Déjame salir (Get Out), de Jordan Peele

mayo 29, 2017 por Roberto García-Ochoa Peces

Déjame salir (Get Out) supone el estupendo e inquietante debut del actor Jordan Peele, el último ciudadano norteamericano de raza negra dispuesto a exponer una lacra histórica que todavía hoy permanece enquistada en ciertos sectores conservadores de la sociedad. Una fantástica vuelta de tuerca al asunto, no exenta de un humor descarnado.

 
Póster de Déjame salir (Get Out), de Jordan Peele

RACISMO PASMADO

En pleno siglo XXI hay negros que parecen querer seguir batallando acerca del siempre peliagudo tema del racismo, levantando la voz convencidos de que la cuestión de la igualdad racial aún no se ha asumido plenamente en determinados sectores de la sociedad. El más importante de todos ellos en la historia reciente ha sido, sin duda, Barack Obama, no tanto por sus medidas políticas en este sentido -que han ido antes por otros derroteros, si bien manteniendo la mirada en el ámbito social- como por el golpe de efecto que significó su elección entre la ciudadanía norteamericana, foco histórico de la discriminación racial. El actor (y ahora, también realizador) estadounidense Jordan Peele conoce bien esta coyuntura, y de hecho, dentro de sus numerosas interpretaciones para la televisión de su país, ha encarnado en varias ocasiones al anterior.

Todo esto viene a hablar del grado de compromiso moral que adquiere el director a la hora de encarar la historia de su ópera prima, que él mismo se encarga de guionizar; una cuestión que debiera plantearse inexcusable en cualquier caso, pero que aquí se potencia por una cuestión de raigambre personal, sentimental incluso. No es difícil adivinar que el joven protagonista funcione a modo de trasunto del propio Peele, quien armado con la voz de la experiencia -es de madre blanca y padre negro, como la relación sentimental que establece Chris (Daniel Kaluuya), su personaje en la ficción, con la tersa y, en apariencia, impecable Rose Armitage (Allison Williams)- plantea un discurso no por duro menos recurrente al tic humorístico y el sarcasmo soliviantador, sabedor que, sin ellos, su (extrema) gravedad y necesaria reiteración correría el riesgo de perder fuelle o quedar desacreditado de antemano. Precisamente por eso son numerosas las pistas que va dispersando a lo largo de la narración, de tal manera que el desenlace quizás no resulte del todo sorprendente, pero sí se antoja justificado en su motivación.

Una imagen de Déjame salir (Get Out), dirigida por Jordan Peele

No obstante, el principal valor de este film de configuración indie que ha colado su doloroso mensaje entre el público mainstream, reside en la vigorosa manera en que Peele es capaz de transformar, de forma paulatina e irrefrenable, la normalidad en terror o, mejor aún, en chocante incomprensión momentánea, visible a través de gestos o miradas que no son sino chispazos de una genialidad tan extraña como amorfa. Como si el fantástico de David Cronenberg asomara en la pantalla y no se atreviera a explotar, prefiriendo mantenerse recluido en el interior de los cuerpos de los personajes mientras estos le guiñan el ojo al espectador en pétrea complicidad, con el fin de no reventar la (rara) naturalidad que en todo momento ha presidido el relato. Es por eso que el acusado cambio de ritmo de su tramo final, abundante en carreras y aceleración (y que incluso cuenta con un incomprensible asomo de gore), aunque esperable en su retórica interna sobre el proceso de liberación (corporal y espiritual) que está teniendo lugar, desnivela la propuesta y la acerca a su apartado menos cáustico y valiente.

En una historia de estas características se antoja clave la capacidad de interacción por parte del reparto, y es de recibo destacar la labor de la fantástica troupe de actores de color y, cómo no, la de la mencionada pareja protagonista, si bien el personaje de Rose adolezca también de un cambio de temperamento demasiado brusco. Sin embargo, este sirve para ofrecer, a su vez, una lectura sobre la naturaleza despiadada de un conjunto importante de la sociedad, la más acomodada dentro de ese nebuloso concepto que se ha venido en denominar “bienestar”, que se ampara en sus falsos buenos modales para acoger al prójimo, mientras esconde una mentalidad retrógrada y proteccionista en su seno, peligrosa y extraordinariamente violenta cuando llegue el momento de salir a la superficie. Son excelentes, en este sentido, las secuencias de hipnosis, que visualizan (y acompasan rítmicamente) la caída en ese agujero negro y sin aparente fondo que supone el secuestro de la personalidad. El fantástico introducido sin remisión por las venas de la normalidad, como un virus del que no es posible protegerse pero que envenena y anula progresivamente la capacidad del individuo.

La sirvienta de Déjame salir (Get Out), dirigida por Jordan Peele

Déjame salir incide en una temática ya agotada desde hace tiempo que, sin embargo, es capaz de volver a encarar con una frescura, entusiasmo, convencimiento y buen hacer que ya quisieran para sí la mayor parte de las producciones contemporáneas paridas al amparo de la gran maquinaria hollywoodiense. Dista de ser una cinta redonda y se observa irregular en su cosido final, pero la inventiva visual con que nos deleita su novel realizador en determinadas secuencias, su capacidad para ofrecer momentos de auténtico pasmo cinematográfico con el objeto de incrementar la tensión interna de su relato, iluminan el camino a seguir y nos recuerdan que aún queda mucho camino por recorrer. Bendito paseo cuando se transita con un colega capaz de reírse de los complejos que ha arrastrado la sociedad que nos rodea, sin miedo a darle una inquietante vuelta de tuerca a su comentario jocoso.

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