Recibida en EE.UU. con amplio entusiasmo, poco menos que catalogada como clásico instantáneo del terror moderno, el próximo viernes 2 de agosto llega a la cartelera española Longlegs, cuarto largometraje dirigido por Oz Perkins -en efecto, hijo del famoso Anthony y que, de hecho, apareciera por primera vez en el cine interpretando a un joven Norman Bates en Psicosis 2 (1983)- tras una longeva carrera como intérprete en papeles no muy destacados. Un relato harto duro, concebido bajo una atmósfera que se respira insana y que gira en torno a la investigación, por parte de un miembro novato del FBI (Maika Monroe), de una serie de asesinatos en masa de tintes ritualísticos…

País: Canadá, EE.UU.
Año: 2024
Estreno: 2-8-2024
Duración: 101 min.
Director: Oz Perkins
Guion: Oz Perkins
Fotografía: Andres Arochi
Música: Elvis Perkins (como Zilgi)
Intérpretes: Maika Monroe, Nicolas Cage, Blair Underwood, Alicia Witt, Michelle Choi-Lee
Género: thriller criminal, investigación de asesino en serie
Productora: C2 Motion Picture Group, Oddfellows Entertainment, Range Media Partners
SATANISMO POP
Resulta complicado hablar de Longlegs, probablemente la cinta-sensación en lo que a cine de terror se refiere, no ya en este verano, sino en todo el 2024, sin revelar detalles de la trama, porque su realizador y guionista, Oz Perkins, ha decidido trufar de giros y sorpresas clave su retorcido -que no complicado, ni tampoco complejo- relato, apostando a la revelación envenenada buena parte de su efectismo. Pero me mantendré fiel a la norma, más aún habiendo tenido la oportunidad de visionaria por adelantado al estreno oficial (merced al preestreno organizado por Aeterna Madrid) y, por tanto, publicar estas líneas antes de que el potencial lector disponga de ella en la cartelera de su ciudad. Planearé, pues, sobre los temas que plantea sin adentrarme en profundidad en sus vericuetos; exactamente tal y como procede Perkins.
De hecho lo ideal, como casi siempre, sería que el espectador acudiera virgen a la sala. Pero dado que esta es una cuestión en verdad complicada en estos tiempos de sobreinformación que nos ha tocado vivir, comenzaré sacando tajada de Nicolas Cage. Figura en los créditos, así que su alusión no debiera suponer sorpresa alguna. El sobresalto llegará cuando haga acto de presencia, al poco de iniciarse el metraje, presentándose ante una niña como Longlegs bajo una caracterización que oscila -en un punto a escoger por el respetable- entre lo grotesco, lo tétrico y lo paródico. Casi irreconocible bajo un cuidado y blanquecino maquillaje facial, no será el conductor de la película, pero sí su desencadenante e impulsor principal de los terribles hechos narrados, y si bien todas sus apariciones resultan acongojantes y, en buena medida, provoquen el pretendido efecto de asco, rechazo e incomprensión hacia semejante figura weird emergida de las cloacas de la América Profunda, se trata de un rol en el borde mismo del ridículo (y que, a buen seguro, desencadenará no pocos memes online).

Esta posible -la cinta solo enuncia, nunca resuelve- (re)encarnación del MAL se recluye en su habitación, decorada con pósters de la portada del disco Transformer (1972), de Lou Reed, y, sobre todo, con la imagen de Marc Bolan, guitarrista, vocalista y líder del grupo de glam rock T. Rex, que se repite en varios momentos y de cuyas composiciones musicales nacen varias líneas de diálogo que canta o recita el autoasumido monstruo del filme. Son estas solo unas muestras de las muchas alusiones que realiza su máximo responsable a la contracultura de los setenta, época verdaderamente convulsa de la historia de Estados Unidos que nutre las venas de Longlegs hasta el punto de hacer de este una suerte de remedo de su ogro mayor, Charles Manson; un maníaco dotado de una extraordinaria inteligencia y, probablemente, algún don mágico -inasible, e invisible, al común de los mortales- que emplease para manipular a sus semejantes, más débiles mentalmente, hasta el punto de convertirlos en asesinos acólitos.
De hecho, bien cabe traer a colación a otro mediático paria de los noventa (época en que se ambienta el filme), quien, a su vez, en su alias se apropiaba con sorna de apellidos pop célebres para una praxis musical de dudosa reputación moral: Marilyn Manson. La mezcla de grand guignol en su puesta en escena junto con los violentos guitarrazos de glam industrial con que desafiaba al público que acudía a sus controvertidos conciertos le emparentan, vía la evidente referencia antes descrita, a los exasperantes momentos de aparición del personaje de Cage, en bastantes ocasiones auspiciados por una estridencia de índole metálica en la banda de sonido. Fiel ejercicio de un satanismo falsario, radicado en sacudir las ramas mediáticas y en recoger, bajo una sonrisa cómplice, los frutos de una provocación burda.

De este modo, nuestros ojos y empatía van a ir de la mano de la protagonista, Lee Harker (Maika Monroe), una agente novata perteneciente al cuerpo del FBI que va a tratar de resolver el sangriento puzzle que aquel ha sembrado a su alrededor, procediendo con no poco ahínco y un visible desasosiego que, esta vez sí, se traslada de manera fiel al respetable que la acompaña, temeroso del oscuro destino que propiciará su siguiente paso. En su errático y, sin embargo, determinado deambular radican algunos de los mejores momentos de la cinta, cuando esa atmósfera de opresión y miedo que se siente muy cercana se haga patente, merced asimismo al destacable trabajo fotográfico, de texturas frías, ominosas y paulatinamente enrojecidas, con que lo ilustra Andrés Arochi.

Empero, dicha sensación de erratismo se traslada también a la propia narración, incluso desde ese mismo apartado fotográfico, donde se juega con el orden de los formatos cuadrado y panorámico con cierta intención, pero resultado incierto (o, cuando menos, improductivo, si no sencillamente irrelevante para con el objeto subrayado). Además, y observada en su totalidad, el abuso de los fogonazos con insertos chocantes y el uso del flashback explicativo se antojan recursos demasiado elementales, y vienen a poner de manifiesto la excesiva cantidad de temas expuestos sin manejo alguno, que se cierran sin haberse siquiera llegado a explorar, cuando de hecho son substanciales.

Perkins juega con muchos (y muy buenos) referentes, siendo los más patentes El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y Se7en (David Fincher, 1995), pero su desmesura y ambición en el terreno expositivo, que sin duda depara momentos para el recuerdo, se hace pedazos en su conducción narrativa y en escasos momentos casa con cierto aire discursivo que se asoma a lo largo de este, no obstante, muy entretenido y escueto (que no contenido) thriller criminal.

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