathan Phillips, Gordon Poole
Género: terror (slasher)
Productora: The Australian Film Finance Corporation / The South Australian Film Corporation / 403 Productions


 

Cacería de mochileros

El director, guionista y productor Greg McLean pegó un golpetazo sobre la mesa del denominado oizploitation -cine de género de bajo presupuesto hecho en Australia- en el año 2005 con su película de debut, Wolf Creek, ubicada en los remotos confines de ese continente que le vio nacer. De la atmósfera ensoñadora y levemente fantástica de las primeras (y excelentes) cintas que firmara su compatriota Peter Weir al inicio de los años setenta, emparentadas con la visión del peligro naturalista y nacido de territorio virgen explorada en títulos como Walkabout (Nicolas Roeg, 1971), Wake in Fright (Ted Kotcheff, 1971) o The Long Weekend (Colin Eggleston, 1978), al rudo salvajismo que presentara George Miller a lo largo de las infinitas carreteras de la saga Mad Max a finales de esa década y comienzos de la siguiente, se pasó, ya en el nuevo siglo, al ambiente enfermizo, malsano y mucho más explícito que puede constatarse en esta más que interesante realización.

McLean vio la oportunidad de explotar las oscuras historias que aparecían en la prensa internacional acerca del corazón de su país -vasto en extensión pero, como es sabido, extraordinariamente despoblado-, donde mochileros, sobre todo venidos de Gran Bretaña, estaban desapareciendo bajo extrañas circunstancias y sin que nada más se supiera de los mismos. Uno de los nombres propios fue el de Ivan Milat, que tras la exhumación de siete cadáveres encontrados en el desierto y su frustrado asesinato de otro joven, fue condenado por las autoridades locales a su encierro en prisión. Pero no es el único. John Murdoch es otro de los señalados, después de capturar a una pareja de turistas también británicos que viajaban en camioneta por uno de tantos desiertos (u “outbacks”) australianos y ejecutar al hombre, logrando escapar la mujer para dar testimonio de los hechos… Que en un primer momento costó creer a la policía, quien llegó a inculparla antes de encontrar y detener al verdadero responsable.

Una imagen de Wolf Creek, dirigida por Greg McLean

Es este último suceso, que aún coleaba por aquel entonces, en el que más reparó el director a la hora de dar forma a su guion de Wolf Creek -traslación casi literal del cráter de Wolfe Creek, que se enseña en la película aunque en una ubicación distinta a la real-, no sin antes acongojar al espectador a través del (adulterado) mensaje inicial en el que proclama que un gran número de turistas se pierden cada año en territorio aussie, reapareciendo el noventa por cien al cabo de un mes y sin tener noticias del resto. En la versión ficcionada, en cambio, son dos jóvenes mujeres y un hombre los desdichados que han de enfrentarse y padecer los designios de esa amenaza letal imbuida de un componente social -hay una clara lectura de rechazo al visitante inglés por su pasado colonial-, de difícil aprehensión y corporeizada en la figura de Mick Taylor, desde entonces uno de los maníacos más sádicos y, al mismo tiempo, entusiastas y célebres que se recuerdan en el cine de terror reciente y, más concretamente, dentro del slasher, subgénero bajo el que se encuadraría este filme. Empero, no se trata de un homicida enmascarado, sino de un hombre de apariencia corriente y de modales paletos, diríase un garrulo de manual que (sobre)vive en mitad de la nada y que pretende salvaguardar el territorio de la invasión ajena, del libre esparcimiento y recreo juvenil con indudable olor a sexo, que sublima su odio mediante el rapto y exterminación de sus desubicadas víctimas. Una impecable y entusiasta encarnación por parte de John Jarratt.

McLean, pese a su inexperiencia, captura con fidelidad la bella inmensidad de los paisajes de la estepa australiana a través de grandes angulares, extrayendo una amenaza de su infinitud diurna que contrapone a la reclusión y sensación de tremendo desamparo patente en las escenas de interior, confiriéndole así una tensión suprema a sus trabajadas secuencias a partir de un relato sencillo. Y sometiendo al espectador ante un seco ejercicio de violencia, no exento de hiriente humor, que se deshilvanaría en su secuela así como en la serie de televisión del mismo nombre.

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