Crítica de El sonido de la caída, de Mascha Schilinski

El segundo largometraje dirigido por Mascha Schilinksi es una radical experiencia inmersiva que difícilmente dejará indiferente al espectador. El premio del Jurado en el Festival de Cannes de 2025 (ex aequo con Sirât, de Oliver Laxe) exige paciencia y una mirada atenta para asumir el retrato de una familia a través de cuatro generaciones, pero la recompensa a obtener es un oscuro tapiz de imágenes cuyas capas de textura y sonido(s) se antoja sencillamente fascinante. A su vez un retrato de las tinieblas alemanas que se cocina justo antes de la Primera Guerra Mundial, con el foco orientado hacia el subyugado papel de la mujer y sus ecos en el tiempo presente, El sonido de la caída se cuenta, desde el fin de semana de su estreno, como uno de los títulos más importantes del año cinematográfico. Algo así como si David Lynch renaciera impulsado por tomar el objetivo de Michael Haneke.

Póster de El sonido de la caída, dirigida por Mascha Schilinski

País: Alemania
Título original: In die Sonne schauen
Año: 2025
Estreno: 24-4-2026
Duración: 149 min.
Director: Mascha Schilinski
Guion: Louise Peter, Mascha Schilinki
Fotografía: Fabian Gamper
Música: Michael Fiedler, Eike Hosenfeld
Intérpretes: Hanna Heckt, Lena Urzendowsky, Susanne Wuest, Luise Heyer, Laeni Geiseler, Konstantin Lindhorst
Género: Fantasmagoría intergeneracional; Alemania s. XX
Productora: Studio ZentralDas kleine Fernsehspiel (ZDF), Beauftragte der Bundesregierung für Kultur und Medien (BKM)

ALEMANIA Y SUS TINIEBLAS

Alemania, el conflicto eterno. El sonido de la caída, segunda realización de la directora Mascha Shilinski tras Die Tochter (2017), atraviesa la existencia de cuatro generaciones de una familia residente en un pequeña granja. El lugar es indeterminado, porque la álgida ilustración de un país condenado —en los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial— resulta ubicua. Pero las resonancias son demoledoras, y alcanzan el siglo presente. El valor diferenciador en esta película (respecto a, pongamos por caso, Heimat (1984), que ya narró la delicada evolución sufrida en este país a lo largo del siglo XX) tiene que ver con la forma como se transmite esa suerte de maldición intergeneracional: las imágenes palpitan, se desvanecen y vuelven a sobrevivir como si cobraran vida propia, reclamando un espacio al lado de los personajes a los que acogen.

Una imagen de El sonido de la caída, dirigida por Mascha Schilinski


Las otras protagonistas son las mujeres. El género subyugado a lo largo de la historia (no solo alemana). Ellas son las encargadas de dar cobijo, cuidado, alimento y sexo a los hombres que las rodean. Incluso fuera de plano y de manera no consentida. El terror siempre ha funcionado mejor de manera sugerida, no mostrado explícitamente. Este discurso, coescrito por la propia Schilinski y Louise Peter, está presente en las imágenes y es, sin duda, uno de sus elementos troncales, pero el gran valor de esta apabullante e inmisericorde obra, imposible de asumir en un solo visionado, radica en la pasmosa oscuridad del retrato, que comunica tiempos y espacios como si de un ejercicio de magia negra se tratara. Sabiamente transmitido en formato cuadrado, como la acción de extraer una fotografía añeja de una polvorienta caja de recuerdos hallada en el sótano.

Cuando observamos la mirada de la pequeña Alma en el interior de la gélida residencia familiar, miramos a través de ella. Y ese es uno de los milagros más difíciles de asumir en el cine. No solo vemos enfermedad y una desmedida frugalidad alrededor, sino que descubrimos los placeres carnales como si de un acto prohibido se tratara; o nos detenemos en la carne aún apelmazada, primero perseguida y finalmente cercenada por los que nos rodean por puro proteccionismo hogareño —era eso, o aprender a matar ahí fuera…––; o nos enfrentamos al negro rostro de la muerte, que hasta hace escasos momentos era plena vida, asumiéndolo de frente y ante el objetivo de un daguerrotipo que provoca (otros) monstruos en nuestra psique. Y siempre bajo el asombro del que apenas entiende nada en ese instante definitorio, pero cuyo eco permanecerá en el interior por décadas, en contacto involuntario con los que están alrededor. También con los que ya no están.

La sirvienta de El sonido de la caída, dirigida por Mascha Schilinski


Por supuesto, un filme que lleva la palabra sonido a su título no es por casualidad. El ambiente sonoro es tan o más relevante que las propias imágenes; no se entiende, de hecho, una cosa sin la otra, en una ligazón de un poder evocador poco visto en el cine reciente. Hay pequeños flashes, clics y gestos cómplices para con el espectador, que se reproducen a lo largo de los 149 minutos y que sirven de introducción a un cierto pasaje del más allá: en los segundos que siguen, sabemos que estamos dentro de otra existencia; una que ha sido invocada y ha venido a merodear entre nuestras lánguidas protagonistas, cuyo deambular observábamos hace apenas un momento. El resto del tiempo, la podredumbre existencial que afecta a estas se baña en capas de sonido ambientales, drones y manipulaciones de cinta que configuran un pozo de tenebrosidad imposible de sacudirse de la razón. Y en (necesario) contrapunto, un hálito de fría belleza, entregado por la absorbente voz de Anna von Hausswolff a modo de reflejo moderno de unos pensamientos desafectos, grabados a fuego en la sangre.

Lena Urzendowki en El sonido de la caída, dirigida por Mascha Schilinski

In die Sonne schauen no es un título fácil de ver. Al contrario: exige el esfuerzo y la paciencia del que mira. Tampoco es redondo, porque su narrativa transtemporal y la multitud de personajes implicados se antoja confusa por momentos. Pero el tapiz atemporal que teje Schilinski ––entendido como fuera del tiempo–– a partir de una sucesión de texturas maleables, no uniformes y tremendamente vivas (en su decadencia) promueven la experiencia cinematográfica más inmersiva y embriagadora que un servidor ha presenciado en una pantalla grande en 2026. Y una de las más fascinantes del tiempo reciente.


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