Crítica de American Primeval, miniserie creada por Mark L. Smith

Hace apenas un mes llegó a la plataforma Netflix American Primeval, cuyo título se ha traducido en España y otros países hispanohablantes como Érase una vez el Oeste. Tal y como explica el crítico argentino Federico Fornasari, que vuelve a colaborar con las siguientes líneas en este espacio, aunque la memoria del espectador pueda llevarle irremediablemente a pensar en Leone y su obra maestra C’era una volta il West –cuya traducción literal sería esta, en lugar del Hasta que llegó su hora con que se estrenó aquí–, esta miniserie es una creación enteramente nueva, suerte de neowestern ultraviolento que, no obstante, bebe con fruición del cine del oeste clásico –norteamericano o italiano– para retratar el cruento choque que enfrentó a religión y sociedad en la conocida como «Primera Guerra Civil», acaecida en territorios de Utah ca. 1857. Consiste de tan solo seis episodios dirigidos por Peter Berg, y ha sido creada por Mark L. Smith, cineasta que después de filmar Séance en 2006 se dedicara a la escritura de guiones para propuestas de otros realizadores, caso del remake de Martyrs (Kevin Goetz y Michael Goetz, 2015), El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015) o la que nos ocupa.

American Primeval poster

Sobre el título traducido

Aún con la pandemia azotando el mundo, en mayo del año 2021 iniciamos una serie de columnas para el Diario Actualidad de General Villegas, Ciudad de la Provincia de Buenos Aires, en Argentina, tituladas “Cine en Casa”. La primera, como no podía ser de otra manera –¿qué mejor género ha dado el cine?– nos acercaba al universo mitológico del wéstern gracias a dos filmes esenciales como The Searchers (1956, John Ford) y News of the World (2020, Paul Greengrass). La mención es válida como introducción para ampliar algunos conceptos –o enriquecer, si se quiere–, la lectura de esta nueva nota a propósito del reciente estreno en Netflix de la impactante miniserie American Primeval, un wéstern superlativo que puede acarrear iniciales confusiones por el título con que se ha estrenado en España y otros países hispanohablantes: Érase una vez el Oeste, o Érase una vez en el Oeste, calcando así la traducción del título original –C’era una volta il West– de la obra maestra que Sergio Leone firmara en 1968. 

Si bien la temática de la miniserie, creada por Mark L. Smith y desarrollada a través de seis apabullantes capítulos dirigidos por el talentoso Peter Berg, adopta las formas y contenidos del gran director italiano en particular y del spaghetti western en general –es una sórdida historia del salvaje oeste sucio, desaliñado, cruel, sádico–, no se trata de un remake, al contrario, el argumento va por otro lado; se inspira en un sangriento evento real ocurrido en territorios del Estado de Utah, entre 1857 y 1858, conocido como “Guerra de Utah” o, incluso, “Primera Guerra Civil”. Aclarado este punto, que puede alejar a varios espectadores amantes del cine del oeste y provocar una estampida ante la desafortunada quimera del título, les decimos que no, que vean esta joya porque es una obra sorprendente y será, sin duda, una de las mejores miniseries del año.

American Primeval family

Condenados a vivir

American Primeval nos ubica en el tiempo y lugar antes referidos bajo el enfrentamiento de un grupo de mormones asentados en Utah contra el Gobierno de Estados Unidos, liderado en aquel entonces por el presidente demócrata James Buchanan. La mecha que prendió para desatar el infierno tuvo que ver con lo sucedido en septiembre de 1857, cuando una milicia armada hasta los dientes del citado grupo religioso, planificó y ejecutó la matanza de alrededor de cien inmigrantes que se dirigían a California, en apariencia por temor a ser expulsados u ocupados en la tierra donde ahora se encontraban. Los representantes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días (denominación oficial de los mormones), habían sido echados años antes en forma violenta de los Estados de Ohio, Misuri e Illinois. Cuestiones como la poligamia y costumbres un tanto extremas no eran vistas con buenos ojos por una sociedad asentada en otros valores. La decisión de esta masacre, incluso impensada por ellos mismos, surgió de los temores por las persecuciones de antaño, sin rémora para el particular ensañamiento en la ejecución. 

La negativa a reconocer su participación en la misma, cuando el gobierno central en Washington requirió explicaciones y se dirigió al lugar con la idea de finiquitar cualquier intento separatista, exhibió a unos mormones en alerta pero a la vez ultraviolentos, que no dudaron en alimentarse con vísceras de inocentes con tal de defender sus nuevas tierras. Ello se adivina en cada sentencia que emana de los diálogos por parte de los excelentes personajes inspirados en sujetos reales y otros ficticios producto del guion; frases donde reina la desesperación, se advierte el necesario desplazamiento de los nativos que se convierten en mercenarios, o en los mismos inmigrantes, condenados a vivir como buenamente pueden, escapando de ladrones o cazadores de recompensas sin alma. 

American Primeval blood

También en los “rednecks” violadores que hablan en francés y en dialectos de cuevas milenarias,  ataviados de ropajes infrahumanos para soportar el paisaje postapocalíptico de la conquista; en las mujeres y niños que luchan contra lobos hambrientos; en los tramperos que beben litros de whisky frente a piras ardientes cantando junto a cuerpos chamuscados; y, finalmente, en los comerciantes de pieles inescrupulosos donde la maldad es parte de cada negocio tratado a cuchillazos. 

Dentro de este aquelarre que se alimenta de las fuentes míticas del género vale resaltar, por su altísimo vuelo –y formando parte de un casting muy estimulante– el  cara a cara verbal que se produce entre el autoproclamado gobernador mormón y líder del grupo reaccionario Brigham Young (soberbio Kim Coates), y el trampero, explorador y hombre de la frontera Jim Bridger (inconmensurable Shea Whigham), propietario de un fuerte que lleva su nombre, ubicado en un territorio neutral pero estratégico, y que resulta un objetivo clave para los intereses de todos los involucrados.

El matadero tiene nombre

La atrocidad cometida por este grupo de fanáticos religiosos es conocida como la “Masacre de Mountain Meadows”, y fue la mecha que desató dicha conflagración interna, muy escandalosa en la historia americana. Asimismo, supone el inicio del brutal primer episodio, insertado en un paisaje físico y humano peculiar, con todas las virtudes intrínsecas de ritmo y movimiento que el wéstern impone en su propia universalidad, en su propia creación, en su propia leyenda. Los responsables de llevar este evento real en formato miniserie construyen un relato visceral, tenebroso, de pura acción y por momentos de insoportable tensa calma, bajo temperaturas gélidas donde solo el alcohol y brebajes sin nombre, en cantidades extremas, permiten compartir junto al fuego las penurias pioneras. 

American Primeval fight

Apoyado en los potentes compases post-rock de la extraordinaria banda texana instrumental Explosions in the Sky, Peter Berg, eximio realizador que conoce el uso de la cámara como si fuera una proyección de sus extremidades (dirige los seis episodios además de estar en la producción, con un gran cameo en el primero de ellos), demuestra su conocimiento para representar toda la mitología del cine del oeste clásico junto a lo más atávico del spaghetti western, pertinente amalgama que provoca escenas de horror puro. Berg, además de una acción hiperbólica repleta de contrapicados, planos generales, americanos, y toda la caterva de erudición técnica que ya le conocemos, agrega finos toques de exhibición de fenómenos alucinatorios o sobrenaturales. Y es que en el wéstern la gente no muere: cruza hacia el otro lado. 

Federico Fornasari


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