Crítica de Whistle: El silbido del mal, de Corin Hardy

Este fin de semana ha llegado a la cartelera española Whistle: El silbido del mal, un nuevo episodio en la inagotable serie de terror adolescente que inunda nuestras salas cual marea estudiantil. El tercer largometraje del irlandés Corin Hardy no pertenece, a diferencia de su anterior La monja (2018), a ninguna saga (de momento), pero reproduce los esquemas narrativos de algunas propuestas recientes que han tenido una recepción estimable dentro del cine de género sobrenatural. Cambien entes exterminadores invisibles y una mano que agarrar por un silbato en forma de calavera azteca, y darán con la fórmula no tan mágica del entretenimiento del público joven.

Póster original de Whistle

País: Canadá, Irlanda
Título original: Whistle
Año: 2025
Estreno: 20-3-2026
Duración: 100 min.
Director: Corin Hardy
Guion: Owen Egerton
Fotografía: Björn Charpentier
Música: Doomphonic
Intérpretes: Dafne Keen, Sophie Nélisse, Sky Yang, Jhaleil Swaby, Ali Skovbye
Género: Terror adolescente y sobrenatural
Productora: No Trace Camping, Wild Atlantic Pictures

SOPLAR AL VIENTO DEL TERROR MODERNO

El cine de terror actual se retroalimenta con extrema facilidad estos días. Las múltiples franquicias que van y vienen de nuestras salas Destino final, Scream, The Strangers, cuyo capítulo tercero, quinto de la saga, se estrena en un mes hablan, por un lado, de la falta de ideas dentro de la maquinaria de producción hollywoodiense y, por otro, refrendan las expectativas del público, que acude a verlas con devoción. Al menos, su sector más joven: el verdadero target de las mismas. Whistle no responde (de momento) a ninguna serie de películas, pero sí encuentra parecidos más que razonables, tanto en la trama como en una cierta concepción de su estética, con títulos recientes.

Dafne Keen en Whistle, dirigida por Corin Hardy


De nuevo con el protagonismo de una serie de chavales de buen ver, compañeros de clase en el instituto, en esta ocasión uno de ellos encuentra, casualmente, un artefacto anciano en su casillero. Un objeto manejable y con forma de calavera, de aspecto horripilante y que en realidad es un silbato. Al chico, claro está, se le ocurre ponerlo en práctica. Y a partir de ahí solo crecen los problemas… Para él y quienes escucharon el sonoro silbido: su propia muerte les acechará, adelantándose unos cuantos años a lo que, de otra forma, hubiera sido su fenecer natural, con el ligero matiz de que su fin será sangriento. Muy sangriento.

No hace falta viajar demasiado atrás en el tiempo para hallar las referencias que Corin Hardy ha puesto sobre su particular mesa del extermino de la juventud: en It Follows (2014) David Robert Mitchell planteaba la fatalidad en forma de rostro invisible o visible solo para su protagonista, tal y como ocurre en la que nos ocupa que acecha de manera recurrente; por su parte, los hermanos Philippou presentaban en Háblame (2022) otro tótem, una mano en aquella ocasión, que transportaba a quienes la abrazaban a una realidad paralela donde padecían una suerte funesta. El guionista Owen Egerton aplica ambos esquemas a Whistle, por lo que no puede decirse que la originalidad sea uno de los fuertes de la cinta. 

Una terrorífica imagen de Whistle, dirigida por Corin Hardy


Tampoco lo es la puesta en escena, si exceptuamos las secuencias de ejecución como la que acontece en la secuencia de apertura, que abre el relato por todo lo alto en un tono que resultaba complicado sostener. Entremedias se inserta un relato adocenado y mil veces visto sin incidir, necesariamente, en una derivada sanguinolenta en torno a los retos de la adolescencia; época tumultuosa y repleta de conflictos, animadversiones… y romance, aquí en versión queer, para alinearse con el signo de los tiempos y complacer a ese nuevo público antes referido, más “sensible” a la diferencia respecto a la lectura del terror tradicional.

Pero el interés principal, y así lo demuestran el peso de las imágenes, que se aceleran y amplifican su dimensión sobremanera en dichas secuencias, radica en los asesinatos. Hay un buen uso del CGI y eso ocasiona una sorprendente radicalidad en la visión que obtenemos de las muertes, que es la misma que la de los compañeros, con quienes compartimos el punto de vista: desmembramientos, fracturas o cortes que suceden a nuestro lado para nuestro pasmo, pillándonos desprevenidos y bañándonos por completo de rojo. Aunque solo sea por ello, la más reciente propuesta del cineasta de origen irlandés merece un pase en pantalla grande, pero queda la sensación de haber desperdiciado una buena bala para manejar la rica y antigua mitología azteca por encima de la calidad de un juguete (roto).

Whistle póster


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