El atlas de las nubes

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marzo 1, 2013 por Roberto García-Ochoa Peces

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MAPA ARTIFICIAL DEL MUNDO HUMANO

De las cuatro acepciones presentes para la definición de la palabra “artificio” según la RAE, me quedo con la siguiente: “Predominio de la elaboración artística sobre la naturalidad.” Y lo hago porque considero que encaja a la perfección con la última cinta de los hermanos Wachowski, acompañados en esta ocasión por Tom Tykwer en la dirección. No hay un solo plano a lo largo de sus casi tres horas de duración que no vislumbre esa artificiosidad. El problema es que no se trata únicamente de un concepto de forma, sino que se extiende hasta lo más profundo de su fondo, configurando así todo un artefacto de difícil asimilación; no tanto por su pretendida complejidad como por su tempestuosa superposición de capas e ideas, lo que la convierten en un auténtico mazacote arquitectónico.

La escritura como creación

La escritura como creación

Debemos hablar, por tanto, de esa “elaboración artística” en un tono indudablemente peyorativo, así como engañosamente elevado. La historia de El atlas de las nubes parte del libro homónimo de David Mitchell (quien a su vez pareció inspirarse a través del título de una composición musical de Toshi Ichiyanagi). De nuevo la superposición, ideas que se trasladan de la mente de un artista a la pluma de otro, y de ésta a la mirada de otros tres. ¿Qué puede resultar de semejante esfuerzo de acoplamiento artístico? Irremediablemente, una ligera sensación de desbarajuste creativo. A través de la reproducción de mundos posibles, una pintura de la belleza o (sobre todo) la fealdad de una convivencia humana que se bate en constante duelo por aplastar al semejante, que ansía el poder por encima de la hermandad y de la comprensión. Condición inherente a nuestra especie; germen maldito de nuestra condición como hombres desde tiempos inmemoriales; sino irremediable de nuestra existencia futura.

Este poco disimulado afán de megalomanía creativa se vislumbra en un relato dispersado en seis historias que transcurren en distintas épocas (en un arco que abarca desde dos siglos atrás hasta otros dos hacia delante, incluyéndose el tiempo actual), gravitando, no obstante, en torno a la historia ubicada en el futuro más lejano -quizás por su planteamiento de la vuelta hacia el primitivismo de nuestros orígenes pese a la presencia de la high tech-, que lo abre y lo cierra. Historias que son una, y que hablan de un tema tan universal como es el de la temible lucha por el avance/obstrucción del traspaso y evolución del conocimiento entre las sociedades de las distintas eras de la especie humana. Sobre la búsqueda, por tanto, de la libertad del individuo en una sociedad opresora y totalitaria, sea en la espesura e irracionalidad del bosque, o bajo el incontrolable movimiento de las olas del mar, o incluso aunque parezca inmerso en un ambiente de burguesía, clase alta o aparente calma y normalidad. Y siempre bajo el telón de la superchería, las creencias superiores, la vigilancia divina, la opresión del más allá y de los seres iluminados o malvados como elemento clave, motor y distorsionador a la vez de las acciones a las que se acogen los múltiples personajes.

El futuro del sometimiento

El futuro del sometimiento

Unas caracterizaciones que también se unen a ese juego de extensión, ya que son los mismos actores-estrella (Tom Hanks, Halle Berry, Hugo Weaving, Jim Broadbent, Jim Sturges, Hugh Grant) los encargados de dar vida a otras tantas personalidades en las distintas épocas ambientadas. Sin embargo no es éste un recurso baladí, sino que responde a una idea firme que quieren transmitir los creadores del film: la de la transmigración del alma, o el hecho de que las personas, aun en distinto espacio y en distinto tiempo, son las mismas, en el sentido de que se enfrentan y responden ante una serie de pareceres y comportamientos similares, que (re)surgirán y tendrán un impacto directo en las vidas del futuro. Así, el film se convierte en una constante vivencia del déjà vu, con personajes que van y vienen pero que en verdad, literal y metafóricamente, son los mismos pese a su envoltorio; no es tanto una labor de juego o interpretación de equivalencia de caracteres -por suerte, las definiciones están bastante claras- como de sensación universal, de comunión de espíritu, de suave movimiento sinfónico en clave de disonancia.

Y sin embargo, la transmisión de esa cualidad intemporal que va más allá de representaciones individuales funciona de la misma manera que un barco navega sin viento. La narrativa de la película sigue el patrón de la mezcolanza imprevisible, en un constante y casi siempre mareante sube y baja en el tiempo que quiere empalmar vivencias, afianzar sensaciones y estimular sentimientos, pero que se olvida de la consolidación de las imágenes. En este sentido, apenas existe la pausa en el relato, ya fuere en el diálogo o a través de la música, lo que acaba contagiando a las propias escenas, cuya escasa duración repercute en la asimilación de su significado individual. En su conjunto, y visto muy desde arriba, se aprecia algo parecido a la configuración de un mapa de la humanidad extendido sobre el espacio de lo conocido y lo inextinguible, pero si nos aproximamos, el foco de atención se desmorona hasta perder por completo su objetivo, y así nos queda la impresión de una letanía que se extingue a sí misma, en su rico afán creacionista.

De vuelta al futuro: ¿le suena esta imagen?

De vuelta al futuro: ¿le suena esta imagen?

Ni siquiera el trabajo visual de la obra puede llegar a reseñarse por encima de lo habitual. En una producción de estas características (que al parecer le salió cara a los propios Wachowski, quienes tuvieron que poner dinero de su bolsillo y buscar a ese tercer director; incurable enfermedad de la pretenciosidad) se esperan unas imágenes en consonancia, y en Cloud Atlas sin duda están presentes. La visualización de los diferentes mundos y de las distintas épocas es espléndida, pero no por ello resulta menos vista. Por ejemplo las secuencias que transcurren en esos futuros diferentes pero radicados en la opresión no parecen demasiado deslumbrantes ni originales, y además las fuentes referenciales aparecen muy palpables: sobre todo THX 1138 (George Lucas, 1971), Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2010)  y Minority Report (Steven Spielberg, 2002) para uno, y El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001) para el otro. El empalme de semejante imaginería tiene momentos de gran cine -en la concreción de elipsis temporales que hacen adivinar una idea continuada, o un apunte sentimental total-, pero existen otros donde parece que el engarce vino dado por el mero capricho visual, temático o, por qué no, musical. Y es que, toda vez observada la obra en su conjunto, existe la sensación de una búsqueda de la armonía a través de la musicalidad de las escenas, como si la composición de las imágenes se aviniese a través de un cierto ritmo de los sonidos, en combinación objetiva con el palpitar de aquéllas. Eso forma trazos de irregular longitud y espesor, y al tratarse de una obra tan magnánima y extensa, produce disonancias comunes en su construcción.

Hugo Weaving transformado en ogro

Hugo Weaving transformado en ogro

El atlas de las nubes es una película demasiado pensada como para salir bien. Seguramente su principal problema sea partir de un material de base que se antoja inadaptable, pero una vez rota esa barrera del atrevimiento, lo que queda es el engarce de imágenes que se contagian entre sí a lo largo de 172 minutos, lo cual se adivina como una empresa harto tediosa, cuando no repetitiva. Se habla de la condición humana, pero se hace desde una perspectiva que se quiere tan enrevesada que suena a impostura, a falsedad; se apela a los buenos y a los malos sentimientos, pero rara vez se abandona la palabrería para dar paso a aquéllo que en verdad nos aprisiona hacia el interior. Supone, en definitiva, la asunción de lo faraónico para hablar de lo íntimo, en una imposible comunión de sensibilidades. El artificio desplegado en todo su esplendor y disparado en varios niveles de lectura.

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