Debut en el largometraje de la directora estadounidense de ascendencia china Constance Tsang, Blue Sun Palace es una película triste, pero de un gran poder evocador. La delicada fotografía, sólidas interpretaciones e intimidad con que la cineasta introduce su cámara en las estancias de un centro de masaje y estética ubicado en una comunidad china de Nueva York sirven para elaborar bocados de auténtica belleza que son rescatados de rincones incómodos. Reconocida en el festival de Cannes del año pasado con el Premio del Jurado de la Semana de la Crítica, y tras su paso por la Seminci, ahora es el turno de las salas españolas.

País: Estados Unidos
Año: 2024
Estreno: 22-8-2025
Duración: 116 min.
Director: Constance Tsang
Guion: Constance Tsang
Fotografía: Norm Li
Música: Sami Jano
Intérpretes: Wu Ke-xi, Lee Kang-sheng, Haipeng Xu
Género: drama
Productora: Big Buddha Pictures, Field Trip Media
BLUE IS (NOT) THE WARMEST COLOUR
Blue Sun Palace marca el debut en el largometraje de la cineasta estadounidense de raíces chinas Constance Tsang, quien hasta ahora había realizado cuatro cortometrajes. Aunque la acción se ubica en el barrio de Queens (Nueva York), la directora dirige su atención hacia la comunidad china que allí se asienta, fijándose especialmente en un salón de belleza y masajes donde, entre dos de sus trabajadoras y un cliente particular, irán surgiendo vínculos de amistad, convivencia, insinuaciones de afecto… y un profundo sentimiento de pérdida. La manera íntima y sensible con la que Tsang se aproxima a ese pequeño universo hace pensar en posibles ecos autobiográficos, o al menos en recuerdos de otra época y otro lugar.

Una de las primeras sorpresas es comprobar que el título y los créditos iniciales no aparecen hasta que ha transcurrido casi un cuarto del metraje. Ese instante coincide con un acontecimiento trágico que reconfigura la mirada del espectador, invitándolo a preguntarse cuál de los caminos genéricos esbozados por la directora será finalmente el que recorra. El trayecto posterior, aunque aparentemente sereno y pausado, no por ello resulta menos duro o punzante. No hay lugar, sin embargo, para el sensacionalismo: la sutileza de la mirada y la extraña belleza con que Tsang transmite el dolor de sus personajes se convierten en las mayores virtudes de una obra que parece arrancada del triste rompecabezas de la vida. O de una vida marcada de antemano por la rigidez de las clases sociales.
El azul del título actúa como metáfora de esos sinsabores: un sol que ni brilla ni ofrece refugio palaciego, sino que se asocia más bien a un encierro forzoso, disfrazado de pasatiempo en el devenir de unos personajes condenados a sobrellevar lo que les ha tocado. Allí, el placer se entremezcla con la servidumbre, y esta se vuelve necesidad rutinaria; un ciclo difícil de romper. Por eso el trío protagonista y sus relaciones se muestran así de contenidos y distantes, reprimiendo tanto palabras impulsivas como actos comprometedores, movidos por una mezcla de miedo y vergüenza. Buena parte del mérito radica en Xu Haipeng, Wu Ke-Xi y Lee Kang-sheng, quienes ofrecen interpretaciones sobrias y convincentes, reforzando la sensación de veracidad y compromiso en el relato narrado.

El apartado visual, pautado por la cuidada fotografía de Norm Li, marca el otro gran acierto de esta ópera prima. Ese mismo azul, de tono claro, suave y poco profundo —como ocurre con las cortinas de los cubículos de masaje— impregna las imágenes, contribuyendo a la atmósfera melancólica que envuelve al conjunto. La luz desempeña un papel fundamental, especialmente en interiores (espacio principal de la acción), donde apenas se filtran tímidos rayos de iluminación natural en reflejo de los propios personajes, que apenas se atreven a asomar de esos rincones cargados de secretos de difícil escapatoria. Pero no todo es pesadumbre: Tsang se permite regalar, aunque en contadas ocasiones, bocados de auténtica belleza. Sucede, al menos, en un par de escenas evocadoras que transcurren en espacios algo más libres, bajo la complicidad de una canción compartida que revela la fragilidad emocional de sus personajes, además de despertar una honda nostalgia. Destellos de felicidad en un mar de lágrimas contenidas.
