Últimas palabras desde Sitges, que vienen a confirmar el amargo sabor de boca que deja la Sección Oficial a concurso, una de las más irregulares -por no decir flojas- en los títulos seleccionados de los últimos años. Salvamos, no obstante, el definitivo envite merced al visionado de Strange Darling, cinta que tampoco descubre Sitges pero que confirma a su realizador, JT Mollner, a través de un contundente puñetazo doblemente genérico -y mejor no revelar el sentido de la afirmación; caerá sobre su propio peso tras descubrirla-, así como la nueva alucinación audiovisual presentada por los hermanos Quay: Sanatorium Under the Sign of the Hourglass. Me quedo, sin duda, con el buen sabor de boca que logran dejarme los (pocos) títulos que he podido ver de la sección Noves Visions, sobre la que el lector ajeno al festival ya tendrá conocimiento si ha seguido su recurrente comentario en esta página a lo largo de esta semana, ya se sabe: filmes pequeños y más arriesgados de lo habitual, pero con mucho potencial entre sus primerizos responsables. Tras este último repaso a las jornadas del miércoles 9, jueves 10 y la mañana del viernes 11 de octubre, solo quedará esperar a mañana, sábado 12, para que se dé a conocer el palmarés de esta 57 edición, del que, por supuesto, nos haremos eco.

Strange Darling (JT Mollner) – Oficial Fantástico a competición

Pase despertador de la mañana del miércoles y noqueo absoluto para el que escribe estas líneas. Strange Darling, dirigida por el antes actor JT Mollner (que debutara en 2016 detrás de las cámaras con Ángeles y forajidos), es una bomba de relojería dividida en seis capítulos que se desarrollan de manera no cronológica. Esa estructura forma parte de un ingenioso plan por parte del cineasta norteamericano para jugar con los prejuicios y asunciones por parte del espectador en torno al rol de género que representan la pareja de protagonistas, un hombre y una mujer que se conocen y comienzan a divertirse una noche… Como resulta muy complicado hablar de este filme sin caer en el tan temido spoiler, me limitaré a decir que su hábil, dinámica y colorida puesta en escena funciona de maravillas a la hora de ensalzar las virtudes de este survival con sorpresa. Un título tremendamente transgresor y que dará que hablar. Y que, automáticamente, pasó a ocupar mi top personal del festival.
Sanatorium Under The Sign of the Hourglass (Stephen Quay, Timothy Quay) – Oficial Fantástico a competición

Y de seguido, una generosa ración de surrealismo ilustrado en una mezcla de imagen real y animación en stop motion procedente de Polonia, pero concebida por la pareja creativa formada por los hermanos Quay (de Pensilvania, EE.UU.). Sanatorium Under the Sign of the Hourglass toma inspiración de la película homónima de 1973 El sanatorio de la clepsidra, dirigida por el maestro Wojciech Has, a su vez inspirada en la colección de cuentos escrita por Bruno Schulz, y sigue los pasos de un hombre que viaja a un sanatorio de Europa del Este tras ser informado de que su padre ha muerto allí, para encontrar una experiencia sencillamente inenarrable en su interior.
De nuevo, se antoja complicado esgrimir las virtudes de un título tan magnánimo como este en unas pocas líneas y con tan solo un visionado -este en concreto requeriría de un mínimo de tres para empaparse y asumir toda su pesadilla-, pero los hermanos Quay logran hacer confluir imágenes de cualidad fascinante, filmadas al ralentí y gustosos de repetirlas bajo diferentes encuadres siempre al son de la gloriosamente machacona, delirante y absorbente música compuesta por Timothy Nelson, produciendo así un efecto que solo cabe describir como narcótico sobre el espectador capaz de dejarse arrastrar a este inframundo desde la pequeña ventana que proponen. Brillante es poco, y a su término me queda la sensación de que esta mañana de miércoles me ha tocado la lotería cinematográfica en Sitges. Ya era hora.
Gazer (Ryan J. Sloan) – Noves Visions

Pasado este doblete de aúpa, regresamos a la apuesta de Nuevas Visiones para encarar el visionado de un nuevo debut, en este caso del estadounidense Ryan J. Sloan, un electricista de profesión reconvertido en director de cine que filma este pequeñísimo thriller rodado en 16mm y que fue presentado en la Quincena de realizadores de la última edición del festival de Cannes. Pese a su evidente irregularidad, fruto de la inexperiencia, que hace divagar esta historia en torno a una chica que padece un trastorno que la deja «colgada» de una imagen para ser capaz de viajar, en su imaginación, hacia los recovecos que pueda esconder, su foco narrativo principal, cuando la sigue de cerca mientras otros la ponen en peligro aprovechándose de su debilidad, manifiesta una fortaleza impropia de un debutante, y su ejecución a través de esa imagen inundada de la textura y el grano propios del negativo en 16mm. refuerzan su idea de paranoia, base de la película. Sus secuencias recuerdan (y mucho) al primer Christopher Nolan de Following (1998) o al Aronofsky de Pi. Fe en el caos (1998), y precisamente cuando menos funciona es cuando su responsable se empeña en citar explícita (y numerosamente) a David Cronenberg. Sin duda, toca seguir muy de cerca al antiguo electricista.
Pepe (Nelson Carlos de los Santos Arias) – Noves Visions

Pepe era uno de los títulos que más ganas tenía de ver en este festival. Lean su argumento y entenderán por qué: «Un hipopótamo muerto llamado Pepe empieza a tomar consciencia de su existencia desde el más allá e inicia un monólogo en el que habla como si fuera un humano». No me negarán que no resulta curioso. Al jurado de la Berlinale también, que premió a la cinta con el Oso de Plata a mejor director, que es Nelson Carlos de los Santos Arias, procedente de República Dominicana.
Ambientada sobre todo en partes de México, es especial en las inmediaciones del Río Madalena, la película asume el punto de vista del hipopótamo -que toma su nombre del protagonista de unos conocidos dibujos animados, al menos en aquellas latitudes-, pero no lo hace durante todo el metraje, es más, deriva en una suerte de semidocumental que retrata la vida y costumbres de allá, de cara a revelar las condiciones de pobreza, enfrentamientos y guerras internas que sufre la población nativa, con un evidente dardo al colonialismo. Pese a la veracidad de las imágenes, que oscilan entre la belleza que ofrecen los parajes naturales y la penuria de los interiores, su propuesta no acaba de convencerme por una doble irregularidad: ni el cambio en el punto de vista, ni los más caprichosos (y constantes) cambios en el encuadre, de panorámico a cuadrado, favorecen la retención de lo que, de otro modo, podría haber resultado una poética oda a la vida salvaje (animal o no).
Una ballena (Pablo Hernando) – Oficial Fantástico a Competición

Una ballena se antojaba un prometedor título por parte de uno de los más prometedores realizadores del nuevo cine español, Pablo Hernando, con una larga trayectoria en el mundo del cortometraje y que llamara la atención con Berserker en 2015. Pero se ha quedado en eso, al menos de momento. Aquí retorna al cine negro, pero desde una óptica muy diferente, dotando a sus imágenes de una fotografía más que fría, aséptica, en perfecta connivencia con la dureza que desprende la asesina a sueldo protagonista, interpretada por una excelente Ingrid García-Jonsson. El problema es que esta historia de crímenes de encargo en pos del poder en los astilleros del norte entremezclada con brotes de una extraña y alienígena ciencia ficción no termina de cuajar en ninguno de sus apartados, restando al otro. Está falta de ritmo, de fuerza e incluso de potencia interpretativa -Ramón Barea no tiene cara de gerifalte malo-, en suma, de lograr transmitir el poder evocador que se pretende, pese a las bellas fugas fantásticas que entrega Hernando. Tampoco ayuda el hecho de que tenga tan presente en su subconsciente una película como Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013), que supone más una guía que una referencia.
Call of Water (Elise Otzenberger) – Oficial Fantástico a Competición

La cinta francesa Call of Water representa el título medio que entra en la sección oficial «fantástico» a competición del festival de Sitges en el último lustro: un profundo drama que toma el elemento fantástico como excusa para arrancar su contenido, cuando no erigirse como mera muleta con difícil encaje. El elemento que justifique su inclusión puede ser nimio, pero el comité seleccionador debe aferrarse a él cual gota de agua en el desierto, trayendo a colación, precisamente, el tema que plantea su responsable, Elise Otzenberger. El agua logra obnubilar, de manera progresiva y harto misteriosa, a los miembros de la familia protagonista, manifestándose como (evidente) metáfora de su falta de cariño, de arrope, de unión, en definitiva, motivada por los problemas conyugales de los padres o la ausencia por cuestión laboral de la figura paterna. No hay mucho más. Hay corrección audiovisual que sirve a la función educadora del relato, pero la benignidad no es suficiente para sostener hora y media de plúmbea búsqueda del reencuentro amoroso.
Planet B (Aude Lea Rapin) – Oficial Fantástico a Competición

Más cine francés en una mañana de jueves que contrarresta el buen sabor de boca que había quedado en la del día anterior. Protagonizada por la estrella del cine francés Adèle Exarchopoulos, este filme de ciencia ficción plantea una coyuntura no demasiado lejana en el tiempo: la reclusión en una realidad virtual y paralela de civiles no ya con penas legales, sino simplemente conflictivos, caso del grupo militantes ecologistas que protagonizan la trama. A diferencia de Meanwhile on Earth, cinta compatriota también presente en la Sección Oficial y que destacamos en la anterior crónica, el imaginario planteado por Aude Lea Rapin se nota más ambicioso, si bien tampoco dispone en pantalla de un gran aparato porque se trata de una producción modesta, cuyo principal objetivo es hacer calar un mensaje muy crítico para con el ascenso del fascismo en el seno de esta sociedad tan polarizada y tendente al prejuicio fácil que nos ha tocado vivir bien adentrado ya el siglo XXI. Empero, su relato se prolonga demasiado de manera innecesaria, repitiendo los mismos tropos narrativos y visuales sin que exista un brote de novedad que termine de elevar sus imágenes, ni tan si quiera en el terreno de la acción, que queda tan solo sugerida y muy segundo plano cuando se adivinaba una cuestión motora.
Dead Mail (Joe DeBoer, Kyle McConaghy) – Noves Visions

El dúo de cineastas estadounidenses Joe DeBoer y Kyle McConaghy entregan su segundo trabajo en la dirección de largos con Dead Mail, una cinta de visible hechura independiente pero tremendamente efectiva en su propuesta y ejecución. Sigue la terrible historia de un psicópata que se obsesiona con un hombre interesado en la composición musical de sintetizador hasta el punto de recluirlo en su domicilio, toda vez este no parece corresponderle en sus particulares intereses. Es en la efectiva fusión de texturas visuales -está hinchada de grano que simula una filmación doméstica- y musicales analógicas -sintetizadores de comienzos de los ochenta y aquella experimentación amateur pura para concebir sonidos extraños-, y la puesta en escena de cariz paranoico, donde el dúo responsable encuentra un impactante potencial cinematográfico. Auténtica joya en bruto que compite seriamente en mi particular ranking de Nuevas Visiones contra A Desert o la propia Gazer.
The Rule of Jenny Pen (james Ashcroft) – Oficial fantástico a Competición

Rematamos la noche del jueves con The Rule of Jenny Pen, nuevo trabajo del neozelandés James Ashcroft, que ya visitara el festival en 2021 con el, antes que oscuro, nihilista thriller Coming Home in the Dark. Anoche fue uno más entre el público cuando, antes de la proyección de su película, se levantara a aplaudir a Geoffrey Rush, el entrañable actor australiano que recibió el premio Máquina del Tiempo por toda una carrera dedicada al cine, aprovechando que, precisamente, participa en ella, junto al también veterano John Lithgow.
En The Rule of Jenny Pen ambos se enzarzan en un duelo interpretativo que copa la pantalla por completo y se erige, sin duda, en lo mejor de la misma, relegando necesariamente a un segundo plano la labor de Ashcroft, quien se limita a retratar con rutinaria eficiencia esta pelea por la supervivencia en una residencia de ancianos, donde el segundo usa a la muñeca del nombre en el título para hacerse con el poder… a base de practicar el mal para con sus deteriorados vecinos. Pese a todo, merece seguir el rastro a su director, que ostenta una capacidad única para escoger relatos de maldad pura y maltratar a sus personajes sin importar su aspecto o condición.
El llanto (Pedro Martín-Calero) – Sitges Collection

Otro debut, el de Pedro Martín-Calero, tras un par de series de televisión realizadas hace tres lustros, cierra mi estancia en esta edición del festival, y lo hace por todo lo alto. Podríamos encuadrar a El llanto, escrita por él mismo junto a Isabel Peña (la guionista habitual de Rodrigo Sorogoyen: respect), en el género creepy pasta, pero hacer eso sería establecer una mirada harto reduccionista a esta notable película dotada de una aterradora atmósfera -merced al espectro que sigue la espalda de las protagonistas, que son varias e interrelacionadas al estructurarse en capítulos-, a lo que no contribuyen poco las ambientales piezas de electrónica de cámara y coros con que se impulsan las inquietantes imágenes, obra del cada vez más imprescindible Olivier Arson.
Son muy visibles las referencias de Martín-Calero -desde el J-Horror asiático producido en el nuevo milenio hasta It Follows (David Robert Mitchell, 2014), ya convertido en filme de culto-, pero sabe integrarlas con inteligencia en su propio relato, al que también suma una mirada desviada sobre las pantallas y su inherente condición maldita; los numerosos dispositivos de nuestro día a día que permiten el registro de todo cuanto acontece a nuestro alrededor… en (muchas) ocasiones sin que, ni siquiera, seamos conscientes de ello. Otro nombre a seguir que también logramos sonsacar de esta 57 edición del festival de Sitges, que ya toca con sus garras su segundo y último fin de semana y del que nos despedimos hasta el año que viene.
