Este pasado fin de semana ha llegado a la cartelera Misericordia, séptimo largometraje dirigido por el veterano Alain Guiraudie, que se alzó con la Espiga de Oro a la mejor película y el premio al mejor guion en la última Seminci de Valladolid. Puede catalogarse como thriller rural, pero eso conllevaría una visión extraordinariamente reduccionista de esta maravillosa película que explora una larga lista de pulsiones humanas que van a encontrarse, aun presididas por un aire de irrealidad, de manera fatalista y cómica a un mismo tiempo, en el seno de una pequeña población rural francesa. No se la pierdan.

País: Francia, España, Portugal
Título original: Miséricorde
Año: 2024
Estreno: 21-3-2025
Duración: 102 min.
Director: Alain Guiraudie
Guion: Alain Guiraudie
Fotografía: Claire Mathon
Música: Marc Verdaguer
Intérpretes: Félix Kysyl, Catherine Frot, Jean-Baptiste Durand, Jacques Develay, David Ayala
Género: cine criminal rural
Productora: CG Cinéma, Arte France Cinéma, Scala Films, Rosa Filmes, Andregraun Films
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El séptimo largometraje dirigido por Alain Guiraudie es una propuesta harto estimulante e inteligente, que atraviesa géneros en su afán de realizar un fresco humano en el seno de una pequeña población rural del interior de su país, movida a partir de un elemento mínimo que sirve para poner al descubierto una serie de profundas y alargadas raíces temáticas. El retorno –el eterno retorno…– de un joven nacido en el pueblo con la excusa del funeral de su antiguo jefe, el panadero del lugar, no es sino el motor de arranque de una motosierra de sentimientos encontrados (y enconados) que va a acabar como el rosario de la aurora. Pero, conocedores del especial y delicado trazo que acostumbra a imprimir Guiraudie a su obra, no podemos esperar que asome ningún sosias de Leatherface por aquí. Y sin embargo el monstruo sale a relucir. Aunque su psicología no sea, a priori, sencilla de descifrar.

La película se abre con un largo plano secuencia que retrata la llegada del joven protagonista en coche, filmado en primera persona. Las cartas están bocarriba: la identificación y la empatía por parte del espectador ya están ganadas. Más aún cuando su recibimiento por parte del hijo del recién fallecido se demuestre tan distante; todo lo contrario que el de su madre, nueva viuda. El cineasta francés –firmante, asimismo, del guion– solo ha necesitado de cinco minutos para disponer las claves de lo que está por venir. La maestría de la concisión. Si lo que sigue resulta tan interesante es porque, aun explorando asuntos de la gravedad de la muerte, el duelo (o la ausencia del mismo), el crimen, la fe (o el cuestionamiento de su compromiso), la homosexualidad (reprimida), la pulsión sexual o el amor (verdadero), es capaz de atravesarlos recorriendo una línea que se antoja débil, pero que a su fin se demuestra bien robusta: aquella que une la rigurosidad del relato con la fugas cómicas que se desprenden, de manera natural, del mismo. E introduciéndose en el camino un tono de leve irrealidad que pone sobre aviso la condición especial de la historia, en alusión a su condición casi extemporánea, que, además de revelar, pretende provocar sensaciones encontradas en el espectador.

Hay pasajes de una belleza conmovedora, en particular aquellos que acontecen en el interior de ese frondoso bosque que encubre el supuesto misterio. Supuesto, porque es falso: aunque, en teoría, solo nosotros conservemos la verdad de los hechos criminales, todos los personajes conocen al responsable de la desaparición que conforma la línea narrativa base de Misericordia. Pero hay algo en torno a esa palabra sagrada que parece contagiar al grupo para protegerlo de manera imperceptible, en particular al cura, cuyo diálogo en el confesionario –situado al otro lado del mismo, no en el que le corresponde– es la secuencia más espléndida que un servidor ha visto en pantalla grande en lo que va de año (por cuantos significantes acarrea, dentro y fuera de su propio contenedor fílmico).
Se nota que Guiraudie ama a su paisano Chabrol por encima de todas las cosas (a bote pronto, me viene a la mente El carnicero (1970): la rutinaria profesión de la muerte en el entorno rural), y eso solo puede traer instantes de verdad al presente, sobre todo cuando se cuida tanto el balance entre el texto y la imagen representada. Apoyándose en la música no invasiva de Marc Verdaguer, responsable de este apartado en las películas de Albert Serra –entre ellas, claro está, Tardes de soledad, con la que convive en cartelera; no en vano este produce la parte española de la obra merced a su empresa, Rosa Filmes–, los ambientes viciados, las miradas decisivas y la ternura auténtica terminan de completarse y redondean la rica experiencia que supone visionar esta más que interesante cinta.

