Crítica de Malas calles (Mean Streets), de Martin Scorsese

diciembre 19, 2019 por Roberto García-Ochoa Peces

Tras su debut en el largometraje con ¿Quién llama a mi puerta? (I Call First, 1967), Martin Scorsese dirigió El tren de Bertha (Boxcar Bertha, 1972), para, a continuación, iniciar su andadura en la temática donde mayor acomodo encontraría. Malas calles (Mean Streets, 1973) supone su primer encuentro (cinematográfico) con el mundo de la mafia y con un Robert De Niro que, con el paso de los años -y los títulos que componen su robusta filmografía- se ha convertido en su actor fetiche. Con motivo del reciente estreno de su última realización, El irandés (The Irishman, 2019), el crítico argentino Federico Fornasari dirige su afilada mirada a esa obra que, vista en perspectiva, cuarenta y seis años después de su estreno, se antoja capital para el devenir de la obra cinematográfica del extraordinario director neoyorquino.

 
Póster original de Malas calles

País: EE.UU.
Año: 1973
Duración: 112 min.
Director: Martin Scorsese
Guion: Martin Scorsese, Mardik Martin
Fotografía: Kent L. Wakeford
Montaje: Sidney Levin
Intérpretes: Robert De Niro, Harvey Keitel, David Proval, Amy Robinson
Género: cine callejero, mafia
Productora: Warner Bros., Taplin – Perry – Scorsese Productions


 

De religión y otros impulsos

A Martin Scorsese, entre tantas otras cosas, le gusta mucho utilizar la violencia en sus filmes. Eso está claro como el agua. O como la sangre, que no es clara pero es imprescindible para la vida y también para su cine. La usa como otros directores utilizan ciertos valores de planos o proponen un género recurrente. La sangre abunda en el cine del realizador neoyorquino y también la violencia que la produce. Si la sangre es un elemento esencial en él, también lo es la religión y varias son las lecturas sobre el significado bíblico de la sangre que pueden hacerse.

Conocidas, desde muy joven, sus intenciones de ordenarse sacerdote (abandonó esa idea dada su tremenda pasión por el cine), desfilan por sus películas rituales, dudas, entornos, culpas y situaciones referidas a ritos cristianos, pero no como dogmas impuestos, sino como elementos de ficción, a modo de capas que enriquecen la trama. Así, cruces, iglesias, citas, sacramentos y sermones se unen, constantemente, al devenir de los sujetos y argumentos. Su interés por Judas –si se presta la debida atención, advertimos una especial atracción por él aunque no se lo nombre expresamente– no es porque esté en el Nuevo Testamento sino que claramente le importa porque representa un tema esencial para el gran director: la traición, clave en su cinematografía. La mayoría de sus personajes son traicioneros; en Gangs of New York (2002), por ejemplo, ese tema se diversifica hasta lo impensable.

Harvey Keitel en Malas calles

El reciente –e imponente– estreno de El irlandés (The Irishman, 2019) establece otra de las máximas que se ha dicho al respecto de su obra (es imperativo ver dicha joya, casi un epitafio a su cine de mafia, y disfrutarla junto a la reseña de próxima aparición en este blog), y es que los personajes de Scorsese suelen tener un destino circular en una buena parte de los títulos que componen su obra: el mafioso de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) vuelve a ser un ignoto de clase media; el taxista de Taxi Driver (1976) regresa con su taxi; el aspirante a yuppie de Jo, qué noche (After Hours, 1985) retorna a la oficina en la que había empezado; el Jesucristo scorsesiano de La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) vuelve a su correspondiente lugar como Mesías; el Howard Hugues de El aviador (The Aviator, 2004) recuerda un episodio con su madre con el que había empezado la película… Empero, algunos no pueden ejercer esa regresión, porque en sus derroteros los encuentra la muerte. Ya fuere natural o causada por otro.

Malas calles es el desayuno visceral del niño Scorsese. Es un regreso al barrio donde creció, a esa subcultura étnica e islote fervientemente católico que es Little Italy, en el Lower East Side de Nueva York. “En realidad, viví en un pueblo siciliano la mayor parte de mi vida, afirma Martin cuando habla de sus inicios. “El mundo se dividía en dos: nosotros, los de Little Italy, y los demás. La tensión era palpable, siempre al borde la violencia”, admite después, haciendo referencia al famoso barrio. Influenciado por el neorrealismo italiano y el movimiento documental americano de los años treinta, la fórmula de salvación en lo personal que pareció encontrar Scorsese fue la cinefilia más completa y el dominio obsesivo, magistral, del lenguaje cinematográfico. Y esta película es, además de eso, una muestra más del experimento que durante aquella rica época contracultural se estaba desarrollando: el “new cinema verité”, donde las imágenes se filmaban cámara al hombro, en un movimiento que encabezaron Donn Pennebaker y Ricky Leacock. Esas influencias de corte naturalista están presentes en sus películas estudiantiles y explotan en esta a través de su atmósfera descarnada y claustrofóbica.

Robert De Niro en una imagen de Malas calles

El filme es el deambular cotidiano de cuatro jóvenes amigos italoamericanos y su interacción con un variopinto grupo de individuos peligrosos o poco fiables. Todos pretenden ascender en el mundo de la mafia local y pertenecer a esos “hombres de respeto”. Dos de ellos resultan especialmente ricos en matices: Charlie (Harvey Keitel), el verdadero protagonista, vive torturado por sus sentimientos religiosos, amorosos y de cierta solidaridad esquiva hacia la gente del barrio; por otra parte, Johnny Boy (Robert De Niro), el amigo alocado y descuidado, transita su vida al borde del estallido nervioso, siempre a punto de cometer locuras sin filtro alguno. La película supone, así, un absorbente estudio de caracteres centrado en estos pequeños mafiosos que admiran a los más grandes, con su racismo a flor de piel, sin discernimiento, de movimientos ampulosos y vocabulario excesivo, a los que no les importa meterse en problemas mientras se divierten en los billares, en cines y se sumergen en toda esa movida nocturna neoyorquina que les impacta y ciega.

Desde la secuencia inicial hasta las temblorosas escenas de Charlie en la cama, filmadas cámara en mano, y las alucinantes peleas en los bares –hay una impactante aparición de David Carradine en estado de ebriedad que vale la pena disfrutar–, Scorsese registró la vida tal y como él la conocía (tanto que se reservó un papel sin acreditar que es el resumen perfecto de lo que podría estar sucediendo en su hábitat natural). Todo es auténtico y cercano al delirio. Johnny Boy, por ejemplo, es un sujeto que puede tomarse como un esbozo del posterior Travis Bickle de Taxi Driver, ya que no se alcanza aquí a dilucidar su infinito potencial.

La película va del infierno al paraíso y otra vez al infierno, recorrida por el impulso salvaje de un director bárbaro pero apenas cristianizado, quien exhibe de manera omnipresente la adoración a María (otro símbolo inescindible de su obra) allá arriba en la Iglesia, cual virgen inalcanzable y pura. Y que aglutina debajo las distintas formas de angustia, neurosis y autodestrucción generadas por la imposible misión de alcanzar ese ideal de tranquilidad moral.

Robert De Niro en Malas calles

El cine de Scorsese no ha sido otra cosa más que su propia vida; un genio que ha dominado como pocos el lenguaje artístico de la modernidad, que no es sino el propio cine. La iconografía católica que han desbordado sus películas es a la vez el signo complejo, casi desesperante, de su sentir religioso, o simplemente el intento de alguna forma de espiritualidad que permita remitir las penas debidas por pecados ya perdonados y alcanzar así la gracia definitiva. A este respecto, al inicio hay una cita emblemática pronunciada por cierta voz en off: “la penitencia no se hace en la Iglesia, se hace en las calles, se hace en las casas”. Tras semejante afirmación, los artesanales títulos de crédito siguen la senda torturada de los actores y la del propio director, dando lugar a una película intensa, vibrante y que ya es parte del patrimonio cultural de nuestras vidas, sin necesidad de albergar un solo plano más.

Con el paso del tiempo y de sus películas, nos damos cuenta de que, tal vez, la verificación de los enigmas vinculados al misterio existencial no están en nuestras manos, sino en las del tío Martin, quien con este título comenzó a demostrar que tenía las herramientas necesarias para tratar de hacerlo.

Federico Fornasari

 
Martin Scorsese dando instrucciones a Robert De Niro y Harvey Keitel en Malas calles

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