Crítica de Oppenheimer, de Christopher Nolan

Oppenheimer supone otro espectacular logro cinematográfico por parte de uno de los popes de la industria del séptimo arte a nivel mundial. Christopher Nolan entrega un relato épico en torno a la controvertida figura de uno de los nombres clave de la ciencia del siglo XX: J. Robert Oppenheimer, el creador de la bomba atómica, basándose para ello en el libro «American Prometheus», escrito por Kai Bird. Pura cinética audiovisual filmada con cámaras IMAX, y exaltada a lo largo de tres horas.

Cartel con arte alternativo de Oppenheimer, dirigida por Christopher Nolan

País: EE.UU., Reino Unido
Año: 2023
Estreno: 19-07-2023
Duración: 180 min.
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan, a partir del libro de Kai Bird
Fotografía: Hoyte Van Hoytema
Montaje:Jennifer Lame
Música: Ludwig Göransson
Intérpretes: Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Alden Ehrenreich, Benny Safdie, Matt Damon, Gary Oldman
Género: biopic, histórico, político
Productora: Universal Pictures, Atlas Entertainment, Gadget Films

 

LA ÉPICA DEL HOMBRE

Duodécimo largometraje del afamado director inglés Christopher Nolan, Oppenheimer supone otro espectacular logro cinematográfico por parte de uno de los popes de la industria del séptimo arte a nivel mundial. Basándose en un texto ajeno tan solo por segunda vez en su carrera tras hacer lo propio en Memento (2000), el libro American Prometheus, de Kai Bird, aborda la controvertida figura de uno de los nombres clave de la ciencia en el siglo XX: el físico teórico estadounidense J. Robert Oppenheimer, conocido por ser el creador de la bomba atómica que su país lanzara, por orden del presidente Harry S. Truman, sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto de 1945, para forzar, así, la rendición de Japón y poner fin a la Segunda Guerra Mundial.

Oppenheimer dando los últimos retoques a su temible invención

Las primeras imágenes de la cinta enseñan unas gotas que parecen remover un agua mansa; un primer adelanto de las muchas y bellas metáforas visuales que están por venir, y que vienen a promover la conciencia y el recuerdo del vidente en torno a la amenaza nuclear, que no ha dejado de estar latente desde los días aquí retratados hasta los que vivimos hoy. Pocos instantes después se abrirá un plano clave, probablemente el centro de la narración y al que se vuelve en varios momentos para recalcar la importancia que mantiene el punto de vista en el ejercicio de la comprensión y el muto entendimiento entre semejantes (público incluido), culminándose la tesis del apunte anterior justo en el final: un encuentro misterioso, premeditadamente filmado desde la distancia y sin posibilidad de escuchar el detalle de la conversación, entre nuestro protagonista y otro ilustre científico, más unánimemente reconocido por la muchedumbre: Albert Einstein. Fisión y fusión frente a frente, en alusión a dos términos complementarios que el guion pone en solfa también desde el inicio, imprescindibles en la física cuántica y asimismo necesarios para encauzar el relato que está por desarrollarse; la escisión investigadora en favor de un logro técnico tan genial como fatal, a escasos palmos de un razonamiento y aproximación científica más humanista, abstracta y, a la vez, responsable.

Einstein dialoga con Oppenheimer

Una vez aterrizados sobre el ámbito universitario y de laboratorio, los primeros compases muestran a un Oppenheimer visualizando astros a través de partículas imaginarias que emergen del interior de su mente, y que Nolan nos muestra cuales insectos deambulando en derredor de la pantalla, quizá en actitud de juego, o quién sabe si de rutinario trabajo, pero en cualquier caso suscitando la idea de movimiento que absolutamente nunca va a dejar de acontecer durante las siguientes tres horas de metraje. La película es la imagen viva de este, y la prueba definitiva es que no hay un solo plano que se mantenga más allá de los tres segundos de duración, como si se tratara de un carrusel de instantáneas a través de las que asomarnos al abismo de nuestra civilización desde una posición privilegiada de observación. Este aspecto, extraordinario per se toda vez considerado en una producción de semejante extensión, se antoja un ejercicio de suicidio comercial; sin embargo, en las manos duchas del director londinense se revierte tal condición para lograr lo verdaderamente sorprendente del asunto: extraer y montar una narración épica, sostenida en un ritmo superior y a partir de una tensión en constante punto de ebullición, y que se ilustra en la forma de un puzle epopéyico cuyas piezas van a encajar paulatinamente sin rémora, en torno a un personaje histórico importante, al que volver a sacar a la palestra justo en un momento clave, cuando la sombra de la amenaza nuclear vuelve a cernirse sobre nuestras cabezas. Un fresco coral ejecutado a vuelapluma que promueve nuestra inmersión particular en el seno de la historia, antes que manifestarse como biopic al uso.

La forma como se logra lo anterior tiene que ver con la pura cinética, girando en los habituales zigzags espaciales y saltos temporales tan característicos de este autor, y abrazando el flashback como tropo idóneo para la generación de una atmósfera creciente si bien siempre sostenida, en pos del retrato cercano de un hombrecillo de rasgo discreto y gesto apocado, a su vez asentado en un entramado con derivadas más complejas que casi nunca interesa transitar para salvaguardar el foco primigenio. Alguien a quien se presenta como un moderno Prometeo (de ahí la cita de apertura, aludiendo asimismo a la referida novela de partida), un ilustrado capaz de hacer entrega de una brillante y, a un mismo tiempo, incendiaria invención a sus semejantes, para así delegar en ellos la terrible decisión de su manejo y, con ello, la posibilidad de su autodestrucción. Se introduce y expone, de esta forma, un dilema ético que merodea a lo largo de toda la cinta, y que incumbe tanto al propio originador, a quien nunca se muestra de manera ínclita, revelando las luces que iluminan y las sombras que atenazan lo resbaladizo del camino que decide emprender (a veces, incluso, de manera harto ingenua, pese a lo excelso de sus pensamientos), como al resto de sus colaboradores, un grupo de locos apasionados con ínfulas de relevancia, así como al resto de agentes políticos y militares interesados en que el experimento resulte en algo lo suficientemente productivo… y potente. Con independencia de los daños colaterales que pueda producir, o, antes al contrario: asegurándose de que estos van a hacer acto de presencia a modo de legítima testificación de la Historia.

Oppenheimer desorientado en su falso discurso triunfal

Un personaje, en suma, extraordinariamente quebradizo, a quien un portentoso Cillian Murphy se entrega hasta el punto de la obsesión para lograr un admirable remedo físico, y cuyo mejor reflejo se detona a partir de la secuencia del discurso ante un público enfervorecido, tras las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Triunfal de puertas afuera; abrumado, centelleante, demolido en su interior. Algo que Nolan vuelve a exponer con maestría merced al montaje agresivo de los pisotones de la masa que retumban a modo de música cuasi industrial sobre el afectado cerebro de aquel, suerte de implosión, certera y mareante, de sus paredes protectoras. Y un personaje, cómo no, manejado políticamente, manipulado a merced de la paranoia inherente al gobierno USA, con las brujas macarthianas perseguidoras del fantasma comunista abriendo de par en par las puertas de la sinrazón, amparadas en un fin de dominio y régimen de control mundial ante el que todo vale, incluso la más burda y, a la vez, sibilina de las persecuciones para con un semejante cuyo intelecto se sitúa varios peldaños por encima de los del conjunto de sus inquisidores de postín.

Así, Oppenheimer (el artefacto fílmico) vira del retrato humano —que no humanístico— insertado en la crónica histórica, con la inserción de leves píldoras de divulgación científica inversamente proporcionales en interés a la tensión con que se escenifican, hacia el cine de corte político propio de aquel país, probablemente el mejor, desarrollado durante tantas décadas a tenor de los turbios episodios de su historia. Bien pueden asomarse desde instantáneas de Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) al regazo de unos fotogramas de marcado, y lujoso, blanco y negro, hasta aparecer la sombra del mismísimo JFK (Oliver Stone, 1991), que acecha hasta el punto de su cita textual en el momento álgido del relato, previo a la explosión definitiva, propinada, para más inri, contra el rostro de ese auténtico animal (rapaz) de la pantalla que tiene por nombre Robert Downey Jr.

Robert Downey Jr. como Strauss, enfrentado a Oppenheimer

Nada de lo anterior puede desgajarse de la música compuesta por Ludwig Göransson, una impresionante y turbadora suite de noventa y cinco minutos que bascula entre los impulsos mayestáticos de una BSO grandilocuente propios de una epopeya como la que nos ocupa, pasajes orquestales radicados en emocionantes cuerdas, afilados ritmos ambientales de composición electrónica, y breves y perspicaces erupciones de sonidos experimentales al amparo de un diseño de sonido tan límpido como estremecedor, y que se adhiere a las imágenes cual tortuga maneja su caparazón: no hay vida concebible en su ausencia, se trata de una mera prolongación de su propia condición con el fin de conformar una obra de naturaleza única, cuya vastedad, extraordinaria riqueza y ambición de miras —narrativas, morales, históricas, sociológicas…— logra avasallar al más pintado, cuando menos en un primer visionado. 

Oppenheimer recreándose en la explosión

Las imágenes (y sonidos) de Oppenheimer relucen fulgurantes fruto de los 70mm de su negativo original en formato IMAX —que solo unos pocos afortunados podrán apreciar en su totalidad: son treinta las salas en todo el mundo que, por las características de su proyector y pantalla, pueden reproducir un puñado de secuencias que hacen uso de toda esa amplitud del negativo, llevando la imagen hasta el formato deseado por el director: 1,43:1—, pero créanme que, en el caso de que dispongan de una sala con este tipo de tecnología de proyección a mano, aun en su versión estándar, no se arrepentirán de sacar la entrada. La experiencia inmersiva, calculada a partir de un estudiado diseño de sonido que en no pocas ocasiones retumba con violencia en el cuerpo del espectador, en una obra que disemina set pieces sin discreción (véase, por ejemplo, la secuencia del ensayo de detonación y cómo el realizador juega con la ilusión del tempo narrativo, frente al tiempo real y el papel que la música, o la ausencia de la misma, juega en la ecuación) tiene difícil parangón en el cine actual. Christopher Nolan es un genio de la cinematografía de nuestro tiempo que bien merece celebrarse y disfrutar con gozo.


Descubre más desde Doble Kulto Cinema

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

,