El estreno de una película de Christopher Nolan siempre es un acontecimiento. El de The Odyssey, adaptación del poema épico de Homero, lo es todavía más. Una película que ha llevado al límite el sistema de exhibición IMAX —es la primera rodada íntegramente con cámaras de negativo IMAX de 65 mm—, pese a que los afortunados que podrán disfrutarla tal y como fue concebida serán una exigua minoría. De hecho, nadie podrá hacerlo en España, donde apenas existen cuatro salas IMAX y todas proyectan únicamente en la versión «reducida» de este espectacular formato, caracterizado por una imagen de altura descomunal. Introduzco tanta palabrería técnica —así parece demandarlo el director británico— porque, paradójicamente, semejante gigantismo no redunda en la naturaleza sobrehumana y épica del relato, sino más bien al contrario: la ejecución deja que desear y La odisea no impresiona. Precisamente cuando más debería hacerlo.

País: Reino Unido, EE.UU.
Título original: The Odyssey
Año: 2026
Estreno: 17-9-2026
Duración: 172 min.
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Música: Ludwig Göransson
Intérpretes: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Samantha Morton, Zendaya
Charlize Theron
Género: Adaptación (falta de) épica
Productora: Syncopy Inc.
GIGANTISMO SIN GRANDEZA
El prestidigitador oficioso de Hollywood, Christopher Nolan, ha aterrizado tres veranos después para entregar su nuevo tótem cinematográfico; suerte de emblema de las salas a lo largo y ancho del planeta, su actividad supone uno de los empujones más firmes para su supervivencia en estos tiempos de decaimiento digital. No hay, empero, ademán de combo popular a la vista –el fenómeno Barbenheimer fue, cuando menos, gracioso, hay que reconocerlo–, si bien el cacareo previo ha alcanzado proporciones épicas, a la medida del notable influjo de este poderoso generador de imágenes nacido en Londres hace ya más de cinco décadas.
Atrás quedan los robustos fuegos de artificio de pura acción y redoble de ficción –la saga de El caballero oscuro, Origen(2010) o Tenet (2020)–; lo que parece ocupar en estos tiempos al director es el pasado, adonde vuelve a mirar –Dunkerque(2017)– con fruición antes que ligereza para recrearlo en forma de un espectáculo en verdad no tan disímil del que ofrecía en aquellos, pero sí tamizado por el abrazo de una cierta rigurosidad histórica. Oppenheimer fue un inteligente caballo de batalla a medio camino entre la instrucción científica, una demostración explosiva de la capacidad del montaje y, finalmente, la constatación de que la política se erige como primera espada para entender nuestro mundo; La odisea, en cambio, supone un salto sin red hacia el pantanoso territorio de la mitología griega que se ha querido revestir de los más lujosos oropeles, hasta el punto de reinventar el formato IMAX en exclusiva para su estreno.

De manera resumida: de la misma forma que se está recuperando el formato de proyección en 70 mm (uno de los más lujosos del viejo Hollywood, con copias de The Brutalist, en 2024, Una batalla tras otra, en 2025, o, este mismo año, Kill Bill: The Whole Bloody Affair), no existía, hasta el momento, un filme rodado íntegramente con cámaras IMAX de 65 mm, básicamente porque estas cámaras son armatostes bastante inmanejables, solo aptas para rodar ciertas escenas. ¿Cómo lo han logrado, entonces, el director de fotografía Hoyte van Hoytema y el propio cineasta británico? Haciendo uso del influjo antes referido para que se las construyan ex profeso y puedan rodar más de 2 millones de pies de negativo sin descoyuntarse a lo largo del mes y medio de rodaje.
Pero ¿en qué redunda semejante festín pantagruélico de técnica industrial? No en algo verdaderamente memorable, créanme. Puede entenderse que La odisea se plantee como el súmmum del cine en la GRAN pantalla sobrepasado ya el primer cuarto del siglo XXI. Una de las escasas muestras que justifica desembolsar 15 euros (o más) para disfrutar un auténtico viaje de regreso a la Ítaca del cine. Pero concurren varias ironías, cuando no contradicciones: son apenas 41 pantallas en todo el mundo las que permiten ver la cinta en el formato puro de rodaje (teatro IMAX con proyección fotoquímica en 70 mm, lo que supone un rollo de película de varios metros de diámetro y ofrece una relación de aspectode 1.43:1). No hay ninguna en España. Disponemos de cuatro salas (tres en Madrid), todas ellas con proyección digital, recortándose el negativo por la parte superior e inferior hasta conferir una relación de aspecto de 1.90:1. Pero la mayoría de la gente la verá en una sala comercial estándar a través de una copia DCP (proyectada desde un archivo digital de un disco duro), donde el encuadre vuelve a adaptarse al formato de exhibición.

Que no cunda el pánico: Nolan se ha encargado de revisar personalmente cada uno de estos formatos, aprobando el recorte que mejor se adecúe a cada formato de exhibición. Es decir: usted seguirá viendo la película que él tenía en la cabeza. La debilidad, por tanto, no nace, exactamente, de la adaptación de la historia –procedente de uno de los textos más leídos y reconocibles de la literatura universal–, en la que repasa los hitos más importantes planteados por Homero, aun respetando su estructura de episodios narrados en analepsis y comprimiéndolos a conveniencia (si bien no directamente atados al relato en primera persona de Odiseo): la vida en el palacio de Ítaca, con Telémaco, Penélope y sus pretendientes; la batalla con Polifemo y, después, con los lestrigones; la magia negra de Circe –probablemente, el mejor pasaje del filme, donde la extrañeza se transforma en terror bajo una alevosa calma–; el descenso al inframundo del Hades; el encuentro con las sirenas; y, por supuesto, el episodio del caballo durante la guerra de Troya, recuperado de las alusiones homéricas a la guerra; así como su regreso final a Ítaca.

El problema es que la naturaleza épica del poema no consigue trasladarse a unas imágenes que resultan sorprendentemente escasas, como consecuencia de la fragmentación de su discurso cinematográfico, amén de un rebaje considerable de la divinidad inherente a un relato como este. La principal rémora parte del montaje: observando lo poco que Jennifer Lame, su responsable, deja respirar las secuencias, todo haría pensar que se trataría de un first cut (primer corte completo, propenso a revisiones); véanse, a este respecto, la caótica escena de la invasión de Troya, alrededor de la cual parece construirse el filme, o la retahíla de diálogos carentes de alma en el salón de Penélope, donde comienza y acaba la narración. En relación directa con esto, el ritmo se marca sobremanera a partir de las composiciones de Ludwig Göransson, ya de sobra conocidas y explotadas en otros títulos del director, en lugar de apoyarse sobre la propia dinámica generada dentro del cuadro. No es un detalle menor, y hace un flaco favor a la construcción de las varias set pieces planteadas.
Si a ello sumamos una serie de intérpretes, empezando por su protagonista, Matt Damon, que de verdad semejan actores disfrazados antes que personajes vivientes de una tragedia griega, la ilusión de veracidad hace más aguas que las embarcaciones con que se aventuran hacia el peligro. Pero regreso al núcleo de este texto para establecer la principal conclusión: La odisea no impresiona. Y eso es una barbaridad si se atiende al hercúleo planteamiento descrito: baste acudir al encuentro con el cíclope Polifemo para constatar el incomprensible desencaje entre montaje y planificación: ¿de qué sirve reinventar una rueda de molino, ya de por sí enorme, y rodar en un formato de extraordinaria altura si, cuando revelas a una criatura gigantesca, pasas más tiempo tratando de cerrar el plano para observarla de cerca (revelando, de paso, unos FX muy mejorables)? He ahí la paradoja que lastra La odisea: amplía la tecnología necesaria para mirar más lejos y termina mirando demasiado cerca, rebajando su esencia al marco de la mediocridad humana.


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