Concebido desde los tiempos del rodaje de Apocalypse Now, Megalópolis, el proyecto más ansiado por Francis Ford Coppola, ha logrado al fin ver la luz del día en 2024, tras no pocas piedras en el camino (entre ellas, la casi ruina económica del famoso cineasta, que tuvo que vender las islas y exitosos viñedos de su propiedad para poder terminar de financiar el fastuoso proyecto). Tras su paso por el festival de Cannes, donde ya cosechó una recepción más bien tibia -salvando la celebración que supone asistir al nuevo y, a buen seguro, último estreno por parte de uno de los máximos exponentes del viejo Nuevo Hollywood-, llega ahora a salas españolas. Lamentablemente, el resultado es una obra que se devora a sí misma a partir de su misma ambición, cuyas imágenes se precipitan a un vacío similar al que parece arrojarse el protagonista en el inicio del filme (ya enunciado en el tráiler), antes que irregulares, de concepción amalgamada y ejecución agotada, en prolongación directa de una personalidad que ya hace mucho tiempo enunció su última palabra con vigor.

País: EE.UU.
Año: 2024
Estreno: 27-9-2024
Duración: 138 min.
Director: Francis Ford CoppolaGuion: Francis Ford Coppola
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Música: Osvaldo Golijov
Intérpretes: Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, John Voight, Shia LaBeouf, Laurence Fishburne, Aubrey Plaza, Talia Shire
Género: émulo de thriller
Productora: American Zoetrope, Caesar Film
SUEÑOS DE SENECTUD (EN MACGUFFIN DE MEDIANA EDAD)
Más de cuarenta años mascullando un proyecto. Media vida, en la práctica. Se dice pronto, pero define a un hombre; a un artista, en todo caso. Los libros hablarán de Francis Ford Coppola como la figura referencial del Nuevo Hollywood que todos conocemos y asumimos; alguien capaz de salir a duras penas vivo de un rodaje como el de Apocalypse Now (1979), pero que en su visión creativa ininterrumpida albergaba el sueño de levantar una obra suprema -otra obra suprema- en relación a la condición humana y su entorno -otra condición humana en otro entorno-. En efecto, un megalómano de manual. Así que, salvado el reto económico, casi ruina personal por la venta de sus islas y viñedos tras el rechazo a la subvención de las majors mediante, finalmente ha conseguido que los libros también vayan a hablar de la que, a buen seguro, es la última obra que lega al Cine: Megalopolis. La parte irónica es que la lectura resultará absolutamente definitoria con respecto a su figura; la parte realista, algo entristecedora, es que el capítulo final apagará, motu proprio, la extraordinaria meritoria artística labrada a lo largo de una carrera de fondo, liberada, a base de un esfuerzo y valía únicos, de cualquier clase de ataduras, por culpa de un capricho propio de la mediana edad, pero ejecutado en plena senectud. Con todo lo que ello implica.

La trama de la última película dirigida por este tan genial como irregular cineasta, quien la presenta como una «fábula» (pese a erigirse como una parábola, por más naíf que acabe demostrándose) se sitúa en una Nueva York próxima en el futuro, y se equipara a la etapa de reconstrucción de la Antigua Roma, acaecida a partir del año 63 antes de Cristo, cuando se produjo una lucha intestina desde la alta política por el dominio de la todavía entonces República -previa al Imperio-, disputada entre Lucio Catilina y Marco Cicerón, albergando el primero el sueño de alzarse con el poder a partir de un plan secreto que consistiría en quemar la ciudad -para “barrer”, de este modo, cualquier deuda pendiente que hubieran contraído sus ciudadanos, con independencia de su clase social-, cuestión que fue descubierta y aprovechada por el segundo para crecer en popularidad (a la vez que ser condenado por otra parte de la sociedad, que desconfiaba de su, así también, ambiciosa figura).
Los correspondientes personajes que Coppola pretende traer a colación, en su particular versión, suerte de distopía futurista de la que emanan evidentes ecos con respecto al convulso presente político, serían Cesar Catilina (Adam Driver), reputado y visionario arquitecto que tiene la idea de remodelar la ciudad para hacerla más accesible (y vistosa, cabe deducir) a todos los ciudadanos, y el alcalde Cicero (Giancarlo Esposito), más reticente al progreso general. Empero, existió otra figura muy secundaria en la Historia, la de Publio Clodio Pulcro, quien se dedicó a perseguir a Cicerón en su afán de poder -¿acaso había otra cosa que perseguir en aquel entonces? ¿Y ha cambiado algo ahora la civilización, transcurridos más de dos milenios?-, que en el filme se presenta como Clodio Pulcher (Shia LaBeouf), personaje despreciable que va ostentando un mayor protagonismo en su empecinada rebelión e intento de golpe de estado -y que aprovecha el director para transponer los eslóganes populistas del discurso Trump, toda vez documentado el papel demagogo que representó Publio-. El problema es que, al parecer, este se dedicó a perseguir a Cicerón, y no en derrocar a Catilina, como narra el filme, por lo que el elemento riguroso comienza a deshilacharse…

En realidad, el veterano director de Detroit desprecia la exactitud desde el momento en que aprovecha el nombre de pila del protagonista para reunir en un mismo individuo la cita a dos personalidades diferentes de Roma -aún cuando Julio César estaba encontrando su peso en las esferas del poder-, y da igual, porque su sueño particular ya estaba en marcha y lo importante era rematarlo y exhibirlo a toda costa, como se deduce de su conglomerado de imágenes atropelladas resultantes, por las que también circulan un muy envejecido John Voight como Hamilton Crassus (en referencia a Marco Licinio Craso, general y político con una influencia predominante en los designios de la ciudad y sus máximos representantes) y Talia Shire, hermana de aquel y madre de Jason Schwartzman (quien también aparece en la película, si bien en un rol secundario), así como madre en la ficción del personaje encarnado por Driver.

Por supuesto, la producción no escatima en fanfarria audiovisual ni desprecia la amalgama de compases y terrenos diversos, haciendo de la prédica de un exceso manifiestamente autocomplaciente y francamente caprichoso su condición de objeto extraño, claramente identificado pero difícilmente identificable. Así, las imágenes transitan desde el monólogo existencialista/moralista/ecologista hasta la encarnizada disputa política -dialéctica burda o acción sublevada mediante-, pasando por la clásica bacanal romana -acaso fiel parábola de aquel exceso, se autoriza y celebra por los gerifaltes en una secuencia temprana de la cinta la abundancia de comida, bebida, carreras de cuádrigas, actuaciones, fiesta y… el combo de música y espacios de diseño junto a la ingesta de sustancias alucinógenas (recordemos: estamos en el futuro), hasta llegar, claro está, a la declaración del amor puro y a los variados destellos de ciencia ficción, entre los que se cuentan algunas esferas de ingenio que Catalina hace pasear de modo caprichoso en sus instancias, o su mágico don para detener el tiempo. Y aquí me detengo yo también, para concluir a colación: Megalópolis proclama dicho poder desde su mismo tráiler, pero lo cierto es que, toda vez observada la obra, su uso por parte del personaje principal es escaso y, en cualquier caso, harto insustancial para con los designios de tan magno relato (pese al evidente potencial que se desprende del mismo). Una suerte de antimacguffin. A tal extremo ha llegado el genio de Francis: rematar el asunto contradiciendo las indicaciones básicas de otro genio (que sí supo retirarse a tiempo).

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