Crítica de El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen

Rodrigo Sorogoyen vuelve a adentrarse en las heridas de los vínculos familiares con El ser querido, un drama paterno-filial atravesado por el propio ejercicio cinematográfico. Javier Bardem y Victoria Luengo protagonizan un intenso duelo interpretativo donde vida y representación terminan contaminándose, mientras el cineasta vuelve a demostrar tanto la singularidad de su mirada como su querencia por llevarla formalmente un paso más allá. Cosechará unos cuantos premios.

Póster de El ser querido, dirigida por Rodrigo Sorogoyen

País: España
Año: 2026
Estreno: 26-8-2026
Duración: 135 min.
Director: Rodrigo Sorogoyen
Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Fotografía: Álex de Pablo
Música: Olivier Arson
Intérpretes: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Raúl Prieto, Pepa Gracia
Género: Lazos paterno-filiales, cine dentro del cine
Productora: Caballo Films, Movistar Plus+, El Ser Querido, Le Pacte

LA FICCIÓN DE SER PADRE

La secuencia de apertura. Funciona (o debería) de manera similar al párrafo inicial de una novela: su gancho al lector, la motivación necesaria para que pase a la siguiente página. Por raro que parezca, no es tan común encontrar escenas de apertura que resulten definitorias. El ser querido se desmarca de la norma y apunta con excelencia, desde la conversación en un restaurante entre Esteban (Javier Bardem), director de cine reconocido internacionalmente, y su hija Emilia (Victoria Luengo), al conflicto parental que se expondrá durante las más de dos horas siguientes. Un encuentro que es, a la vez, un reencuentro tras años de distanciamiento y una propuesta laboral por parte del primero para su nuevo filme.

Son cerca de veinte minutos donde, a través de sucesivos planos y contraplanos con distintos encuadres –que refuerzan la naturaleza de cada frase, aproximándonos hasta dolorosos primerísimos primeros planos que nos obligan a mirar, literalmente, dentro de sus ojos–, se desnuda a los personajes. Una incisiva exposición de sus inseguridades (o falsa seguridad), sus necesidades (o la prolongada ausencia de las mismas) y sus diferentes recuerdos, o aquellos que se han forjado en la mente de cada uno de ellos, de manera más o menos interesada (y certera).

Javier Bardem y Victoria Luengo en El ser querido


Lo que sigue es el cuidadoso recorrido del arco sentimental que ambos viven en su renovada relación, propiciada por la aceptación de Emilia de ese nuevo papel protagonista –implícita, o en off; otra marca de estilo de las cicatrices que arrastran los atormentados personajes nacidos del fructífero tándem creativo formado por Sorogoyen e Isabel Peña–. Un protagonismo que le hará cuestionarse su valía personal (antes que la artística), enfrentada ahora a una nueva referencia cuya guía se confunde entre lo vital y lo profesional. Él, al mismo tiempo, buscará redimir los pecados del pasado mediante la tutela de su hija en el presente, entendida como un mérito más que sumar a su reputada trayectoria. De este conflicto interpersonal surgen las derivas de dos temperamentos que chocan y se manifiestan desde el interior de un rodaje cinematográfico, donde realidad y representación se contaminan sin apenas esfuerzo.

En este sentido, lo mejor de la producción (la que nos ocupa) es el duelo interpretativo Bardem-Luengo, de proporciones mayúsculas y condenado a conquistar los respectivos Goya a concurso. Dos interpretaciones que son puro nervio, músculo y sentimiento, y que suponen el auténtico sostén de la película. Y lo mejorable, o que al menos no se sitúa a semejante altura pese a las intenciones exhibidas, es la particular querencia del realizador por imprimir un sello narrativo que sobresalga de lo rutinario, como si lo anterior no fuera suficiente por sí mismo. Así, a partir del elemento metanarrativo que supone un rodaje, introduce una serie de planos en blanco y negro que, por su abundancia, acaban por perder su evocación metafórica inicial en torno al estado de ánimo de la figura retratada. Hace lo propio con el sonido (diegético o no), si bien en menor medida, y, de hecho, entrega con ello una de las mejores secuencias: aquella donde Esteban y Emilia intercambian miradas de redescubrimiento en un desayuno, sin que ni siquiera lleguen a cruzarse, mientras él desconecta de su entorno para comenzar a escuchar las primeras notas musicales compuestas para su obra, que Sorogoyen comparte de primera mano con nosotros.

Sorogoyen, Peña y los actores

El ser querido es un Sorogoyen más íntimo y recogido que el de costumbre, al menos en su producción cinematográfica más conocida (y siempre que exceptuemos Madre, en su versión corta o larga, con la que vendría a conformar una suerte de díptico en torno a la percepción y el recuerdo de los lazos paterno-filiales que merecería dar que hablar). Es una cinta que se nota ambiciosa en varios aspectos y que, aun así, mantiene la brillantez de su director a la hora de abordar temas comprometidos con una voz singular, pero la canalización de su discurso mediante constructos formales enrevesados ­–en este caso, la metanarración cinematográfica– resta poderío y naturalidad a lo que, de otra forma, habría resultado impactante desde la esencialidad. Más aún cuando cuentas, delante de las cámaras, con una pareja de monstruos interpretativos capaces de transformarse, sin mácula, en más de un personaje al mismo tiempo.


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