El recuerdo de Marnie, de Hiromasa Yonebayashi

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marzo 21, 2016 por Roberto García-Ochoa Peces

El cuento de la princesa Kaguya (de Isao Takahata) y El recuerdo de Marnie, dirigida por Hiromasa Yonebayashi y nominada al Oscar a mejor largometraje de animación, marcan los estrenos españoles de la semana pasada. Feliz coincidencia del estudio Ghibli que nos hace prestar atención a la última película del director de Arrietty y el mundo de los diminutos, una obra rica en su trazo animado y compleja en su definición, que habla de la amistad y de la superación de traumas infantiles.

 
Cartel de El recuerdo de Marnie, dirigida por Hiromasa Yonebayashi

Título original: Omoide no Mânî
País: Japón
Año: 2014
Duración: 103 min.
Director: Hiromasa Yonebayashi
Guión: Hiromasa Yonebayashi, Keiko Niwa, Masashi Ando y David Freedman (sobre la novela Cuando Marnie estuvo allí, de Joan G. Robinson
Dirección de arte: Yohei Taneda
Música: Takatsugu Muramatsu
Género: Animación / Drama
Productora: Studio Ghibli, Toho Company y otros


 

LA DELICADEZA MÁS ALLÁ DEL TRAZO

En estos días de movimiento constante, urgencia, confrontación y, en general, falta de tacto y, sobre todo, comprensión pese a la diferencia con nuestros semejantes que estamos viviendo, son de agradecer propuestas como las de la última producción del estudio Ghibli, El recuerdo de Marnie. Un absoluto remanso de paz y sensibilidad profundamente humanista con los que alejarse, por un momento, del mundanal ruido y volver a sonsacar esa ilusión infantil que siempre debiera retornar, capaz de iluminar nuestros rostros (y nuestro pensamiento) frente a la inicial pantalla negra.

Una imagen de El recuerdo de Marnie, con la protagonista frente al lago

Una pantalla que pronto se coloreará bajo los preciosos y clarividentes trazos característicos del estudio, en esta ocasión bajo la batuta de Hiromasa Yonebayashi, en lo que supone la segunda película del autor de Arrietty y el mundo de los diminutos (2010). Y eso a pesar de que la secuencia inicial destila pesadumbre por todo el encuadre, cuando nos encontramos frente a Anna, la joven de doce años y protagonista de este cuento (basado en el libro juvenil When Marnie Was There, de la escritora británica Joan G. Robinson) dictando un monólogo interior acerca de su pertenencia a un “círculo exterior” frente a aquel interior en el que se mueve el resto de niños que tiene enfrente jugando en el patio del colegio, todo ello mientras termina de pintar -en un lánguido blanco y negro- una lámina de su cuaderno que refleje la escena. La causa de esta terrible depresión radica en el propio (re)conocimiento, y no superación, de su condición de niña adoptada, lo que le provoca una profunda desgana vital que, a su vez, desencadena en ella una serie de reflexiones (como la anterior) más propias de un adulto asentado en el mundo.

Con el objeto de su recuperación es enviada a casa de sus tíos, que residen en una alejada y pequeña población campera, situada junto a un lago. Un soplo de aire fresco inundado de tranquilidad y buenas costumbres, auténtica comunión con la naturaleza en cuyo seno se desatará un improvisado misterio nacido de un viejo edificio del lugar. El relato cambia entonces su dinámica realista para ofrecer insertos imaginarios que bien pueden revelarse iluminadores como de índole pesadillesco, pero que en cualquier caso tienen la virtud de entremezclarse en lo que supone una fina capa de transición, lo que unido a la estampa mágica de las imágenes y al sumo respeto por el tempo y el costumbrismo japonés conforma una narrativa tan sutil como rica en detalles, que subyuga a partir de la tranquilidad de sus formas pero que esconde un mensaje de extrema complejidad y resolución; pese a todo lo cual somos capaces de vislumbrar la paz que nos espera al fondo del camino.

Una imagen de El recuerdo de Marnie, con nuestra protagonista y su "amiga", Marnie

El tema capital que transluce bajo las cuidadas composiciones visuales -tendentes al plano general que deja reposar la mirada y apunta la importancia del enclave exterior, en constante y relajante contraposición al volcánico interior que emana de los primeros planos de la protagonista- es el de la amistad. Una amiga inesperada (la Marnie del título) como compañera eterna con la que paliar las penas propias e, incluso, las ajenas, siempre siguiendo el cauce natural de las relaciones humanas basadas en el descubrimiento, la confrontación y el aprendizaje de nuestro acompañante, con independiencia de su condición o procedencia. He ahí la naturalidad, no siempre sencilla de comprender pero directa a las entrañas de nuestra condición como seres humanos, que hace volar a esta película de la misma manera que uno de tantos pájaros que en ella se muestran emprende el vuelo para ser capturado en el frame de la misma, o bien en el interior del lienzo en que otro de los personajes -uno de tantos que parece pasajero o secundario y termina erigiéndose capital; la suma de los individuos que confirman el milagro de una sociedad- se afana en pintar la incólume belleza de la escena. Y es a partir de confrontar esta belleza, que todo lo inunda, contra el miedo al fracaso, y la asunción de la diferencia a raíz de una sensibilidad especial, del escapismo imaginario y sin embargo vertebrado sobre la fea realidad, como termina por emerger la victoria contra el trauma; lo que hace crecer como persona a este pequeño y frágil ser, hasta convertirlo de plano en una persona precozmente adulta.

Sería una pena que el estudio Ghibli dejase de producir obras de la cualidad humana y artística que ofrece El recuerdo de Marnie, que seguramente no se cuente entre las más destacadas (tampoco entre las menos) de cuantas ha creado la marca fundada por Isao Takahata y Hayao Miyazaki, pero sí como el último ejemplo, de nuevo extraordinariamente lúcido, de la capacidad para ilusionar y hacer aprender a niños y, sobre todo, adultos, particularmente a todos aquellos que hemos nacido en el seno de la abundancia y la emergencia propias del mundo occidental. Esperemos que su coincidencia en la fecha de estreno, por estos lares, con El cuento de la princesa Kaguya (canto del cisne del mencionado maestro Takahata) no suponga la confirmación de lo que supondría un terrible atentado contra la cultura global: el final de una etapa en el estudio de animación japonés más universal.

Una imagen de El recuerdo de Marnie, dirigida por Hiromasa Yonebayashi

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