El Club, de Pablo Larraín

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octubre 30, 2015 por Roberto García-Ochoa Peces

Este estreno proveniente de Chile aborda un tema en extremo delicado como es el de los abusos por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica. Un tabú que se revela sin ambages, indagando con sutileza y sin ningún asomo de morbosidad en todas sus aristas. El club, dirigida por Pablo Larraín, se alzó con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín de 2015.

Póster de la película El club, dirigida por Pablo Larraín

País: Chile
Año: 2015
Duración: 98 min.
Director: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín, Daniel Villalobos
Fotografía: Sergio Armstrong
Música: Carlos Cabezas
Reparto: Roberto Farías, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso
Productora: Fabula
Página web y tráiler

 

EL SAMBENITO DE LA RELIGIÓN

Cuando una persona se somete, una parte de su ser se desvanece en el camino que conlleva su recorrido vital. El acto de someterse implica una (auto)reducción, un plegarse ante lo que viene y un encontronazo con el futuro, desgajado a su vez de la normalidad para siempre. El sometimiento personal suele entenderse agravado cuando es forzado u obligado, generalmente escandaloso al verse ligado a la violencia con nuestro semejante, si bien la vertiente voluntaria y libre también implica un acto violento, sólo que esta vez interior, para con uno mismo, lo que equipara la consecuencia de ambos, el marcado indeleble de aquello que rije nuestro raciocinio para que ya nada vuelva a ser igual.

Alfredo Castro amaestrando a su galgo en El club

En torno a este acto ruin, cruel e inmisericorde, efectuado en el marco del individuo y extensible hacia el colectivo, se constituye El club, última realización del chileno Pablo Larraín. Y para hablarnos (de manera harto lúcida) de lo que en él acontece, emplea la sutileza como arma de derribo para un espectador que, sin embargo, no puede dejar de sobresaltarse ante los hechos narrados. Demostrando que el sigilo no está reñido con la invasión, que la destrucción no tiene por qué revelarse escandalosa; el encuentro con la ignominia del ser humano, con los peores retazos desperdigados por Dios en la hora de la construcción de este perro mundo, se asume desde la tranquilidad y el sosiego, lo que hace aún más fuerte su impacto exterminador de la razón.

El ambiente que se respira en el microcosmos representado por cuatro exsacerdotes retirados de manera forzosa por la curia a una casa junto al mar y vigilados por una mujer, va más allá de lo enfermo para abrazar lo enfermizo. Esa reclusión no pretende expiar sus pecados del pasado -inconfesables, inasumibles, sin posible retorno hacia la cualidad humana a la que estos individuos debieran haberse entregado desde una honrosa voluntariedad-, sino que manifiesta una encerrona sicológica que unir a su patente degradación física, en una comunión de exquisita sordidez y que explicita la ruina del desempeño religioso e invalida la (sin)razón del dogma. No se trata de punir la evidente posibilidad de caer en la tentación, sino en el hecho de recalcar que la metodología inherente a la causa religiosa facilita esta opción, y que la fatalidad de su desenlace no tiene cura y menos aún bajo muros de oscuridad. En este sentido, el férreo personaje femenino actúa de catalizador de la ocultación, se trata del auténtico eje de un mal palpable pero que se quiere invisible, por más que en ocasiones salpique en todas las direcciones; es entonces cuando el ejercicio de su incuestionable inteligencia se pone al servicio de un proteccionismo que no es tal, sino un contaminante de deshonra desde la apariencia de irrelevancia, de un falso reposo interior.

Los integrantes de El club, de Pablo Larraín

La natural mirada del terror

A su vez, el esforzado entrenamiento que el miembro del club con más protagonismo a lo largo del relato (el Padre Vidal, contenido y temible Alfredo Castro, habitual del realizador) efectúa con el galgo de carreras que este abyecto clan posee, alimenta y exponencia el odio y afán posesivo que ha llevado al grupo a su situación actual, desprovisto de signos de cariño más allá de la interacción mecánica y rutinaria (lo que, finalmente, desembocará en una esperable tragedia). Así, se hace sufrir al animal sin importar su término, con la única meta de la satisfacción pírrica, la victoria absurda en el campeonato de los necios. No hay conato de deportividad porque en el universo de estos desvalidos no se conoce la palabra equipo o rivalidad desde un ámbito cercano a la normalidad. Ni tampoco reflota una espiritualidad auténtica, toda vez desvirtuada la belleza de los elementos que la iban a instaurar como elemento narrativo (véase la introducción de algunas composiciones clásicas, que comienzan a ser cantadas por el grupo pero que el realizador pronto deja transcurrir de mano de su intérprete original; una lectura de la corrupción de la armonía artística, de su imposible representación por parte de impostores).

La puesta en escena de Larraín es seca, concisa y directa. Una parquedad formal que está en consonancia con el rigor de su terrible relato, de manera que este no pierda ni un ápice de su fuerza, la cual emana directamente de las contundentes líneas de diálogo así como de las escalofriantes confesiones (en voz alta y paridas desde una herida que supura muerte en vida) por parte del personaje que viene a alterar el orden establecido en la comunidad: Sandokan. El director se vale de un escaso número de caracteres para conformar este implacable retrato de la pobreza humana, y a los mencionados hay que sumar otro que viene a apaciguar el desconcierto generado en el seno de la casa, para lo cual no dudará en enfrentarse a la dominatrix reprimida a pesar de revelarse de idéntica condición (o peor, por cuanto cuestiona pero silencia, y a la postre incluso expande la maldad a la que ha tenido acceso). Cada uno de ellos desempeña una función importante en el devenir de la narración, pero es el referido personaje encarnado por un impresionante Roberto Farías el que se erige como clave para desentrañar la anulación de identidad a la que estamos asistiendo -y que emparenta el film con cintas como Saló o los 120 días de Sodoma Funny Games, descartando la opción de la explosión violenta que impregnaba a estas-; su descarnada interpretación incendia el grado de perjuicio que puede ocasionar un abuso, y el verismo de su registro autentifica la marca imborrable que genera la manipulación del poderoso sobre el débil.

Sandokan (Roberto Farías): la piel ultrajada, el alma extirpada

Sandokan (Roberto Farías): la piel ultrajada, el alma extirpada

El club es mucho más que una película tocante a la denuncia religiosa y con la forma de espejo de la inmisericorde connivencia con los escándalos que perviven en su seno. Se trata de un soberbio ejercicio de verismo cinematográfico, planificado desde la tranquilidad pero absolutamente devastador, inquietante en su recorrido y desesperanzador en su mensaje, que pretende incomodar porque la verdad de las cosas no puede encararse con tibieza sino con implacabilidad. Un asomo al precipicio de la inmundicia humana, que a pesar del miedo que puede suponernos, está más próximo de lo que creemos. Cine de terror sin destilar.

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