Crítica de The Mastermind, de Kelly Reichardt

Aunque pueden contarse con los dedos de tres manos, la nueva cinta de Kelly Reichardt ha llegado a salas españolas este fin de semana, a diferencia de su anterior Showing Up (2022). La cineasta de Miami es una voz muy poderosa dentro del panorama indie norteamericano, pero apenas es conocida en nuestro país, cuestión que puede paliar The Mastermind, que acaba de conquistar la Espiga de Oro del decano festival vallisoletano Seminci (ex aequo con Magallanes). Una película de atracos ambientada en 1970 que subvierte varios de los cánones del género, dado que la acción se opone a la espectacularidad y el protagonismo recae en un auténtico paria obligado a escapar después de robar unos cuadros sin ton ni son, a quien interpreta magistralmente Josh O’Connor.

Póster de The Mastermind, dirigida por Kelly Reichardt

País: Estados Unidos, Japón, Canadá
Año: 2025
Estreno: 31-10-2025
Duración: 110 min.
Director: Kelly Reichardt
Guion: Kelly Reichardt
Fotografía: Christopher Blauvelt
Música: Rob Mazurek
Intérpretes: Josh O’Connor, Alana Haim, Hope Davis, Bill Camp, John Magaro
Género: Atracos de poca monta, Norteamérica de Nixon
Productora: Mubi, Film Science

 

ESCAPAR DE LA CONVENCIÓN

The Mastermind ha tenido un estreno muy reducido, visible apenas en un puñado de salas en todo el territorio nacional, y su anterior, Showing Up (2022), ni siquiera se estrenó. Richardt es una de las voces más interesantes del cine independiente norteamericano desde hace más de tres décadas, cuando firmase su debut con River of Grass (1994); una cinta que habla, desde un existencialismo nada impostado, de una pareja de jóvenes outsiders que dejan sus casas para darse a la aventura.

Una escena de The Mastermind, dirigida por Kelly Reichardt

Es el mismo tema que explora en The Mastermind. El mismo, de hecho, que ha presidido su carrera, que con este alcanza su noveno largometraje. El de la desafección y la desheredación inconsciente de individuos hacia una sociedad que no sienten que les pertenezca, y ante la que se rebelan de una u otra manera a través de sus actos. JB Mooney (Josh O’Connor) es uno de estos personajes arquetípicos: un carpintero en paro, casado y con dos hijos, al que ya en la secuencia de apertura vemos robando, no sin poca pericia y discrección, un objeto de la sala de un museo mientras su familia –que ni siquiera parece la suya– permanece ajena a unos pocos metros de distancia. Ello le impele a convencer a dos amigos para robar cuatro cuadros en la Massachussets de 1970, a plena luz del día, y esconderlos a duras penas en un granero.

Alana Haim en The Mastermind, dirigida por Kelly Reichardt

El guion (asimismo firmado por Reichardt, como el montaje) se ha inspirado en un suceso real de 1972, en el que unos adolescentes robaron unas pinturas de Rembrandt del Museo de Worcester para sus estudios de arte; en la ficción el autor comprometido, Arthur Dove, no es tan famoso, y la motivación de este paria y sus compinches ni siquiera está clara, dado que no son profesionales que puedan manejarse con contactos en el mercado de compra-venta. Ello nos habla del espíritu de bajo perfil que pretende imprimir la realizadora a sus imágenes, y que mantiene a lo largo del metraje. Un cine de atracos (y todas sus derivadas) en la antítesis de la espectacularidad, como nos han acostumbrado a ver en Hollywood, ya fuera en esa misma (y gloriosa) década o en tiempos más recientes. El reverso cutre de la América de Nixon, donde el sueño americano se desmoronaba a marchas forzadas –protagonizadas por hippies auténticos o involuntarios, caso de nuestro protagonista– en favor de una supervivencia convertida en estilo de vida.

Josh O'Connor en The Mastermind, dirigida por Kelly Reichardt

Esta desafortunada sucesión de episodios de escapismo al por menor se captura con maestría merced a una fotografía que parece, por su característica textura granulosa y de escasa luminosidad, haber sido filmada en 16mm, pero que en realidad nace de cámaras convencionales. Christopher Blauvelt lo ha logrado a través de unos filtros y efectos en las lentes con total naturalidad, y esa cualidad desvaída confiere a las secuencias un espíritu de rebeldía sincera en la que O’Connor se integra con desenvoltura y falso descreimiento. Si a ello sumamos una trompeta disonante que asoma entre los entrecortados ritmos jazz con que Rob Mazurek ilustra y hace volar las imágenes por encima de su suelo natural, nos encontramos con una de las cintas más sólidas de 2025. Una capaz de revertir hacia la fragilidad el canon de masculinidad protagónica tradicional en el cine negro, en favor de un viaje de infortunio y desamparo personal que no renuncia a la tensión inherente al mismo. Ni a un humor que acentúe esa subversión desde dentro.


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