La acompañante supone el debut en el largometraje de Drew Hancock, un cineasta, actor y guionista curtido en la televisión estadounidense, principalmente en el género de la comedia pero con inclinaciones hacia un terror de índole festivo. Aquí parece reproducir esa fórmula, firmando una cinta extremadamente entretenida y que juega sus mejores bazas a partir de una socarrona veta crítica dirigida hacia el acomodamiento criminal que padece nuestra sociedad actual, que pone al servicio del consumo doméstico un robot que se rebela contra su condición de objeto onanista (en una estupenda caracterización llevada a cabo por Sophie Thatcher).

País: EE.UU.
Año: 2025
Estreno: 31-1-2025
Duración: 97 min.
Director: Drew Hancock
Guion: Drew Hancock
Fotografía: Eli Borny
Música: Hrishikesh Hirway
Intérpretes: Sophie Thatcher, Jack Quaid, Lukas Gage, Megan Sury, Harvey Guillén
Género: ciencia ficción, terror
Productora: BoulderLight Pictures, New Line Cinema, Vertigo Entertainment
NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO
Drew Hancock es un cineasta que proviene de la televisión de su país, EE.UU. Durante más de veinte años ha ejercido como creador de algunas series de carácter independiente, en su mayoría comedias socarronas, en las que también ha sido guionista y actor, agregando en sus últimas aportaciones un giro hacia el terror más festivo, caso de My Dead Ex (2018), su último crédito como firmante de una historia hasta este 2025. En este lapso de tiempo ha estado preparando su estreno como director en el largometraje, que tendrá dos episodios a lo largo de este año: el thriller sobrenatural My Wife and I Bought a Ranch, aún sin fecha de estreno, y Companion, que llegó a la cartelera española el pasado fin de semana sin hacer demasiado ruido.

Y lo cierto es que bien lo hubiera merecido, porque supone una muy agradable sorpresa en este arranque del mes de febrero. Bajo un paraguas de tamaño moderado en la producción –en torno a los 10 millones de dólares–, la cinta cuenta con un cartel de promesas encabezado por una actriz al alza como Sophie Thatcher, a la que viéramos hace apenas un mes interpretando a una de las dos mormonas en Heretic. El otro protagonista es Jack Quaid, que fue uno de los rostros principales del reboot de Scream (2022), y también tiene un papel importante Lukas Gage, un rostro que le sonará familiar al espectador, debido, seguramente, al breve pero sobrecogedor papel que tuviera en Smile 2 (2024).
El tema a explorar no es otro que el de la robótica de aspecto humano y su posible toma de conciencia y rebelión en el seno de nuestra sociedad; cuestiones que, aunque hayan conformado el núcleo de distopías de ficción recientes tales como Ex Machina (2014), M3gan (2022) o Alice (Subservience) (2024) –que beben, a su vez, de la franquicia por excelencia sobre la rebelión de las máquinas: Terminator–, ya se antojan parte de nuestro más rabioso presente. Uno bien discordante que aboga por explorar, bajo un rostro a priori amable pero bien enconado en el fondo, este joven cineasta a través de las imágenes de La acompañante.

El resultado es un entretenimiento adulto de impoluta factura técnica que en noventa minutos apenas logra dar respiro al espectador, enfrentado a un ejercicio de mala baba que arroja una indisimulada veta crítica, apuntando con tino a motivos de servidumbre sexual (y doméstica) mientras hace uso de una violencia cruda pero bien medida, y planeando por encima de todo un humor de sesgo cáustico tan necesario como descargante. No existe una gran meritoria en el apartado de la realización, pero es que Hancock prefiere ceder el testigo al comprometido conjunto de actores para hacer creíble los continuos giros y estimulantes nuevas situaciones que va introduciendo en su propio libreto, que denota ser su especialidad y se convierte en el sostén principal de su debut (con permiso de la citada Thatcher, capaz de mimetizar, mediante su rostro y ademanes, la extraña naturaleza orgánica del robot de acompañamiento a quien da vida).
En un mundo cada vez más individualizado, todos necesitamos de una mayor compañía. En realidad, siempre ha sido así –ya lo descubrieron, hace cincuenta años, Pedro Olea en No es bueno que el hombre esté solo (1973) o Berlanga en Tamaño natural (1974)–, pero el increíble progreso técnico ha permitido perfeccionar el objeto de apego hasta el punto de convertirlo en nuestro semejante. Ahora bien, que la elección hoy sea la de usar (y tirar) el envoltorio a modo de condón multifunciones doméstico, da una idea clara sobre la deriva de una Inteligencia que, paradójicamente, ha llegado para corromper su propio significado a costa de la ausencia de empatía bajo nuestro tejado.

