La bruja (The VVitch: A New-England Folktale), de Robert Eggers

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mayo 18, 2016 por Roberto García-Ochoa Peces

La bruja (The VVitch: A New-England Folktale) es el sorprendente largometraje de debut del realizador Robert Eggers. Con tan solo un cortometraje en su haber, este director nacido en Nueva Inglaterra (lugar donde se ubica la acción de la cinta) ha logrado captar la atención de medio mundo. Su premio a la mejor dirección en el festival de Sundance 2015 atestigua la inmaculada capacidad compositiva, generadora de auténticos escalofríos, que tiene en su haber, y que resulta más propia de un director experimentado.

 
Póster original de La bruja

Título original: The VVitch: A New-England Folktale

País: EE.UU. / Canadá / Reino Unido / Brasil
Año: 2015
Duración: 90 min.
Director: Robert Eggers
Guión: Robert Eggers
Fotografía: Jarin Blaschke
Música: Mark Korven
Montaje: Louise Ford
Reparto: Ralph Ineson, Kate Dickie, Anya Taylor-Joy, Harvey Scrimshaw, Ellie Grainger, Lucas Dawson, Julian Richings, Bathsheba Garnett, Sarah

Página web: http://thewitch-movie.com/

 

EL MIEDO COMO ENGENDRO DEL MAL

Sorprende ver la notable hechura de las imágenes concebidas por un debutante en el largometraje como Robert Eggers; aunque puede que no tanto toda vez apuntaba una poderosa capa de sugestión en su cortometraje  The Tell-Tale Heart (2008), basado en el relato homónimo de Edgar Allan Poe (uno de los más claros influentes literarios de toda su obra). Sea como fuere, resulta indudable la capacidad de este joven de Nueva Inglaterra, formado en dirección teatral y en el diseño artístico, para insuflar una suerte de poesía de la decadencia, de misterio inaprensible, de desoladora verdad, a los planos que componen su extraordinaria The Witch. No es de extrañar, por tanto, su insospechado triunfo en Sundance 2015, donde se alzó con el premio a la mejor dirección.

Una imagen de La bruja, de Robert Eggers

La historia de la brujería está repleta de supersticiones y creencias populares, la mayoría de las cuales radicadas en el miedo y sustentadas bajo su enraizamiento con el yugo religioso, reconvertidas, por orden divina, en una lacra a extinguir de la faz de la tierra. De hecho, es en la facción más cultivada de la fábrica ideológica de la Iglesia donde nace “El martillo de las brujas”, un volumen datado en 1487 y escrito por los frailes Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, que supuso la punta de lanza de la Santa Inquisición. Y en torno a esta aureola de malditismo, de corrupción moral -¿espiritual?-, generadora de un miedo irracional y promotora de su libre movimiento a nuestro alrededor, se configura la película de Eggers (asimismo escrita por él y ambientada en el siglo XVII, con la llegada de los primeros colonos ingleses a la costa oeste de EE.UU.; el pueblo del que desciende). La irrupción del mal más absoluto, incorpóreo y de efecto devastador, se produce en el seno de una familia empobrecida, que es expulsada de la comunidad que acoge a sus miembros –el cabeza de familia, su mujer y sus cinco hijos, el más pequeño un bebé con apenas unas semanas de vida–, viéndose obligados a subsistir a duras penas a través de la caza o los cultivos propios, apartados de cualquier signo de civilización y bien próximos a un frondoso bosque en su nueva ubicación.

No existen certezas en la puntuación fantástica que alberga el relato, sabiamente dispersa a lo largo del metraje; porque no hay verdades absolutas en la manifestación de lo pretérito, en la sublimación de lo arcano, de la decadencia atávica que ondea sobre el grupo de (desgraciados) personajes que preside el relato, y que van a sufrir una desorientación paulatina e incremental, hasta topar con la inmisericorde desaparición que el destino les tiene reservados. Por eso algunos de los planos más escalofriantes –acaso la mejor palabra que define los momentos punteros de la obra– se muestran en off, y solo se deja entrever la cualidad espantosa de lo representado bajo una iluminación débil, transformada en la inocente apariencia de animales reconocibles dentro de la imaginería satánica o, sencillamente, enfocando sus desvaídas y crueles formas de espaldas: la única manera que tiene la cámara de hacer frente al reto de su improbable puesta en imágenes. O acaso visibilizando de soslayo las fatales consecuencias de su acción –la desaparición y exterminio de un ser inocente; un huevo que aloja una  pequeña forma de vida, muerta de antemano; un perro masacrado, con las tripas al descubierto y aún humeantes; unas cabras destrozadas que yacen en el suelo del corral doméstico;…–, situándose así, en su justa medida, el inasible poder de su invisibilidad.

Una imagen de La bruja, de Robert Eggers

El ritmo es conscientemente moroso y posibilita la inmersión del vidente en los horrores planteados; como si nuestra penitencia consistiera en la lenta pero irrefrenable contaminación del proceso de descomposición humana al que se ve condenado el grupo. Unas relaciones que se rompen sin que ni siquiera tengan tiempo de asumirlo ni alcancen a comprender la razón oculta de su desencadenamiento, pero que multiplica y acelera su enfrentamiento interno, acrecentando la irracional necesidad de culpabilizar al prójimo, de atender la superchería, de expiar los pecados a través de la amenaza del poderoso –la voz ominosa y omnipotente, representada aquí mediante William (Ralph Ineson), el padre, y la constante lucha de poder que le enfrenta a Katherin, su mujer (Kate Dickie), en pos del control de sus vástagos, sobre todo de la díscola y siempre cuestionada Thomasin (Anya Taylor-Joy); siempre bajo los designios de una inquebrantable fe cristiana–. Un caldo de cultivo que bebe directamente de los conflictos (familiares y espirituales) que ya planteara el genial realizador danés Carl Theodor Dreyer en Ordet (1955), sin duda uno de sus más fidedignos referentes no solo en lo temático, sino también en los modos –parcos, austeros, sencillos pero igualmente determinados y extraordinariamente férreos– a la hora de transmitir naturalismo, veracidad y hondura en la pantalla.

Pero la puesta en escena de la película, acrecentada en todo momento por el honroso trabajo que ofrece el esforzado y anónimo reparto, va mucho más allá de lo convencional y abraza una palpable tenebrosidad que emparenta gran parte de sus estudiadas composiciones con motivos pictóricos reconocibles en la obra de Francisco de Goya –en concreto su acongojante serie de pinturas negras, aquí transmutadas en esos oscuros planos interiores de la bruja devorando seres–; o a través de planos exteriores como los que se fijan en las inertes ramas grisáceas –que se enredan y confunden hasta donde alcanza la mirada, nublándola por completo–; o bien en aquellos generales que pretenden cuantificar la pequeñez de los protagonistas frente a la misteriosa grandiosidad del paraje natural que les circunda. Lo anterior entremezclado con los recurrentes pasajes musicales obra de Mark Korven (unas notas en su mayoría sustentadas sobre instrumentos de cuerda que bien podrían inspirarse en György Ligeti, o en las disonancias electróacústicas de compositores más jóvenes pero de producción igualmente inquietante, como Stephen O’Malley), permiten dotar al conjunto de una inquietante sensación de terror sostenido, incremental y fatalmente irrompible.

Una imagen de La bruja, de Robert Eggers

La bruja, o The VVitch: A New-England Folktale –título original y, como siempre, más completo y clarificador de la película– es una obra de género fantástico con una clara lectura anclada en lo social y embaucada de las siniestras formas que brinda el cine religioso (o satánico). Una realización que desprende un gustoso y, al mismo tiempo, pútrido olor a clásico –por el profundo conocimiento que desprende el director a través de la vigorosa puesta en escena de sus imágenes, y la inteligente manera que tiene de asimilar sus múltiples y bien traídos referentes–, y que supone una estimulante novedad dentro del panorama cinematográfico actual, no ya de este año, sino del presente siglo, sobresaliendo, claro está, muy por encima del resto de medianías que se ofertan en la cartelera. Por último, también viene a hablar de la fortaleza creativa que, bien canalizada, demuestran albergar los jóvenes creadores, lo que redunda en el esperanzador porvenir del cine de género a escala mundial. Ha nacido un nuevo talento artístico al que habrá que seguir muy de cerca de ahora en adelante; su nombre: Robert Eggers.

El mal te mira de frente en La bruja, de Robert Eggers

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