La restauración en 4K de The Devils (1971), la obra más blasfema y desatada de Ken Russell, recupera el metraje censurado que durante décadas alimentó su condición de película maldita. Basada en los hechos reales de las posesiones de Loudun, esta orgía de fanatismo religioso, represión sexual y violencia política arremete sin contemplaciones contra la alianza entre Iglesia y Estado. Con Oliver Reed y Vanessa Redgrave entregados a interpretaciones febriles, una dirección artística de Derek Jarman de extraordinaria fuerza visual y la disonante partitura de Peter Maxwell Davies, Russell construye un espectáculo operístico cuya radicalidad trasciende la provocación. Una de las películas más extremas de la historia del cine, ahora más cerca que nunca de la visión de su autor.

País: Reino Unido
Título original: The Devils
Año: 1971
Estreno original: 16-7-1971
Reestreno: 16-10-2026
Duración: 111 min.
Director: Ken Russell
Guion: Ken Russell y John Whiting, sobre la novela de Aldous Huxley
Fotografía: David Watkin
Música: Peter Maxwell Davies
Intérpretes: Oliver Reed, Vanessa Redgrave, Dudley Sutton, Max Adrian, Gemma Jones, Murray Melvin, Michael Gothard
Género: drama histórico, terror, cine religioso
Productora: Russo Productions, Warner Bros.
LOS DEMONIOS DE KEN RUSSELL: LA HEREJÍA COMO ESPECTÁCULO
Basada en la novela The Devils of Loudun, de Aldous Huxley, y en la obra teatral de John Whiting, ambas inspiradas en el caso real de las posesiones de Loudun de 1634, The Devils (Ken Russell, 1971) se cuenta entre las películas más heréticas —cuando no directamente blasfemas— de la historia del cine. No deja de resultar paradójico que semejante artefacto de provocación surgiera del Reino Unido, una industria sometida a un riguroso examen censor, especialmente implacable con las manifestaciones más extremas del cine de género. La historia de su accidentada distribución, marcada por los cortes y las prohibiciones, constituye un capítulo inseparable de su propia leyenda.

El filme supone una diatriba sin concesiones, grandilocuente y sangrante contra los estamentos encargados de administrar el poder, con especial saña hacia la Iglesia católica y la Corona. Dos instituciones que se retroalimentan hasta conformar un monstruo cuya derrota se antoja prácticamente imposible, como sufrirá en sus carnes Urbain Grandier (Oliver Reed), sacerdote de espíritu crítico e inclinaciones libertinas, contrario al celibato y aficionado a los escarceos amorosos. Convertido en una figura casi mesiánica para la población, Grandier despierta también las pulsiones reprimidas de Sor Juana (Vanessa Redgrave), superiora de un convento que, lejos de constituir un refugio espiritual, se revela como un hervidero de frustraciones y deseos inconfesables. Russell retrata así una sociedad en la que la religión y la moral se convierten en instrumentos de sometimiento, mientras el fanatismo proporciona la coartada perfecta para eliminar a quienes incomodan al poder.
La violencia y el desatamiento sexual avanzan en una escalada de exceso que alcanza su clímax en algunos de los pasajes más controvertidos del cine de su tiempo: desde la masturbación de Sor Juana con un hueso calcinado hasta la célebre secuencia de las monjas que profanan sexualmente un crucifijo. La propia dirección de Russell, especialmente en la conducción de sus actores, cuyas interpretaciones enfáticas y deliberadamente histriónicas acentúan la teatralidad del conjunto, contribuye a esa dimensión operística que define la película. A semejante histeria colectiva contribuye también la partitura de Peter Maxwell Davies, con sus disonancias extremas y giros frenéticos, en abierto contraste con las piezas barrocas y renacentistas que acompañan la pompa ceremonial del poder. También resulta decisiva la dirección artística de Derek Jarman: sus decorados geométricos, desnudos y luminosos confieren a la película una dimensión casi irreal, donde la claridad no simboliza pureza, sino que expone sin escapatoria la corrupción de los cuerpos y las instituciones. Pocas veces la dirección de arte ha contribuido de forma tan determinante a la construcción de una obra cinematográfica.

La recuperación de The Devils adquiere especial relevancia por la restitución del material amputado antes de su estreno. La historia más fascinante tiene como protagonista al crítico Mark Kermode, empeñado durante años en localizar la secuencia conocida como The Rape of Christ («La violación de Cristo»). Su búsqueda lo condujo hasta los archivos de Warner Bros., donde descubrió una lata etiquetada como «C Cut 89». En su interior se encontraban los célebres 89 segundos eliminados en 1971, correspondientes a la secuencia de las monjas y el crucifijo.
El hallazgo permitió a Kermode emprender la reconstrucción de la secuencia con la ayuda de Michael Bradsell, montador original de la película, quien insertó físicamente los negativos recuperados en una cinta máster digital (DigiBeta). El propio Russell supervisó y aprobó entusiasmado el resultado como su auténtico Director’s Cut, que llegó a proyectarse una única vez, de forma casi clandestina y por sorpresa, en el British Film Institute (BFI) de Londres, con el cineasta presente. Sin embargo, los ejecutivos de Warner Bros. bloquearon su distribución al seguir considerando blasfemo aquel metraje. No ha sido hasta la creación de Warner Bros. Clockwork, subsello destinado a gestionar y poner en circulación material de archivo, cuando la productora ha liberado finalmente esta versión, ahora restaurada en 4K.

Más de medio siglo después, The Devils conserva intacta su capacidad de abrasión. Su exuberancia formal, su imaginería sacrílega y su violencia desmedida no son meros ejercicios de provocación, sino las herramientas de una denuncia feroz contra unos poderes capaces de instrumentalizar la fe, la culpa y el deseo para perpetuarse. Una obra excesiva, incómoda y profundamente subversiva cuya recuperación permite, por fin, aproximarse mejor a la dimensión de una de las películas más radicales no ya de Ken Russell, sino de la historia del cine del siglo XX.

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