Witchfinder General, de Michael Reeves

abril 2, 2019 por Roberto García-Ochoa Peces

El crítico argentino Federico Fornasari vuelve a colaborar con este portal, tras su comentario en torno a Malpertuis, y desgrana en esta ocasión la coproducción entre Reino Unido y Estados Unidos Witchfinder General, conocida en Latinoamérica como Cuando las brujas arden. Encarándola desde una perspectiva antes jurídica y criminóloga que fílmica, explica por qué se trata, en realidad, de una adaptación del libro Malleus Malleficarum, célebre manual de uso que tomó la Santa Inquisición para emprender una oleada de cruentos crímenes a lo largo y ancho de Europa bajo el manto inexpugnable de la fe cristiana.

 
Póster norteamericano de Witchfinder General, como The Conqueror Worm

Título original: Witchfinder General
País: Reino Unido, EE.UU.
Año: 1968
Duración: 96 min.
Director: Michael Reeves
Guion: Michael Reeves y Tom Baker, sobre la novela escrita por Ronald Bassett
Fotografía: John Coquillon
Música: Paul Ferris
Intérpretes: Vincent Price, Robert Russell, Hilary Heath, Ian Ogilvy, Rupert Davies, Nicky Henson
Género: histórico, terror, drama
Productora: American International Pictures


 

Matthew Hopkins, secuestrador de Dios

Si hay un tema realmente escabroso que el cine de terror ha tratado es el de la conocida Santa Inquisición. Dicha temática se ha inspirado notablemente en hechos reales, y uno de los mejores exponentes es Cuando las brujas arden (Michael Reeves, 1968), fiel reflejo de todos los actos macabros que la institución medieval referida utilizaba en nombre de Dios, con la excusa de salvar al mundo de los estragos de Satanás.

A finales del año 1967, Vincent Price partió hacia Inglaterra para filmar la película que analizamos. Bajo el título original de Witchfinder General, fue conocida y estrenada en Estados Unidos con el título The Conqueror Worm[1], siendo la productora American International Pictures quien se encargase de su distribución, con la condición, precisamente, de que el citado actor interpretara el papel del oscuro inquisidor. En tierra insular lo esperaba, sin muchas ganas, el joven y malogrado director Michael Reeves, quien para dicho rol deseaba haber contado con Donald Pleasense. Tales circunstancias hicieron complicado el rodaje, ya que, según comentarios de Price, Reeves carecía de tacto para tratar a los actores. Pese a ello el producto final exhibe la mano talentosa del entonces prometedor realizador, quien nos legó una cinta impactante, plagada de todos los horrores posibles cometidos por representantes de la Inquisición, bajo la apariencia de justas decisiones terrenales y divinas[2].

Vincent Price en una imagen de Witchfinder General

Matthew Hopkinks, mirada altiva

Recordemos que en este grandioso film Vincent Price personifica a Matthew Hopkins, brutal cazador de brujas que, junto a su ayudante John Stearne (Robert Russell), recorre comarcas en la Inglaterra del siglo XVII cometiendo todo tipo de crímenes bajo el manto de impunidad que supuestamente le ha otorgado el poder de la Iglesia. En efecto, el atroz Hopkins y su ayudante se aprovechan del desconcierto social y político en territorio inglés, producto de la cruel guerra civil que enfrentaba a la monarquía de Carlos I con los rebeldes liderados por el popular Oliver Cromwell. El temible personaje, entre otras barbaridades que no dan respiro, tortura, viola, secuestra, asesina a mansalva y obtiene favores sexuales a cambio de falsas indulgencias. En uno de los pueblos, ambos secuaces llegan para ajusticiar a dos mujeres imputadas de brujas, pero también maltratan al sacerdote del pueblo (Rupert Davies) bajo la sorpresiva acusación de pactar con el demonio. En realidad la grotesca idea de ambos es extorsionar y abusar sexualmente de su hermosa sobrina (Hilary Heath, como Hilary Dwyer), de la que se sienten inmediatamente atraídos. Todo ello acarreará luego el deseo de venganza de su novio (Ian Ogilvy), un soldado -más tarde ascendido a capitán- de los parlamentarios de Cromwell.

La película posee escenas de extrema violencia, tensión y mucho contenido sexual; un clima insano la rodea durante todo su metraje, logrando el director una destacada puesta en escena que nos transporta a la época. Hubo, hasta ese entonces, varias películas que trataron el tema de la Inquisición, pero Reeves lo revitaliza, apoyado en la impresionante actuación de Price. En su perfección formal, más allá del sadismo, el filme exhibe varias capas de lectura e interrogantes que se vinculan a una verdad irrefutable: la Inquisición quemó a un enorme número de mujeres en toda Europa.

Hilary Heath e Ian Ogilvy en una imagen de Witchfinder General

Hilary Heath e Ian Ogilvy, felizmente prometidos en la ficción


 

En el nombre de Cristo

Ahora bien, ¿cómo se explica que en el nombre de Cristo se hayan cometido semejantes atrocidades? Vale la pena recordar algunos hechos y conceptos de la época para aproximar una respuesta, no sin antes referir, en primer lugar, que la película sitúa la historia en una etapa ya tardía de la Inquisición, que como organismo oficial había nacido casi cuatrocientos años antes. La Inquisición Romana fue creada a principios del siglo XIII para perseguir a los jipis de la época: cátaros y albigenses, comunidades que desafiaban la autoridad del Papa y de la Iglesia; ellos sostenían que no necesitaban intermediarios para comunicarse con Dios. Tales ideas alteraban la tan preciada “paz social” impuesta por los dogmas religiosos y los monarcas. Por tal razón fueron considerados herejes y, por ende, exterminados.

El primer manual para el uso de los inquisidores fue escrito por Bernardo Gui, tristemente célebre por sus atrocidades y popularizado en la película El nombre de la rosa (Der Name der Rose, 1986, Jean-Jacques Annaud), a través del rol que encarna F. Murray Abrahams. Bernardo existió y fue uno de los inquisidores más efectivos en esto de matar enemigos de la institución eclesiástica. Pero cuando la Inquisición se quedó sin herejes, se lanzó específicamente contra la brujería; el “mal” de la época dio lugar a la ciencia conocida como demonología[3]. Y si bien ya el hombre antiguo vivía inmerso en ideas mágicas y en la superstición, la cuestión se vuelve verdaderamente crítica a partir del siglo XVI, cuando a tales creencias como explicación para toda desgracia o casualidad, se le agrega la presencia del demonio. En el marco de los conflictos producidos en la Iglesia por la Reforma y la Contrarreforma, la lucha en contra de “los enemigos de Dios” adquiría una importancia esencial, que comprometía la existencia misma de la sociedad del momento.

Rupert Davis y Robert Russell en una imagen de Witchfinder General

Rupert Davis infringe el castigo físico a Robert Russell

Dentro de una época fuertemente marcada por las luchas religiosas, las brujas eran consideradas como terroristas rebeldes que perturbaban el orden externo del Estado al traicionar a Dios e, indirectamente, al líder terrenal consagrado (monarca, señor feudal, etc). Las prácticas de culto al demonio eran vistas como verdaderas asociaciones ilícitas, lo cual dio lugar a la necesidad de instrumentar su persecución. Así fue que leyes, bulas, tratados o manuales fueron encargados a sacerdotes, reformadores o inquisidores especialistas en temas del demonio, para lograr una adecuada persecución de quienes, a través de “pactos con el maligno”, podían poner en tela de juicio la paz social.

 

Un reflejo fílmico del Malleus Malleficarum

En esta gran película de Reeves vemos mucho de esto: el sádico inquisidor recorre comarcas a petición de sus pobladores, que creen ver en cada esquina una bruja conversando con el demonio; los juicios se llevan a cabo de forma veloz; y destaca especialmente la confesión bajo tortura como un elemento clave para el dictado de una sentencia rápida y cruel. Y he aquí un hecho fundamental: la tortura tenía como fin no solo la confesión de la propia intervención, sino la delación de otros partícipes. El director inglés exhibe eso en la película: la sobrina es extorsionada, debe entregarse sexualmente para evitar la muerte de su tío, y a la postre la suya. Se suponía, en la época, que una bruja conocía la identidad de las demás, por eso era importante no matar rápidamente al confesor, sino hacerlo durar para que identificase a otros.

El fuerte contenido sexual destaca durante todo el filme, especialmente exhibido por los sometimientos que padece la bella sobrina del párroco. Más allá del atrayente o macabro elemento accesorio a la obra en general, lo cierto es que tales características, como otras asentadas brillantemente en la película, tienen su base en un hecho histórico irrefutable que subyace magistralmente en la narración: el inquisidor Hopkins, aunque no lo refiera la película ni lo mencione expresamente el personaje de Price, actúa bajo el manto de impunidad que le otorga el famoso Malleus Malleficarum, también conocido como El Martillo de las Brujas.

Es este un libro en el que se explica el origen de las brujas, se dan las reglas para investigarlas, se aconseja cómo torturar para descubrirlas y, finalmente, el método más adecuado para erradicarlas. Es un verdadero manual de instrucciones, aprobado oficialmente por la Iglesia en esa época, para el uso de los inquisidores. Fue escrito en el año 1486 por dos sádicos monjes: Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, dupla sanguinaria que se había cansado de quemar brujas en el norte de Italia y en la Europa central de habla alemana. Por lo tanto, sabían bien lo que se traían entre manos al asentar por escrito la mejor forma de perseguirlas. Leyéndolo en la actualidad, lo primero que viene a la mente es que todo se trata de un delirio, una locura absoluta de la que emanan constantes fijaciones sexuales, con especial hincapié en la discriminación de la mujer: habla mayormente de brujas, no tanto de brujos. Mas allá de eso, se entienden los motivos de la permanencia del Malleus en su momento: está muy bien escrito, sistematizado y otorga reglas claras para su uso. En la época fue lo más parecido a un best seller, ya que lo compraba todo el mundo, incluso casi tanto como la Biblia. Hoy muy poca gente lo conoce o, en tal caso, lo toma como una curiosidad menor.

Nicky Henson en una imagen de Witchfinder General

Nicky Henson en una expresión de pavor ante las atrocidades

En cualquier caso, dicha obra tiene una primera parte dedicada a las causas del mal y sostiene una afirmación irrefutable: las brujas existen y será considerado hereje quien dude de su existencia. Hay lógica en esto, ya que quien dude de la existencia de las brujas dudará de la autoridad de los autores del libro y, por tanto, de la legitimidad del tribunal de inquisidores. El que niegue esto o crea que es exagerada la persecución será considerado un criminal y como tal llevado a la pira junto a la bruja.

Todo lo anterior lo refleja Reeves en su película, y es que Hopkins tortura a partir de una verdad irrefutable: la bruja existe y quien dude se va con ella al fuego. Además, el mismo inquisidor lo dice: la brujería es el peor pecado que existe. El libro, también: los amigos Kramer y Sprenger sostienen que la brujería era más grave, incluso, que el pecado original, porque al final Eva se dejó tentar por el diablo y comió la manzana, pero la bruja es peor, porque acuerda, negocia con el maligno a sabiendas de quién trata[4]. ¿Y por qué las brujas? ¿Y por qué la mujer? Sencillo, dicen los inquisidores. El diablo no puede ser el único autor material del delito, del mal, si esto fuera así no se podría castigar al ser humano, privarlo de sus bienes más preciados. Así, las brujas se manifiestan como la cooperación humana que necesita el maligno para hacer el mal. Y además, en su negociación con el demonio copulan con él, erigiéndose en vehículos idóneos para sus hijos.

Estos fundamentos tienen una base histórica. Se toma como un dogma en el Malleus y subyace en la película: en la época, para muchos, las mujeres eran consideradas más crédulas e impresionables que los hombres, y por ello Satán podía tentarlas con mayor facilidad. Otros las consideraban inferiores biológicamente, más susceptibles a la necedad y al pecado. En el libro hay un capítulo de más de veinte páginas que reúne las citas más misóginas de todas las épocas hasta ese momento, y concluye que la mujer es, sin duda, inferior al hombre, tanto en inteligencia como en sentimientos. Lo cual alude a una cuestión genética, de fábrica por así decir, que consiste para los inquisidores en que la mujer fue creada a partir de una costilla curva del pecho de un hombre y, de esta manera, la curvatura de la mujer contrasta con la rectitud del hombre.

El director Michael Reeves no tiene piedad. Cada encuentro o acusación a una mujer por parte de Hopkins contiene todo el sadismo posible de cara a cerciorar las ideas del Malleus: la “bruja” es lentamente depositada en la hoguera mientras se la sigue torturando, todo retratado bajo los peores alaridos y una atmósfera enfermiza. Una locura absoluta que se traspasa a las creencias de la dupla de autores antes referida, quienes afirman una cuestión etimológica de carácter, cuanto menos, dudoso. Y es que argumentan que fémina proviene de “fe” y “minus”, o sea, menos fe, por lo tanto debe ser materia de tutela y vigilancia constante. Cualquier cosa era suficiente para sostener que la mujer era inferior y , por lo tanto, bruja.

¿Y todo esto en nombre de Cristo, decíamos al principio? Pues sí, Cristo no es guerrero, pero se alza ante él un enemigo guerrero: Satanás con sus legiones de demonios en forma de ejército. Así, dado que hay que mantener la paz divina en la tierra, a ese terrible enemigo se le debe oponer otro ejército, también guerrero, y jerarquizado. Por eso se dice que la Inquisición secuestra a Dios. Ya no baja El en persona a resolver disputas como hace en las ordalías o en los Juicios de Dios. Aquí no, permanece al lado del inquisidor, del que interroga en el juicio. El inquisidor tiene secuestrado a Dios, y, por ende, puede forzar y coaccionar al interrogado, porque siempre lo hace en razón del bien, nunca puede hacerlo por mal, porque Dios está de su lado. No necesita controles de nadie, porque mantiene secuestrada la máxima garantía.

Póster promocional del Reino Unido de Witchfinder General

Cuando las brujas arden informa esto de manera sutil, lenta, cadenciosa y en perfecta alineación a través de las despiadadas secuencias, al igual que el tristemente célebre Malleus lo hacía mediante sus capítulos bien ordenados y sistematizados. Ambos con el afán de muerte que vive en el hombre. Es una cinta inhumana porque observa sin piedad a los humanos. Y plasma en el epílogo las lógicas palabras de Poe, cuyo poema dio origen a su título en Estados Unidos: “Y los ángeles todo dicen, dejando el teatro crudo, humano: es la tragedia del hombre, el cuento… y el héroe, el gran conquistador Gusano”.

Federico Fornasari

 
[1] En Latinoamérica con el de Cuando las brujas arden, mientras que en España apareció en vídeo con el más fidedigno de El general Witchfinder, si bien con posterioridad también saldría publicada con el anterior.

[2] Michal Reeves falleció a las 25 años producto de una sobredosis de drogas. No quedó claro si lo hizo en forma voluntaria o se trató de un accidente. Lo cierto es que el hecho ocurrió poco después del estreno de esta película y solo tenía en su haber las anteriores The She-Beast (1966, titulada en España como La hermana de Satán), y Bajo el poder de la maldad (1967, titulada originalmente como The Sorcerers, con Boris Karloff en el rol principal).

[3] La inquisición romana no debe confundirse con la española, que fue más un instrumento político en manos de los reyes y especialmente dedicada a perseguir herejes y judíos conversos, con cuyas fortunas se quedaba, pero en general no tenía como principal blanco a las brujas.

[4] Zaffaroni, Eugenio. Apuntes sobre el pensamiento penal en el tiempo (Caba, Buenos Aires: Hammurabi, 2007).

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