Fanáticos, como somos, del cine más oscuro y olvidado, rescatamos en esta entrada una joya oculta del cine español de los años sesenta. La llamada, dirigida en 1965 por el leridano Javier Setó y protagonizada por un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba, supuso un giro en la carrera del primero, hasta entonces marcada por el drama y la comedia de corte popular, tan del gusto de un público poco versado en experimentos; con esta, impulsó –a la par que Jesús Franco, que tres años antes había firmado la maravillosa Gritos en la noche– el cine fantástico hecho en España, lo que poco después, de la mano de Chicho en La residencia (1969), se oficializaría como fantaterror, o el reconocimiento del cine de género como una parte imprescindible de la industria cinematográfica española. Es una entrada doblemente especial (guiño, guiño), pues supone la primera colaboración de Jose G. Posada en el blog: un amante del mejor cine clásico que se esconde bajo el alias de «RaraMuvis» en Instagram (link en la firma del final). Así que, ya saben: agradézcanle a él, a través de dicho canal o en los comentarios inferiores, la (necesaria) reivindicación de esta obra, pues es el responsable de las siguientes palabras. Advertir que, aunque no seamos amigos del spoiler, se ha señalado uno al final donde, en realidad, Jose repasa los dos finales que la película tuvo, comparando la versión española frente a la exportada al mercado internacional.

País: España, EE.UU.
Título internacional: Sweet Sound of Death
Año: 1965
Estreno: 23-6-1966 (Holanda)
Duración: 88 min.
Director: Javier Setó
Guion: Paulino Rodrigo Díaz, Javier Setó
Fotografía: Francisco Sánchez
Música: Gregorio García Segura
Intérpretes:
Emilio Gutiérrez Caba, Dyanik Zurakowska, Carlos Lemos, Paco Morán, Tota Alba, Elías Israel
Género: Drama sobrenatural
Productora: Hermic Films
El gótico doméstico de Javier Setó: romanticismo más allá de la muerte
Entre 1960 y 1965, el cine de terror español aún no había alcanzado el auge que experimentaría a finales de los años sesenta y durante la década de los setenta. No obstante, existieron algunas excepciones destacadas, como la obra temprana de Jesús Franco, quien ya había firmado títulos que con el tiempo se convertirían en clásicos del género, como Gritos en la noche (1962) o El secreto del Dr. Orloff (1964). En casi todas ellas había personajes perversos que cometían algún crimen fruto de sus desvaríos psicológicos. Es en este contexto y momento donde nace La Llamada (1965), una de las películas más atípicas del cine español; una obra insólita, hasta cierto punto maldita y, como toda buena película rara, difícil de visionar o encontrar en listas habituales de cine de género o de cine español en general. Pero es, ante todo, una película que, cuando se descubre, genera ese placer del hallazgo que justifica plenamente su búsqueda.
La película fue dirigida por Javier Setó, otro –cómo no– atípico director, un artesano del cine que rodó toda clase de cintas, pero que con esta yViaje al vacío (1969) logró sus obras de mayor calidad. El guion lo escribió junto a su amigo Paulino Rodríguez Díaz y fue financiado principalmente de su propio bolsillo. Era una película de bajo coste, tan bajo que incluso Emilio Gutiérrez Caba, que debutaba en su primer papel protagonista, tuvo que participar como productor con 100.000 pesetas.

El guion, más que una historia de terror al uso, se acerca a un relato de amor con tintes góticos y fantasmales. La historia se centra en la relación amorosa de dos jóvenes estudiantes de medicina que se conocen en un curso de verano en Madrid: Pablo (Emilio Gutiérrez Caba) y la estudiante francesa Dominique (Dyanik Zurakowska), que se ven obligados a separarse, ya que ella debe visitar a su familia en Bretaña durante las vacaciones de Navidad. El vuelo en el que viaja sufre un accidente y, en un primer momento, reina la confusión sobre si es una de las víctimas, pero finalmente regresa a Madrid. Es aquí cuando Pablo comienza a tener extraños episodios en los que duda si Dominique está verdaderamente viva o muerta. Para aclararlo, decide visitar a la familia de Dominique en Francia junto a uno de sus profesores, Urrutia (Carlos Lemos), dando así inicio a una serie de hechos que le llevarán a resolver –o no– el enigma.

La primera parte se centra en la intensa historia de amor de los dos protagonistas: sus citas semanales en un parque, sus salidas de fin de semana o momentos en los que claramente han mantenido relaciones sexuales –sin estar casados–, algo bastante insólito y valiente para la España de los sesenta y que, sorprendentemente, la censura no mutiló. En una de sus escapadas, además de visitar las típicas tabernas, terminan entrando en un cementerio, donde se prometen amor más allá de la muerte y que, en el caso de que alguno muera, el difunto volverá para poder estar junto al otro. Toda la película hasta ese momento tiene un halo gótico, obviamente reforzado por el uso del blanco y negro, pero es quizás en esta escena donde alcanza su máximo nivel de belleza, con la música, el cementerio decadente y la misteriosa belleza de Dyanik Zurakowska, actriz belga de origen polaco con un aire entre espectral y divino, perfecto para la historia. Durante el viaje de Dominique, Pablo sufre una premonición en plena Gran Vía madrileña tras enterarse del accidente del avión en el que viajaba, rodada de una manera tremendamente original, eliminando por completo el sonido. Tras su regreso, empieza a encontrarla extraña y es finalmente cuando decide viajar a Francia para aclarar el entuerto, visitando a la familia en compañía de su profesor. Carlos Lemos está también notable en su rol de profesor, aportando ese punto de cordura con el que el espectador se identifica.

La segunda parte se desarrolla en tierra bretona (rodada en Alcalá de Henares), obviamente no elegida por casualidad, ya que es un entorno ideal para el misterio –similar a lo que sería Galicia en España–, famoso por su afinidad con la magia y lo sobrenatural, además de poseer paisajes fríos, lluviosos y palacetes sombríos. Es interesante observar cómo en esta parte los blancos intensos iniciales van perdiendo presencia: el vestuario y, en general, la imagen de la película adquieren un tono más oscuro. Pablo visita la casa donde vive la familia de Dominique, tiene una extraña cena con ellos y es ahí donde se alcanza uno de los puntos técnicos más destacados del rodaje, con planos secuencia recorriendo los pasillos, una música decadente y, en general, un tono muy tenebroso que sugiere más que muestra. Es aquí donde Setó se asemeja más al estilo de Chicho Ibáñez Serrador que al fantaterror clásico, por su sutileza, decantándose por la insinuación y lo sensorial más que por lo criminal o sanguinario. Y esto es, probablemente, lo que hace que la propuesta del director resulte más original e innovadora de lo que podría parecer en un primer momento.
Lo onírico y, obviamente, lo fantasmagórico están muy presentes en toda la película, pero adquieren especial relevancia en el tramo final. Desde el inicio se utilizan recursos de gran astucia y madurez, como la metáfora del avión de juguete que se quema en el fuego mientras Dominique lo recoge sin sentir nada, o la aparición de un muchacho con la armónica, recurso muy propio del wéstern, que sirve aquí de nexo entre las historias de los dos protagonistas y refuerza el tono melancólico y de soledad, moviéndose entre la ensoñación y lo real.

Dentro del elenco de actores, además de los tres protagonistas ya citados, destacan otros secundarios excelentes, como el gran Víctor Israel en uno de sus roles clásicos de personaje enajenado, custodiando la casa de la familia de Dominique, o Paco Morán como hermano militar de la protagonista, que en algunas escenas, con el juego de sombras, produce auténtica desazón.
En la película invirtió un productor americano llamado Sidney W. Pink para su comercialización internacional. Era un productor especializado en cine de terror que también participó en la siguiente película de Setó, Tabú (1966), y que insistió en que la película se rodara en color, a lo que el director se negó rotundamente. La película se comercializó en su versión internacional con el nombre Sweet Sound of Death, con títulos de crédito tan bizarros como Emil Cape (para Emilio Gutiérrez Caba) y Frank Moran (Paco Morán), pero, sobre todo, con diez minutos menos de metraje respecto a la versión original rodada por Setó. Dejo para el final de estas líneas, sin desvelar el desenlace, la curiosidad de ambos finales, ya que cada uno convierte el film en una obra distinta.

El estreno de la película en España fue casi inexistente. Con el paso de los años, fue ganando la etiqueta de película de culto, apareciendo siempre como uno de los films más insólitos del cine fantástico español. Personalmente, me parece una obra más cercana al cine romántico con tintes oníricos y fantasmales: una búsqueda del amor perdido o de los efectos de un amor enajenante. Pero, sin lugar a dudas, es una película necesaria, a reivindicar, que anticipa ideas o se emparenta con títulos más recientes como El Sexto Sentido (1999) o El Orfanato (2007), por citar algunos.
J.G. Posada (@Raramuvis)
RaraMuvis. (Del lat. Película desconocida y rara). Película que se considera poco común o tiene alguna característica que la diferencia de las demás.
– SPOILER –
Existen dos versiones de la película que afectan a su desenlace final. Si no has visto aún la película, quédate con el detalle de buscar la versión más larga, de 84 minutos, y no sigas leyendo, ya que, aunque comentaré con el mayor cuidado esta curiosidad, puede que desvele detalles que son preferible descubrir sin información previa o leer posteriormente. En la versión internacional, que probablemente fue distribuida exclusivamente para televisión, además de los cambios en los títulos de crédito, se elimina el final original, que es totalmente abierto: tras una ensoñación del profesor Urrutia, el espectador no sabe si lo visto es real o un sueño, dependiendo de cómo aparezca la familia en el cementerio. El final americano es mucho más abrupto y concluye diez minutos antes, con el descubrimiento del cuerpo sin vida de Pablo en la cripta, abrazado al de Dominique, e incluye un “THE END?” (con interrogación final) como guiño al amor eterno que ambos se juraron. Ambos finales son –accidentalmente– estupendos y dan lugar a dos películas diferentes. Estos dos desenlaces incluyen, además, otro recurso técnico que muestra el talento del director: en la escena final de la cripta, la cámara se queda enfocando la mano sin vida de Pablo y, en el final original, esta mano revive en el vagón de tren camino a Bretaña. Esta elipsis narrativa, tan típica de Hitchcock, la utilizó un joven Javier Setó en La Llamada en 1965.

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