Alberto Sedano es un joven madrileño que lleva muchos años trabajando en la industria cinematográfica, en una labor principalmente de recuperación, restauración y promoción de cintas que se consideraban perdidas de nuestro cine, aunque antes había fundado su propia distribuidora de cine independiente. Desde nuestro país colabora, codo con codo, con algunos de los sellos de edición en vídeo más prestigiosos a nivel mundial, caso de Severin Films o Vinegar Syndrome (donde hace poco lanzaba el clásico del fantaterror Una vela para el diablo, primera referencia de su sello Bizarro), y a finales del año pasado presentó en la capital su primer documental: Exorcismo: The Transgressive Legacy of Clasificada «S», que tuvo un estreno simultáneo en Movistar+ con un matiz quizá no tan ligero sobre el título: Clasificado “S”: transgresión en la Transición. En torno a esa censura que dejó de existir con el inicio de este periodo del cine español, pero que, irónicamente, de algún modo sigue operando en nuestros días, mantuvimos una productiva charla de más de media hora de duración, por lo que nos hemos visto obligados a dividir la entrevista en dos partes. La segunda (y definitiva) verá la luz en unos días, y se centrará en la antes mencionada vertiente de exhumación y reacondicionado fílmico; les aseguro que Alberto nos abre las puertas a un mundo tan desconocido como apasionante.

«El tiempo de desarrollo de la clasificación “S” suponen los seis años más extraños en la historia del cine español... Hay un deseo de romper con todo, y por eso es cine punk: ser casi autodestructivo, solo por el hecho de provocar».
Hace unos meses se pudo ver, en salas comerciales españolas (al menos, en la Cineteca del Matadero de Madrid, adonde yo me desplacé), tu documental Exorcismo: The Transgressive Legacy of Clasificada “S”, con un estreno simultáneo en Movistar+. Una película de producción norteamericana que llegaba un año después de su estreno en el festival de Sitges… ¿Cuál fue su concepción, los apoyos de que has dispuesto para llevarlo a cabo y cómo ha sido su recorrido hasta el momento?
Pues digamos que, como proyecto embrionario, es algo que tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo, cuando descubro el cine “S”, más o menos en el año 2010 a través de la película Bacanal en directo (Miguel Madrid, 1979). A partir de ese momento, empiezo a caer en la madriguera de este cine y a formarme en torno al mismo. Pero, en realidad, mi carrera fue por otro lado: fundé una distribuidora en España con la que quería recuperar esta clase de cintas, pero no conseguí apoyos en ese momento. Así que me fui a vivir a Londres, donde trabajé durante varios años en producción y tenía como contacto a David Gregory (uno de los responsables de Severin Films), al que ya había propuesto recuperar un cine español raro, poco visto en Estados Unidos.
¿Cuál era tu distribuidora?
CineBinario. Distribuíamos cine internacional, como Dragonslayer (Tristan Patterson, 2011), 52 Martes (Sophie Hyde, 2013) o El verano de Sangaile (Alanté Kavaïté, 2015), las dos últimas premiadas en Sundance, y también español, por ejemplo títulos de Jonás Trueba como Los exiliados románticos (2015) o La reconquista (2016). En resumen, un cine de autor festivalero que destinábamos tanto a salas como a Movistar+, lo que ha posibilitado queExorcismo también haya llegado a esta plataforma.
En fin, ha sido un proyecto latente durante mucho tiempo hasta que se dieron las circunstancias adecuadas, en este caso durante la pandemia, que fue cuando David me propuso retomarlo. Y así fue como surgió el documental.
¿Es posible que concibieras el trabajo, inicialmente, de manera exclusiva para el público norteamericano? Existe cierta contextualización y apuntes sobre la Guerra Civil y la dictadura que la mayoría de españoles tenemos muy asumidos. Además, la producción es íntegra de allí, si no estoy en un error.
Sí, la producción es 100% norteamericana, de Severin Films. Pero, más que para un público estadounidense, diría internacional. De hecho, tras ver la primera versión del montaje, fue David quien me comentó que le faltaba contexto, de manera que fuimos añadiendo más capas de profundidad a la historia. Pero sí, sobre todoestá pensado para el público de fuera, de cualquier parte del mundo; digamos que adaptado a cualquier espectador que no conozca en detalle la historia de España, de modo que pueda entrar y ver lo que supuso el cine “S” para nuestro cine en esos años.
Por otro lado, España nunca fue una opción para mí. Como tuve el rechazo desde diversos canales y ya estaba viviendo en Londres cuando empecé a desarrollarlo, lo enfoqué al público internacional. Pero después, la gente me decía: ¿cómo no vas a exhibirlo aquí? Y tras estar pico y pala un año detrás de Movistar, y con la ayuda de Javier Lafuente (productor de Jonás Trueba), al final accedieron a programarlo, aunque cambiando el título a “Clasificado S” (en lugar de Exorcismo) y retirando la cruz del cartel original.

Esas imágenes “explicativas” cuentan con la privilegiada narración en off, nada más y nada menos, que de Iggy Pop. ¿De qué manera das con él y cuál fue su interés a la hora de prestarse a colaborar? ¿Has llegado a conocerlo en persona?
Sí, la verdad es que fue una pasada. Porque tanto a nivel estético –por la textura que le da a la historia–, como lo que representa –el espíritu punk de los 70–, entronca con muchas cosas que se significan en el filme: básicamente la libertad para hacer lo que te dé la gana. Me parece que encajaba muy bien.
¿Cómo llegamos a él? Es una historia curiosa porque le dimos muchas vueltas a quién podía ser el narrador. Yo quería que fuese Guillermo del Toro, así que, tras conseguir el contacto, le mandé un mail, al cual, para mi sorpresa, respondió con mucha amabilidad diciendo que estaba muy ocupado, pero que le parecía una idea muy interesante, llegando incluso a confesarme que Una vela para el diablo fue uno de los títulos que le habían influenciado a la hora de hacer cine. Al rechazar la propuesta, y tras descubrir Atolladero (1995) –un neowestern de Óscar Aibar–, David me planteó la posibilidad de Iggy Pop, que había trabajado en ella. Yo no daba crédito, pero como también había coincidido con él en la promoción de la última película de Richard Stanley, accedió a ver un corte del montaje, le gustó y, tras hablar con sus agentes, firmó. De hecho, una de las primeras cosas que me dijo, fue: “No soy un gran experto en cine español, pero parece que Pilar Miró se cargó su industria, ¿no?” (Risas). Además, él es muy cinéfilo y, al contrario de lo que se pueda pensar, no demostró tener un gran ego. Resultó muy fácil trabajar con él.
Se explica muy bien en el documental, gracias a voces autorizadas como las de Álex de la Iglesia, Antonio Mayans o Mery Cuesta (crítica cultural), Álex Mendíbil (programador de la sala B de Filmoteca) y Alejandro Melero (profesor de cine español), pero ¿puedes dar una idea resumida de lo que supuso la clasificación “S” en el cine español de finales de los setenta y primeros ochenta, para despertar el interés de aquellos que aún no lo hayan visto?
Creo, sinceramente, que este tiempo de desarrollo de la clasificación “S” suponen los seis años más extraños en la historia del cine español. Además, es el único periodo en el que no ha existido una política cinematográfica que marcase qué tipo de películas quería el país. Esto supone una anomalía absoluta, que, además, se da en el seno de una sociedad que llevaba casi 40 años de represión, donde le decían qué se podía mostrar y qué no; lo que se podía y no se podía decir. Y, de repente, el vacío es total y se puede hacer y contar lo que se quiera, y no solo eso, sino que esta nueva clasificación se incentiva y hasta se convierte en un reclamo comercial. Es así como empiezan a competir los productores y los directores para ver quién hace la película más extrema que nunca se haya visto antes; era tal la libertad que ni siquiera se leían los guiones, porque la película en realidad no les interesaba: solo querían obtener la clasificación. Esto es lo que refleja el documental. Y todo ello contando con presupuestos precarios, por lo que, a un nivel meramente creativo, aquellas producciones tuvieron la libertad que pocos o ningún otro periodo de la industria en España haya podido disfrutar. Pese a todo, supone un rincón muy denostado y situado al margen de cualquier discurso de cine español “serio”.
Al final, gran parte de su valor puede hallarse en la radicalidad de su discurso. Y Eloy de la Iglesia fue uno de los que tomaron este atajo de libertad al pie de la letra: para muestra, la escena de los niños en El sacerdote, que muestras en tu documental…
Esa es, posiblemente, una de las escenas más perturbadoras de la historia del cine español. Hay un deseo de romper con todo, y por eso es cine punk: ser casi autodestructivo, solo por el hecho de provocar. Y, al respecto de Eloy, siempre me gusta recordar esto: La semana del asesino tiene el mayor número de cortes que hizo Censura en una película española, con 68. La pregunta es: ¿qué creéis que haría el director que tiene el récord de cortes de Censura cuando le dicen que ya no hay ningún tipo de censura? El sacerdote es la respuesta. Es una cinta que claramente se gesta gritando: rompo con todo y hago lo que me da la gana. Y te voy a provocar como espectador.
Lo curioso de La semana…, es que, al principio, era un proyecto mucho más inocente; una comedia, de hecho. No recuerdo el primer título, pero no tenía nada que ver, y Eloy iba tomando cada cambio de Censura para hacerla más y más oscura, pese a no enseñarlo en la revisión de los cartones sucesivos, de manera que la película acabó de una manera muy diferente a como tenía planeado.

Dentro de un mes se cumplen 50 años de la muerte del dictador, al que se saluda de forma cáustica desde el título del pack en Blu-ray editado por Severin, que conserva el título pero cambia el subtítulo de tu documental por el de: “Desafiando a un dictador y levantando el infierno en la España posfranquista”. Vivimos en un estado de derecho y, supuestamente, contamos con plena libertad de expresión. ¿Consideras que las películas que muestras en tu documental tendrían cabida en una sala comercial hoy día, o son, más bien, producto y reflejo de una época que no tiene sentido extrapolar a la sociedad de medio siglo después?
Creo hay que tener cuidado con las comparaciones, porque, aunque tentadoras, también son peligrosas. De manera general, no puede compararse una dictadura fascista militar con una democracia. Pero es cierto que entristece ver mecanismos en democracia que tienen muchos paralelismos con los sistemas de censura y represión de una dictadura. Por ejemplo, el caso de plataformas como Netflix, que cuando hay un proyecto que se va a producir, existen varios pasos de revisión que coinciden, exactamente, con los pasos de censura previa: sobre guión y sobre montaje. En concreto son tres los cortes que la plataforma va valorando y pasando, haciéndote cambiar el guion según su criterio para que logre avanzar al siguiente, según lo que se pueda, o no, mostrar.
En mi opinión, si El sacerdote se estrenase hoy en salas comerciales, habría denuncias.
Y juicios. Lo vemos todos los días en las noticias. Sobre todo si hay de por medio ofensas a la confesión religiosa; ya se ha visto a través de canciones… De nuevo, esta fue una película que dinamitó todo. Dicho esto, otro asunto es que desde el momento en que el formato digital permite, en teoría, democratizar el cine y debería haber menos filtros, nos adentramos en un periodo de homogeneización de contenidos. Todo resulta cada vez más parecido y hay un mayor miedo a hacer cosas diferentes.
Continuará…

Deja un comentario