Ganadora de la Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Málaga de este año, además del premio a la mejor dirección y al mejor montaje, Segundo premio se cuenta como uno de los títulos españoles más importantes de la temporada cinematográfica. Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, junto al escritor Fernando Navarro, han tenido la osadía de crear un universo propio girando en torno a una formación con el legado que ostenta Los planetas, más en concreto, al proceso de creación de su famoso tercer trabajo, Una semana en el motor de un autobús (1998), pero sin necesidad de referirse a ellos ni a sus miembros de manera explícita, y con los actores ejerciendo de músicos (y viceversa). El resultado es un viaje psicodélico que acaece entre las murallas granadinas, canto de amor a la creatividad libre a medio camino entre la ficción ingrávida y la suspensión de la realidad, con un destino similar al que podrían hacernos llegar aquellos a través de su música e indelebles letras. Una obra llamada a convertirse en cine de culto dentro de unos años.

País: España, Francia
Año: 2024
Estreno: 24-5-2024
Duración: 109 min.
Director: Isaki Lacuesta, Pol Rodríguez
Guion: Isaki Lacuesta, Fernando Navarro
Fotografía: Takuro Takeuchi
Música: Ylia
Intérpretes: Daniel Ibáñez, Cristalino, Stéphanie Magnin, Mafo, Chesco Ruiz, Daniel Molina, Edu Rejón
Género: biopic musical
Productora: Capricci, La Terraza, ARTE France, Bteam, Áralan Films, Ikiru Films, Sideral Cinema, Los Ilusos Films, Toxicosmos AIE
DE GRANADA SOLO SE PUEDE ESCAPAR POR EL CIELO
Una película sobre Los planetas, reza una frase sobrepuesta sobre las imágenes iniciales de Segundo premio. Pero enseguida se niega la mayor anteponiendo un “Esta no es”, a lo cual se incorpora, siempre de manera fugaz, “la leyenda de” delante del nombre del grupo musical; todo ello con la sierra de Granada, nevada, como figura de fondo. A Isaki Lacuesta y Fernando Navarro, firmantes del guion, no se les ocurre mejor forma de arrancar un relato que verse sobre el famoso grupo de pop-rock psicodélico andaluz que aludiendo, de manera explicita, juguetona y, ciertamente, musical (por entonces ya resuenan los primeros compases de una de sus más conocidas canciones), a la cualidad legendaria del mismo. Porque no solo resulta imposible conocer la verdad de los entresijos -la banda real, aunque colaboró en un primer momento, se desentendió con posterioridad de la producción-, sino que dicha verdad radica, justamente, en abordar la mística que desprende la inmarcesible aureola de la que, con casi toda probabilidad, sea la banda más importante de la historia del indie en España.

La historia se centra en un momento muy concreto: el del proceso de creación del tercer disco de la formación, que les diera el empujón definitivo hacia el estrellato musical: Una semana en el motor de un autobús. Y en un lugar asimismo específico, especial y de configuración única: la Granada de finales de los noventa. Y con semejante excusa esta maravillosa película habita en un planeta propio que discurre en torno a temas universales como la amistad, el amor y otras adicciones, el desamor y un profundo, virtuoso y a un mismo tiempo anárquico sentido de la creatividad. De cómo las obras maestras imperecederas pueden concebirse en el seno de un ambiente tóxico. De qué manera una ciudad con cuna de artistas fabulosos -Lorca en el texto inmortal; Val del Omar en la poesía visual; Morente y Lagartija Nick en la sonora; …- puede contaminar y envolver en su manto de religiosidad literal a un grupo de descreídos con ganas de consumir(se) en todo cuanto queda a su alrededor. En efecto, esta no es una película sobre Los planetas, sino sobre ese remoto lugar al que cualquier artista ansía llegar para no regresar jamás.

Y en una suerte de extraña (si bien desafortunada) simbiosis creativa, lo cierto es que esta película parece haberse contagiado de los dificultosos retos a los que se enfrentan sus protagonistas en el desarrollo de su propia producción. Inicialmente concebida por Jonás Trueba junto a Fernando Navarro, quienes tuvieron la idea de centrar la historia en torno a May (bajista de la banda que tocaba de espaldas al público y decidió abandonarla antes de la grabación de este tercer disco, provocando así el terremoto emocional con que se abre la cinta; y único nombre real que se ha trasladado a los créditos), el primero se apartó del proyecto para abordar otros y fue entonces Isaki Lacuesta el encargado de recoger el testigo, de la mano del propio Navarro, decidiendo entonces dar una vuelta de tuerca a los hechos narrados -desentendimiento definitivo de la banda y problemas de financiación mediante- para ampliar el punto de vista. Lamentablemente, un grave problema familiar afectó al cineasta gerundense el mismo día que comenzó el rodaje, por lo que tuvo que dirigir en remoto y apoyándose en su ayudante Pol Rodríguez, que sería el encargado de trasladar sus mandatos en el set.

No parece que el resultado se haya visto afectado, en otra loable conexión con el espíritu aquí latente: el de la entrega incondicional ante un credo artístico que va (mucho) más allá de lo meramente alimenticio. Ante la referida ausencia del grupo, pero con el permiso de su discográfica RCA para que sean los propios actores, en realidad músicos salvo Daniel Ibáñez (cantante) y Stéphanie Magnin (May), quienes interpreten las canciones, y a buen seguro nutriéndose de los varios volúmenes publicados que ya se habían adentrado en los complejos entresijos de la formación, Lacuesta, Rodríguez y Navarro hilan con proverbial sencillez y ritmo preciso los entrañables y continuos enfrentamientos entre el cantante y el guitarrista -los fundadores, junto a May; un trío que se profesa amor mutuo, como reflejan unas hermosas y recurrentes instantáneas que les muestra tumbados en lo alto de la ciudad, bañados frente al sol-, las constantes “fugas” surrealistas en que se ve inmerso este último, las negociaciones con los gerifaltes ante la posible descomposición de la banda, el “reclutamiento” de nuevos miembros, los caóticos rituales de ensayo (auténtica simbiosis creadora de carácter grupal), las múltiples conversaciones y visitas a tiendas de discos, y el deseo permanentemente frustrado del eterno retorno de la bajista. Con tiempo, entremedias, para sembrar la duda -y aseverar el territorio de la ficción en que nos encontramos- mediante la inclusión de voces en off de los distintos personajes que proclaman, en modo omnisciente, que algún episodio en realidad no ocurrió así (o lo contrario).
Y sin embargo la esencia de todo ello, aquello que los responsables logran transmitir con mayor certeza, haciendo uso, además, de un contenido virtuosismo audiovisual -pese a lo constreñido del formato 4:3, elección que, no obstante, refuerza el contexto, también el imaginario-, es el sustento que nutre la imaginación e impulsa a seguir al grupo humano retratado, que no es otro que el de la barra de bar y la fiesta nocturna de cariz ruidoso y decadente, a la que solo es posible acceder recorriendo pasajes subterráneos bañados en luces de neón mugrientas que desembocan en cantidades ingentes de botellines de cerveza, no pocas dosis de heroína fundida y rayas de cocaína sobre mesas de dudosa limpieza. Con ambiente sonoro de música distorsionada, claro está. Y buena parte del mérito al respecto se debe a Takuro Takeuchi, responsable de una fotografía rica en texturas granulosas, matices oscuros en contraposición a instantes de luz y color amarillento y, en general, fiel iluminadora de esa psicodelia que logra desprenderse y que con tanta fidelidad se filtra a través de las imágenes, considerando también la capital ayuda de los intérpretes.

En este sentido, no puedo terminar sin destacar la doble vertiente que Segundo premio desgrana: de un lado, Ibáñez, actor protagonista que encarna al liderazgo, la constancia y la fábrica de ideas en su máxima expresión, capaz de replicar a Jota en las voces con una solvencia que, cuando menos, se antoja sorprendente; por el otro, una serie de músicos de carrera que logran ponerse en la piel de unos personajes resultando plenamente creíbles en sus contradicciones, filias y múltiples arrebatos, aportando una espontaneidad que no hace sino redundar en la verdad que emana del conjunto. Sin duda, esta no es una película sobre Los planetas. Es una película para cualquier amante del arte interesado en adentrarse entre los inextinguibles vericuetos que depara el proceso creativo puro, que, con el paso de los años, estoy convencido se convertirá en obra de culto.

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