El hijo de Saúl, de László Nemes

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enero 20, 2016 por Roberto García-Ochoa Peces

El hijo de Saúl (Son of Saul) es el temprano acontecimiento cinematográfico de este recién estrenado 2016. La película dirigida por László Nemes es un viaje en primera persona al infierno de los campos de concentración de la Alemania nazi. Una experiencia ejecutada de manera soberbia e inteligente, enseñando al espectador la necesidad de pensar acerca del concepto ético que subyace bajo la representación de la imagen.

Póster de El hijo de Saúl, dirigida por László Nemes

Título original: Saul fia (Son of Saul)

País: Hungría
Año: 2015
Duración: 107 min.
Director: László Nemes
Guión: László Nemes, Clara Royer
Fotografía: Mátyás Erdély
Música: László Melis
Reparto: Géza Röhrig, Chiara D’Anna, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont
Productora: Laokoon Filmgroup / Hungarian National Film Fund
Página webhttp://www.avalon.me/distribucion/catalogo/son-of-saul

 

ÉTICA EN LA ESTÉTICA

Existe un cine de la resistencia. De la lucha contra el olvido, la confrontación al miedo y la denuncia de lo ignominioso. El acto de filmar como un ejercicio de actuación vehemente contra lo establecido, que se libra de ataduras para volar en férrea trayectoria con dirección a la verdad, por más dolorosa, inimaginable e inasumible que esta se pueda vislumbrar. ¿Cuál es el límite en la representación del acto más cruel que el ser humano pueda atreverse siquiera a plantear? El hijo de Saúl responde con plena conciencia y bajo un calculado propósito de estimular nuestro pensamiento frente a unas imágenes de la barbarie traídas directamente de la realidad de un pasado cuya línea roja nunca nos atrevimos a traspasar.

Miembros sonderkommando en El hijo de Saúl, dirigida por László Nemes

El holocausto nazi ha sido llevado en varias ocasiones al cine y existe una amplia bibliografía al respecto para todos los interesados en estudiar el tema en profundidad; y sin embargo ningún ejercicio artístico será suficiente para honrar en su justa medida la memoria de todas las víctimas de la que, sin duda, es la más sonada de las manifestaciones de la sinrazón humana. La película del debutante László Nemes es un acontecimiento. Porque se aproxima a este imposible a través de una afirmación de extrema sensibilidad en la vorágine de la aniquilación, indagando por primera vez en el interior mismo de la barbarie, atreviéndose a inmiscuirse en el epicentro de la terrible maquinaria de muerte que nadie antes se atrevió a enunciar cinematográficamente desde su pútrido corazón, con el único objeto de enaltecer un acto de justicia tan poético en el fondo como suicida en su formación.

Saúl es nuestro héroe. Un húngaro entre otros tantos pobres individuos de diversa nacionalidad, elegido por azar, suerte o fatalidad -no cabe la diferencia en este aberrante contexto- para formar parte de un sonderkommando, formación de prisioneros encargados de los trabajos más lacerantes en los campos de concentración -en este caso la acción se sitúa en el famoso de Auschwitz-Birkenau, donde precisamente uno de estos grupos se rebeló contra las SS, legando para la posteridad algunas fotografías de incineraciones además de manuscritos enterrados en la zona, pruebas irrefutables de la Shoah-, como la limpieza (también de cadáveres) de las cámaras de gas o los crematorios. Solamente él ejercerá como nuestro testigo, el guía único del que nunca nos podremos separar, puesto que sólo él será capaz de albergar una sonrisa al final del camino, pese a las insalvables piedras que recorrió a su paso y que le hacen desembocar en un muro inexpugnable; un destino asumido desde su misma inserción y reclusión en las llamas del Infierno. Saúl encuentra una salvaguarda, y sólo una, a su (último) lugar en el mundo en la figura del cadáver de un niño, que él mismo vio resucitar y volver a perecer. Desde ese mismo instante, su verdadera misión radicará en la salvación de su alma mediante la búsqueda de un entierro en medio del caos. Un acto sencillo y emotivo, diríase que imposible de llevar a efecto, pero que viene a hablar de una plausible escapatoria moral en el reino del Mal.

El rostro del actor Géza Röhrig, protagonista de El hijo de Saúl

Y en torno a este acto de justicia cuasi divina gira El hijo de Saúl, ejerciendo el papel de gancho narrativo (de poderoso e inquietante planteamiento) además del estrictamente parabólico en su desempeño ético-ideológico. Un acto de concentración y suma importancia que merece ser atendido en exclusiva, para lo cual Nemes -ayudante de dirección de Béla Tarr en El hombre de Londres, experto conocedor, por tanto, de los mecanismos de ficción que atañen al seguimiento del cuerpo humano en pos de la consecución de una intriga anexa su cámara al rostro ajado del protagonista (un impecable Géza Röhrig, fiel a su cometido de extrema sobriedad, y seriedad, en el abordaje de su afectado y capital carácter, vehículo de toda la trama) para no desprenderla jamás, salvo en un par de desvíos que sitúan la perspectiva en primera persona y que devienen claves en la conformación del relato. Así, somos plenamente partícipes de su inhumano trabajo en las instancias interiores y sentimos como nuestro el calor, el sufrimiento y el dolor que padece en sus propias carnes, constantemente humillado por los oficiales y despreciado por sus propios compañeros, que no alcanzan a comprender la magnitud del acto simbólico que se ha marcado en su particular hoja de ruta y temen les lleve a todos a la perdición.

El realizador húngaro configura entonces un sobresaliente ejercicio de inmersión cinematográfica, valiente en su puesta en escena y de una consciente complejidad en su desembocadura moral. Todo lo que esté más allá del rostro de nuestro protagonista lo sitúa fuera de foco desde el plano inicial, y así solo intuimos lo que permanece al fondo, con el espanto que supone vislumbrar cuerpos apilados o percibir manchas rojas que los miembros del cuerpo se afanan en eliminar con el fin de dar paso lo antes posible al siguiente grupo de figuras desnudas, prestas a su exterminio. Una sensación de agobio y constricción apuntalada desde la manera de concebir el formato de exhibición: un cuadrado 1.37:1 que termina de despreciar los márgenes para concentrarse en lo esencial. Y donde el aspecto sonoro pretende reforzarse desde esta opción. Porque el chirriar de los portones, el repiquetear de los martillos y las paladas de tierra, y los gritos del desconcierto y la desaparición resultan sencillamente sobrecogedores cuando se conjugan con la obligada frialdad del rostro humano reconvertido en testigo mudo, verdadero autómata de la expiación.

Géza Röhrig, en una imagen de El hijo de Saúl

El hijo de Saúl se atreve a responder a la pregunta planteada al inicio aplicando una enseñanza básica en el seno del desempeño artístico: toda imagen lleva aparejada de manera insoslayable una ética, y es por eso que apuesta por una estética radical, a la altura de la escandalosa barbarie de las imágenes que subyacen en su representación, resultando su impacto aún más desolador pese a la negación de su explicitud. Una auténtica celebración cinematográfica que impele al buen uso de la razón humana y obliga a agudizar los sentidos de nuestra experiencia como hombres con el fin de no repetir la peor de nuestras experiencias en la Historia. Para que no olvidemos que siempre podemos hallar una brizna de luz sepultada bajo la inmensidad de la más desoladora oscuridad.

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