Crítica de Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín

En su debut en el largometraje, Gabriel Azorín convierte unas antiguas termas romanas en un espacio suspendido en el tiempo, donde la palabra desnuda la amistad masculina y tiende puentes entre cuerpos separados por veinte siglos. Anoche conquisté Tebas encuentra en la conversación, el agua y la espera la materia de un cine tan íntimo como insólito, que merecería una mayor reivindicación (y presencia) en salas.

Póster de Anoche conquisté Tebas, dirigida por Gabriel Azorín

País: España, Portugal
Año: 2025
Estreno: 28-8-2026
Duración: 112 min.
Director: Gabriel Azorín
Guion: Gabriel Azorín, Celso Giménez
Fotografía: Giuseppe Truppi
Montaje: Ariadna Ribas
Intérpretes: Pavle Cemerikic, Santiago Mateus, António Gouveia, Oussama Asfaraah
Género: Cine onírico, amistad masculina
Productora: DVEIN Films, Filmika Galaika, Bando à Parte

EL TIEMPO DE LA PALABRA

Hace solo unas semanas, con motivo del estreno en salas de Mala bèstiahacía mención a la cualidad fantasmal de cierto cine español independiente. Anoche conquisté Tebas, debut en el largometraje de Gabriel Azorín, resucita esta maldición compartida (o autoasumida, toda vez que sus creadores compran participaciones de un sorteo condenado de antemano ante el engranaje de los estrenos de consumo masivo, que a duras penas hacen sobrevivir a las salas). Y eso a pesar de la excelencia previa en el recorrido por el circuito de festivales: estrenado en la Biennale de Venecia, dentro de la sección Giornate degli Autori, obtuvo los galardones a la Mejor Fotografía y Guion, pasando posteriormente por la SEMINCI, donde se alzó con el Premio Especial Fundos.

Pero la citada conexión no alude en exclusiva a su casi invisible exhibición –actualmente, solo puede verse en la capital en los Cines Embajadores, Cineteca y el Círculo de Bellas Artes, con pases muy reducidos–, sino a la (loable) manera en que las imágenes se adueñan de un espíritu de creación inquebrantable, nacido de la propia experiencia íntima. Así lo ha confesado el cineasta albaceteño en diversas entrevistas: después de visitar y bañarse en las termas romanas de Bande (Orense), tuvo la epifanía de rodar en este lugar casi mágico, enclave de un campamento militar romano construido en el siglo I, que aparece y desaparece a merced de inundaciones temporales. 

Una imagen de Anoche conquisté Tebas, dirigida por Gabriel Azorín


La película se inicia siguiendo el camino que emprende un grupo de amigos portugueses para llegar hasta las termas, rodeadas de un pantano de complicada travesía. Escuchamos sus conversaciones casuales como si de soldados que acumulan batallas se tratara; de hecho, hablan de conquistas en diversos lugares. ¿Proyecciones imaginarias fruto del cansancio o un universo paralelo? En realidad, un homenaje de Azorín y el coguionista Celso Giménez a Gus Van Sant, en concreto a Gerry (2002), donde uno de sus intérpretes pronuncia exactamente la frase que da título a la que nos ocupa. El territorio virtual como sucinto trasunto de las vivencias en primera persona, afianzadas al fusionarse entre amigos. De este u otro tiempo.

A su llegada al recinto, tiene lugar uno de los planos más bellos del cine español reciente: a través de la visión cenital que posibilita un dron, su progresivo alejamiento nos distancia cada vez más de aquellas palabras y cuerpos hasta hacerlos irreconocibles desde la altitud, solo para detenerse cuando el cuadro revela el esqueleto de la construcción romana al completo. Será el instante de máxima separación; a partir de entonces, la cámara volverá a aterrizar a ras de suelo, agua y piedra, para sentarse a escuchar las confesiones íntimas de nuestros protagonistas. Las de ellos y las de un grupo de jóvenes soldados romanos de quienes los separan veinte siglos, pero que expresan preocupaciones y anhelos muy similares, en descanso, unos y otros, de sus respectivas batallas. El encuentro y natural abrazo entre todos ellos supondrá la particular epifanía fílmica que alumbra la verdad que yace bajo Anoche conquisté Tebas.

Los soldados romanos en Anoche conquisté Tebas, dirigida por Gabriel Azorín

El corazón que atraviesa todo lo anterior es la palabra. Sin ánimo trascendental. Tan solo desnudar la amistad masculina hasta que caiga la última gota de sudor; un desafío mayúsculo. Por eso Azorín no tiene miedo a dejarla reposar en plano fijo durante veinte minutos, aunque implique que el ocaso acabe por fundir a negro la imagen y solo permanezca el brotar de los sonidos. Y con ello consigue superar, no con poca pericia técnica, el reto de la iluminación, haciendo brotar de forma casi mágica el calor que emana de los vapores del agua y de la lengua hablada –en el caso de los romanos, recuperando el latín, lo que aporta otro toque diferencial–, al tiempo que introduce sutiles matices en derredor, apenas perceptibles en el plano, pero presentes, desde la gradación del tono de la imagen hasta el revelador diseño de sonido: el agua nunca deja de hacerse oír, sea al removerla con los cuerpos, mientras fluye de manera natural entre la piedra, o cuando cae en forma de ligera lluvia. Ante esta tendencia a la pausa, a rehuir voluntariamente la urgencia (cinematográfica o no) tan presente en los tiempos actuales, sumada al naturalismo del paisaje rural, cabría traer a colación el nombre de Béla Tarr; sin embargo, la atención extrema a los cuerpos semidesnudos, a su interacción reposada y, sobre todo, a la palabra intercambiada, hace pensar en el milagroso cine de Pedro Costa.

Imagen de Anoche conquisté Tebas, dirigida por Gabriel Azorín

Solo queda reflexionar sobre el instante de la transición. La fluidez con que la imagen es capaz de desplazarse y transmutar entre dos mundos que, en espíritu, son en realidad el mismo. Y se logra, de nuevo, merced a una naturalidad (y una neutralidad) dignas de asombro. De hecho, un espectador no demasiado atento corre el riesgo de perderse en ese momento de fuga, de limbo inaprensible. Aunque puede que, justamente, sea eso de lo que se trate: de mudarse y residir en el sueño compartido, sin que la vigilia entorpezca semejante conexión supraterrenal.


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