Alien: Covenant, de Ridley Scott

mayo 15, 2017 por Roberto García-Ochoa Peces

Alien: Covenant regresa la monstruosa figura del xenomorfo a la gran pantalla y lo hace de la mano de su creador original, Ridley Scott. Sin embargo,  antes que una continuación del filme anterior, Prometheus (2012), parece un mix de toda la saga, y aun reservando imágenes de gran potencia carece de la originalidad y el discurso individual de las anteriores.

 
Póster de Alien: Covenant

TÓTUM REVOLÚTUM

La nueva entrega de la saga Alien, la sexta ya, continúa la historia donde la dejó Prometheus. En esta, su director Ridley Scott proponía, treinta y tres años después, un retorno al universo del monstruo cinematográfico que tanta fama le brindó -con permiso de los replicantes-, aunque aproximándose desde un un punto de vista tangencial, que se alejaba de la espectacularidad habitual para forjarse en un tono mucho más discursivo y que pretendía explicar los orígenes de esta mitología fílmica artísticamente deudora de los retorcidos diseños del genial H.R. Giger, a su vez inspirado en las inasibles creaciones del no menos lúcido H.P. Lovecraft. Sin embargo, el arco argumental no se presentaba novedoso y seguía los patrones marcados ya en la cinta original: un grupo de científicos se aventura en lo más profundo del espacio hacia la llamada de un planeta remoto, tocados por la fatal curiosidad. Cuestión que se repite en Alien: Covenant.

El alien adulto en Alien: Covenant

Y es ahí, precisamente, donde reside el mayor problema de este retorno al universo de los xenomorfos. Aunque se presente como continuación de la saga, tanto su ideación como su representación final se manifiestan mermadas por el mordisco propio, extrayendo ideas de aquí y allá dentro de la propia serie y masticándolas sin mayor degustación, provocando como resultado un mejunje de difícil digestión, no ya por la cualidad de la ingesta en sí, sino por la sensación de pobre repetición de ingredientes. Una suerte de automutilación que habla a las claras de lo innecesario del envite, toda vez vista la increíble escasez de ideas nuevas que ofrecer a ese público ávido de sensaciones terroríficas, que no obstante consumirá el producto con apasionada fruición. Se trata, sin duda, de un mecanismo de explotación comercial hecho a la medida del público joven que ahora descubre la saga, el último ejemplo de la interminable lista de recuperaciones del glorioso pasado ante los fallos de engranaje cerebral de la maquinaria hollywoodiense, que vivirá un nuevo y esperado capítulo este mismo año con Blade Runner 2049, de nuevo situando a Scott en el foco de la vorágine.

Cuerpo explosionado por un alien en Alien: Covenant

Si en Prometheus se apostaba por una vuelta de tuerca a la historia original donde los alienígenas apenas apareciesen en pantalla, en Alien: Covenant ocurre justamente lo contrario. Una vez transcurrida la consabida introducción de personajes en la nave, no tardarán demasiado en hacer su aparición -de un modo harto virulento además, patrón que presidirá toda la cinta-, convirtiéndola, de paso, en una de las más gore de la serie. Esas secuencias, sobre todo las primeras, en las que los bichos explosionan el cuerpo de sus huéspedes contaminados e irrumpen en pantalla justificando su terrorífica formación física, conforman algunos de los mejores momentos de la película, donde la violencia inherente a su naturaleza y la cinética propia del cine se aúnan en un todo aprovechado (y provechoso). Empero, la (re)utilización posterior de la criatura en su forma adulta se antoja cansina y particularmente increíble en el tramo final, culminación del tótum revolútum que constata el sentido exploit del filme.

Algunos de los personajes logran dar con la clave del asunto. El más importante de todos, Walter (y David), vuelve a funcionar de manera impecable, ofreciendo la empatía, el dinamismo y la conducción de la mecánica interna del relato; es el ejemplo de un buen reaprovechamiento de ideas -su personaje no es sino un remedo perfeccionado de Ash, que interpretase Ian Holm en la película original-, que se magnifica gracias a la soberbia encarnación del alemán Michael Fassbender, otra vez en estado de gracia a la hora de hacernos confundir su piel humana con la de un androide maquinal, incluso en erigirse como una terrorífica deidad reinante en un ambiente demolido. Situada en el extremo opuesto, la nueva heroína, la teniente Daniels, interpretada por Katherine Waterston. Su papel va creciendo en importancia en paralelo al desarrollo del metraje, hasta quedar meridianamente expuesto que se trata de la sustituta de Ripley. El problema es que, más allá de su capacidad actoral (y bonita percha), a esta joven de origen londinense el traje aún le queda demasiado grande como para llevar a cabo semejante desempeño; tanto es así que, incluso quitándoselo -en una mimetización que consigue rozar lo insultante-, consigue realzar aún más el agravio comparativo. Así, los pucheros y sollozos desfallecen y avergüenzan frente a la rudeza y hombría originales de Sigourney Weaver. Y es que la cualidad mitológica del héroe no debe tomarse a la ligera, y menos aún en el imaginario del cine, tan dado a exponerlo de manera confusa y altruista.

Katherine Waterston como la teniente Daniels

Alien: Covenant sirve como elocuente ejercicio de (re)lectura de la propia obra de Ridley Scott. A nivel temático y narrativo parece agotada, fruto de la repetición de unos patrones y lugares comunes de indudable potencia material, aunque ya suficientemente enquistados en el imaginario del espectador desde el film original como para que sus nuevas imágenes, de signo imitativo y carentes de un mínimo reposo o desarrollo en el seno de su intrahistoria científico-fantástica, puedan albergar mayor importancia o interés. En cuanto a la arquitectura que se aprecia al fondo de esas imágenes, sigue resultando atractiva y  ofrece una profunda capa de motivos eminentemente góticos y ancestrales, bajo la que subyace una demoledora lectura sobre el universo del creador y la suerte de sus criaturas -véase ese anfiteatro erigido en las sombras, con figuras petrificadas a cada paso, puerta de acceso a la casa del demiurgo-, pero en este caso aparece tan solo sugerida, sepultada bajo el ruidoso aparato de la convencionalidad y el avance rápido, en una mixtura imposible de la acción de Aliens y el discurso de Prometheus.

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