Mamá

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febrero 15, 2013 por Roberto García-Ochoa Peces

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La película debut de Andrés Muschietti supone todo un ejemplo a seguir para jóvenes realizadores. Baste un cortometraje del mismo nombre, de apenas 3 minutos de duración, para que un gran nombre como el de Guillermo del Toro se fije en él y le ayude a potenciar una historia que, claramente, daba para mucho más. He ahí la importancia de una buena base, del empeño en relucir un formato que, aunque no sea el fin en sí mismo, sí es la pieza clave e indispensable para alcanzar el objetivo: realizar un largometraje y que éste sea bien visible, en todos los aspectos.

Y sin embargo urge decir que si el director ha tenido esta suerte ha sido más por el tremendo empuje que le ha proporcionado la elogiable figura de su padrino que por la calidad intrínseca de ese trabajo germinal. En un sentido meramente especulador, podría decirse que Del Toro constató la capacidad técnica de aquél -visible en sus espaciosos movimientos de cámara, que recorren las oscuras estancias de un interior anteponiendo la virguería técnica que sugiere inquietud a la lógica de un estatismo contemplativo de los personajes- y, sobre todo, la no-explotación de una historia prácticamente nula (la aparición de una madre de aspecto demoniaco que persigue a sus hijas, en una terrorífica presencia fruto de unos logrados efectos especiales), para brindarle la oportunidad de desarrollar, en el tiempo que requería, este simple esbozo. En un mundo ideal, este funcionamiento sería el idóneo: que alguien consagrado y perfecto conocedor del medio, reconozca la potencialidad de un don nadie, para así desplegarle la autopista del éxito, trabajado ya en base a una meritoria propia.

La infancia indómita

La infancia indómita

Porque la visibilización en largo que propone Muschietti de Mamá, en efecto deja traslucir algo muy parecido a un sello de calidad. Y es que, al contrario que en su cortometraje, aquí se preocupa de dar sentido y coherencia a la historia por encima del mero lucimiento estilístico, aun sin olvidar éste. Así, lo importante es ahondar en el trauma infantil de las dos hermanas protagonistas, y en la difícil relación con su inusitada madre (pareja del hermano del padre de ambas, fallecido en extrañas circunstancias en el bosque). Miradas, gestos y palabras que definen el miedo, no sólo el suyo, sino también el nuestro, proferido a través de ángulos muertos en el encuadre, fondos desenfocados o sonidos cuando menos preocupantes. Pero en ningún caso sin abusar, acompañando las apariciones y los momentos más puramente terroríficos a los instantes de tensión familiar que el relato va esparciendo a lo largo de su narración.

En este sentido, la misma concepción de las protagonistas se aleja del cliché, o al menos de un cliché mal entendido. El hecho de que las dos niñas estén representadas como cuerpos salvajes que parecen encerrar algo malévolo en su interior, apunta directamente hacia las raíces de su problema de incomunicación: la extrema soledad y la crianza bajo un ente desconocido y aparentemente malvado, letal. Hay algo en su expresión que rememora a un origen atávico de su temor, que inicialmente tan solo aparecerá sugerido y que se irá corporeizando a medida que las relaciones sean más próximas entre los habitantes de la casa. De ahí que esa suplantación de identidad materna choque frontalmente con la nueva madre (Jessica Chastain), quien las acoge en su seno bajo los modales civilizados de la sociedad moderna. Y es en esa confrontación donde se establece un interesante juego de falsa persecución, de sombras y realidades, en el que también entra a formar parte la naturaleza, a través de esas raras mariposas que forman extrañas manchas negras en las paredes del apartamento; de nuevo, la remisión hacia un pasado misterioso y agreste, de difusa concreción y que se inmiscuye en la realidad no tanto para molestar como para reclamar su legítimo lugar.

La nueva mamá, a punto de descubrir a la verdadera

La nueva mamá, a punto de descubrir a la verdadera

Obviamente, y como casi cualquier ópera prima, la cinta acarrea algunos problemas, aunque sorpresivamente estos no apuntan hacia el mal común en esa transición corto-largo que suele manifiestarse en ostentosas lagunas de ritmo, sino, extrañamente y en sentido contrario, en una prolongación excesiva de un clímax final que se antoja en exceso explicativo. Así, toda la dosificación previa, trabajada en pos del suspense y de dar sentido último a la historia -de asustar, sí, pero a la vez de explicar, combinando el sentido visual con lo subterráneo de lo textual-, se echa un poco a perder, en favor, eso sí, de un áurea lírico bien conseguido en unas imágenes espirituosas y que apelan directamente al terrible significado del trauma de la pérdida familiar. Una operística, en fin, en la que a buen seguro Del Toro tuvo bastante que decir, no sólo por la necesidad de explosión final propia de la búsqueda de complacencia del público por parte de la figura del productor, sino por el propio cariz de las imágenes, que remiten claramente a la imaginería tan reconocible del director mejicano.

Mamá supone una más que interesante primera realización de Andy Muschietti. Una historia donde se juega a invertir el concepto preeminentemente benévolo de la figura materna para indagar en los cauces del comportamiento infantil, explotando el desarrollo de tales relaciones de manera imprevista y con la excitación que supone el miedo al enfrentamiento de la verdad siempre a la vuelta de cada habitación de la oscura estancia donde se desarrollan los hechos. Una lucha encarnizada por la posesión (no sólo ficcional, también en lo autoral), con la peculiaridad de la asunción externa, ajena y lejana de semejantes conceptos.

Una amenaza que no es tal

Una amenaza que no es tal

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