Cuentos de Tokio en Blu-ray

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julio 8, 2013 por Roberto García-Ochoa Peces

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¿Acaso existe algo más elemental que la plasmación del discurrir de nuestra existencia en una pantalla? ¿Enseñar los quehaceres diarios, la rutina habitual, la vida al fin y al cabo, como si no hubiera una cámara detrás? Es una pregunta trampa, ideada en maliciosa inversión respecto a la hondura vital con que el director japonés Yasujiro Ozu imprimía sus realizaciones, en particular esta que nos ocupa, Tokyo Monogatari. En efecto, el lector honesto sabrá reconocer de inmediato la práctica imposibilidad de concretización de la anterior hipótesis: no hay empresa más difícil que ver reflejada la vida en la suave ilusión de esas imágenes en movimiento que venimos en denominar cine.

Sólo los más grandes maestros son capaces de culminar el arte cinematográfico como elevación de lo humano, y Ozu se cuenta entre ellos. A través de su aparente sencillez, sublima los sentimientos que exhalan sus personajes para convertirlos en semejantes de carne y hueso, perfectamente palpables a nuestra comprensión y profundamente emocionantes en su devenir. Con un argumento tan mínimo como el que aquí acontece -una pareja de ancianos abandona su domicilio rural para desplazarse a la gran capital, Tokio, y así encontrarse de nuevo con sus hijos y sus respectivas familias-, el realizador nipón es capaz de extraer todo el jugo a la experiencia vital de sus protagonistas; sencilla y, precisamente por ello, en extremo conmovedora.

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El acercamiento formal que propone para enseñarnos este discurrir de la vida corre en paralelo a esa sencillez que quiere reflejar, y por ello hay una ausencia total de artificio, giro o representación innecesaria de esa realidad; todo está perfectamente ideado y puesto en escena de cara a esgrimir un sentido último en esta historia de relaciones humanas que van más allá del mero parentesco familiar. Sin embargo, la planificación escogida -enraizada en el estatismo y en la contemplación pausada como modo eminente de visionado-, resulta increíblemente compleja de llevar a cabo sin caer en el más absoluto de los ridículos, debido precisamente a la aparente normalidad de su cometido. El resultado ideado hace posicionar la cámara, en una inmensa mayoría de tomas interiores, de modo fijo y situada a medio metro del tatami sobre el que los personajes interactúan, de manera que las palabras (las justas y sabiamente pronunciadas) que estos expresan hagan emerger los sentimientos, los gozos y las penas, de la manera más natural y emocionante posible.

En contraste, los escasos planos exteriores resultan de una gran importancia, y además de transmitir una mayúscula ternura -cabe recordar aquella secuencia donde la anciana expresa sus preocupaciones de futuro a su nieto mientras este juega, aun siendo consciente de que no sabe escucharla; o ese otro bellísimo plano en el que la pareja de ancianos conversa con el horizonte del mar como fondo-, rompen la quietud habitual de las situaciones planteadas a través del movimiento dado por un tren o un barco enmarcados en plano general. El constante e inapelable fluir de nuestra existencia, ocasionalmente alterado, desviado pero imparable al fin.

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Existe un visible aire localista, lógicamente oriental, en toda la ambientación de la cinta. Se pretende reflejar, en primera instancia, el choque cultural y social entre la gran capital y el ambiente rural, para posteriormente, ahondar en los conflictos generacionales y las relaciones familiares mutadas por la formación y el cuidado de nuevas familias y las respectivas ocupaciones laborales. En última instancia, se habla de la muerte y de cómo esta puede hacer cambiar el rumbo y la conciencia de cada cual… o simplemente de erigirse como una etapa más, un mero episodio adicional dentro del carruaje de la vida como infinito ciclo de proles. La grandeza de una cinta como ésta reside en su capacidad de superar ese umbral territorial para erigirse como portadora de la verdad universal sobre la cualidad humana; capaz de distinguir, desde un hondo y sincero sentido de la humildad, las miserias y las virtudes de nuestros semejantes, sin hacer acopio de virulencia ni necesidad de subrayar la expresividad, partiendo de la tranquilidad y el reposo que son herramientas necesarias para encontrar la paz.

El gran misterio de la extracción de la profunda sensibilidad que emana de gestos y actitudes sencillas queda fuera de un tan esforzado como seguramente fútil análisis técnico o meramente cinematográfico del film, y apunta directamente hacia la magia de aquellos que, como Ozu, emanan poesía con cada plano que tienen a bien filmar. Así ocurre en Cuentos de Tokio, indiscutiblemente una de las obras capitales de toda la historia del Séptimo Arte, que todo buen aspirante a convertirse en una mejor persona debería ver.

Portada de las ediciones en DVD y Blu-ray editadas por A Contracorriente Films

Portada de las ediciones en DVD y Blu-ray editadas por A Contracorriente Films

Nota sobre la edición. Redescubrir esta maravillosa joya en las casas de nuestro país viene dado de la mano del sello A Contracorriente Films, con su doble lanzamiento en formato DVD y Blu-ray. Para aquel afortunado poseedor de un reproductor de este último formato, la oportunidad es aun mayor, puesto que se trata de un lanzamiento en primicia y partiendo del mejor máster disponible en HD, lo que permitirá mirar con el mayor detalle visto hasta el momento este cuento indeleble. El disco incluye una pista de sonido con la versión original japonesa así como en su versión doblada al castellano (ambas en el formato Dolby Digital 2.0 DTS HD Master Audio), con la inclusión de subtítulos opcionales en nuestro idioma. La película no viene precisamente sola, y para su mejor comprensión se incluye una breve pieza audiovisual que recuerda el aroma dejado tras su visionado (Cuentos de Ozu), un vídeo-ensayo a cargo de Antonio Santos, escritor y crítico especialista en la obra del realizador japonés, y por último y no menos importante, el largometraje Tokio-Ga, del director alemán Wim Wenders, una suerte de homenaje a las constantes cinematográficas de Ozu que sirve a su vez como aproximación a la idiosincrasia de la capital japonesa, vista con la perspectiva del tiempo. Además, y sólo para la tirada inicial, la caja correspondiente podrá encontrarse con una bonita funda, que ahonda en los elegantes motivos pictóricos realizados para este lanzamiento. Para una mayor información sobre el mismo, consúltese la página de A Contracorriente Films.

Por último, reseñar que no es esta la única película de Ozu lanzada por este sello: paralelamente, ha aparecido otra de sus más destacables realizaciones (He nacido pero…, solamente en DVD), a lo que habrá que sumar la próxima salida, a finales de este mes, de su otra gran obra maestra, Primavera tardía. Todo buen cinéfilo que se precie de serlo se encuentra, sin duda, de enhorabuena.

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