Crítica de Western, dirigida por Valeska Grisebach

junio 24, 2019 por Roberto García-Ochoa Peces

Fijamos en esta ocasión nuestra mirada en Western, un pequeño filme de origen alemán, dirigido por Valeska Grisebach, que tuvo un reducido estreno en salas en 2017 y que aborda la problemática actual acerca de los conflictos socioculturales en el seno de una Europa en permanente estado de movilización. Una brillante reflexión que recibió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sevilla y el de Mejor Director en el Festival Mar del Plata, después de su paso por Cannes, disponible desde hace unos meses en el estupendo canal CineDoc&Roll de Movistar así como a través del DVD editado por Cameo.  

 

Título original: Western
País: Alemania, Bulgaria, Austria
Año: 2017
Duración: 121 min.
Director: Valeska Grisebach
Guion: Valeska Grisebach
Fotografía: Bernhard Keller
Montaje: Bettina Böhler
Intérpretes: Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Syuleyman Alilov Letifov, Veneta Fragnova, Viara Borisova
Género: drama, conflicto sociocultural, inmigración
Productora: Komplizen Film, Chouchkov Brothers, Coop99 Filmproduktion
 

 

Europa cicatrizante

Europa vive en un perpetuo estado de (falsa) calma. Las injerencias pueden tener su origen en nuestro mismo vecino o bien abalanzarse desde el exterior, de manera más o menos directa y amenazante, si bien apenas atendidas. El motivo puede adivinarse nimio para el ciudadano de a pie, inadvertido e imposibilitado ante su adecuada descodificación, y sin embargo será el primero en sufrir su impacto, cuyo grado de violencia sí percibirá y deberá asumir en primera persona. No existe prevención posible al respecto, o cuanto menos se antoja complicada en el seno de una sociedad ya líquida de facto. Pero cabe, al menos, la lucha por desenredar la madeja de su raíz, el origen de un conflicto que sobrepasa nuestra percepción y que tiene visos de forjarse en un pasado de infausto recuerdo para nosotros, los habitantes de un primer mundo que hace no demasiado peleaba a sangre y fuego por erigirse como tal.

La alemana Valeska Grisebach a buen seguro tiene la lección apre(he)ndida, y su última apuesta fílmica tras Sehnsucht (2006) viene a establecer una lúcida reflexión sobre los herederos de esa superioridad que se ha instaurado no solo en el ámbito social sino, por ende, en el moral, con los consiguientes riesgos y roces derivados entre ciudadanos congéneres. Western, un título tan acertadamente evocador como elocuentemente desarrollado toda vez observada la obra, sitúa a un grupo de trabajadores alemanes que acuden a una pequeña localidad búlgara en la frontera con Grecia para construir una obra hidráulica, adentrándolos así en un territorio que les resulta ajeno, pero que exclaman, con ufana tranquilidad y sin ningún ánimo de virulencia, como reconquistado, mientras colocan una bandera de su país en lo alto de la residencia donde se establecen. Representan una suerte de forasteros invadiendo el poblado más ignoto, ante cuyos habitantes y costumbres no solo no están dispuestos a plegarse, sino de los cuales tratan de aventajarse mediante un comportamiento autoritario y exento del más mínimo respeto. Entre ellos pulula con aires de desaprobación díscolos el protagonista de esta pequeña gran historia, Meinhard -que no por casualidad es el nombre real de su anónimo intérprete-, un llanero solitario de pasado misterioso y que se presupone envuelto en una bruma fatídica, dispuesto a amoldar su estancia a las gentes y vivencias que encuentra a su nuevo paso.

Ninguno de los anteriores viste ropajes herrumbrosos (aunque sí fumen por doquier), tampoco el clima se antoja especialmente cálido y el paisaje se visualiza radicado en colinas de frondosa espesura verde, pero la conexión con la mítica del Oeste resulta evidente, traspasándose aquí a una puesta en escena humilde y a una trama mínima, pero que se demuestra poderosa a partir de la rica dialéctica del conflicto que pone en marcha su directora. El choque de culturas reverbera a lo largo de las dos horas de metraje y es expuesto con grácil exhaustividad a través de la difícil comunicación verbal que ha de establecerse entre los lugareños y los convidados de piedra, demostrándose, empero, el poder cuasi mágico de la voluntad, y con otro foco puesto en la faceta gestual, sabiendo extraer aquella un registro sorprendente del grupo de actores no profesionales que pueblan las imágenes y hacen latir la verdad desde su seno. Destaca el desempeño del citado protagonista, que bajo un aspecto extrañamente desgarbado e imprevisible vincula su rutina a la de un precioso caballo blanco que encuentra en las inmediaciones, símbolo de la pureza en su anexión al lugar, aun a costa de sufrir las desavenencias de quienes asimismo desconfían sobre sus intenciones desde el otro lado.

No hay signo de aspavientos cinematográficos a colación y, así, el mérito reside en que el retrato tranquilo, basado en planos medios para observar la interacción descrita y en generales de cara a reforzar la irreparable soledad del lugar, despliegue su fuerza evocadora sin ánimo vengativo ni afán acaparador. Hay tiempo para el reposo y para el brote violento, pero la marca de fina sutileza que engrandece a un filme como Western reside justo en el espacio intermedio entre ambos, podría decirse que incluso entre los múltiples tiempos muertos y en los invisibles cortes entre escenas que hacen avanzar a un relato firmemente inspirado e inspirador, pero que parece perdido en un tiempo de no retorno. Una extraña sensación de continuidad atemporal, volátil y, de nuevo, líquida cualidad, que se traspasa hasta el fundido a negro final, extendiéndose sin reparos más allá mientras resuenan los mágicos ecos sonoros del nuevo Oeste y cedemos, al fin, a unirnos al alienado baile de Meinhard.

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