Déjame entrar (Let the right one in)

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mayo 22, 2013 por Roberto García-Ochoa Peces

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Una de vampiros, pero no una cualquiera… Cuando ya creíamos haberlo visto todo, se presenta ante nosotros esta delicia sueca, una rareza que insufla aires renovadores al género del terror en su variante de chupasangres, haciendo gala de una elegancia dramática y narrativa digna de elogio, sin demasiados sobresaltos, pormenorizando el sentimiento; erigiéndose en un film perversamente bello, sencillamente arrebatador.

La mirada pura de Oskar

La mirada pura de Oskar

Apartada de los tópicos (o utilizándolos de una manera diferente, sencilla y cabal para con su comedido tono, sirviéndose de la desdichada normalidad para entremezclarla en el relato fantástico), Déjame entrar se sitúa en línea recta hacia el corazón. Un camino, no obstante, oscuro y cavernoso, que deja entrever lo mejor y lo peor de nuestra condición como seres humanos… en confrontación con lo diferente, quizás lo más puro. Una pureza representada en la juventud de los dos niños protagonistas, solitarios y aislados de la sociedad, cada uno a su manera, pero iguales en el fondo y condenados a encontrarse, unidos a perpetuidad en almas semejantes ahuyentadas del mundo, no comprendidos, no comprensores; deseosos de escapar a un sitio mejor y alejarse de la fea realidad que les rodea. Oskar se encierra en su habitación y, maltratado por sus compañeros, ansía que éstos chillen como cerdos, cuando coge un cuchillo y los amenaza ficticiamente delante de su reflejo en el cristal; Eli pasaría por una niña como otra cualquiera si no fuera porque necesita alimentarse de la sangre ajena para sobrevivir, y para ello acoge a un hombre a condición de que se la traiga, obligado (en realidad por sí mismo, por la pobreza de su condición) a cometer torpes pero atroces asesinatos, imprescindibles para la vital recolecta de aquélla. El encuentro de estos dos pequeños descarriados se alojará en la naturalidad y propiciará momentos de amistad verdadera, de conversación sincera, de amor puro; una ternura auténtica.

Enmarcado en el gélido ambiente invernal propio de su país escandinavo de origen, el film hace acopio de esa singular naturaleza a través de su pausado ritmo que sirve, no obstante, de perfecto vehículo conductor de una historia basada en la contemplación de la más franca soledad. Sus brotes de violencia nunca son mostrados de manera explícita (en una ejemplar adecuación de los limitados medios de la producción en favor de una puesta en escena comedida), sino que se muestran mayormente ocultos en la planificación, distanciando físicamente al espectador de la crudeza del horror más próximo e indispensable para la supervivencia, aunque no por ello resultan menos desagradables o sugieren una menor inquietud y desasosiego en él, más al contrario; y es que todo se mueve en pos del logro de un terror de tinte romanticista, finalmente consumado.

La inocencia brutalmente rota de Eli

La inocencia brutalmente rota de Eli

Rodada con la virtud del que logra atraer la mirada del espectador guiándole por el sendero de la aparente sencillez, la fotografía de la película resulta impecable para envolver las heladas sensaciones de conjunto, y a la vez para realzar, por contraste, esa pasión latente en el cuerpo de los dos jóvenes enamorados, creándose así una emocionante impresión de belleza. Momentos sublimes hermosamente puntilleados por una melancólica música que ayuda a reforzar la bonita inocencia de la relación.

Regalados quedamos, pues, para la penetración en la raíz fundadora de la pasión, de germen siniestro y ramas endurecidas; para la constatación de la crueldad existencial, justa o no; para el triunfo del espíritu honesto, sea cual fuere su condición; para el ensalzamiento de lo diferente, de lo verdadero de espíritu. Un hermoso y a la vez terrorífico cuento sobre la representación de aquello que venimos en denominar tristeza. Terriblemente poética.

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