Na Hong-jin regresa al cine con Hope, un desbordante artefacto cinematográfico que transita entre la ciencia ficción, el terror y la acción sin renunciar a su habitual humor socarrón. En la frontera entre las dos Coreas, una invasión alienígena desata una espiral de violencia en la que el miedo parece imponerse a cualquier atisbo de reflexión. Pero bajo su apariencia de espectáculo desmesurado, la película esconde una mirada bastante más inquietante: la del ser humano enfrentado a lo desconocido y dispuesto a exterminarlo antes incluso de intentar comprenderlo. Una nueva muestra del singular talento del cineasta surcoreano para retorcer los códigos del género.

País: Corea del Sur
Título original: Hope
Año: 2026
Estreno original (Corea del Sur): 15-7-2026
Estreno en España: 30-10-2026
Duración: 156 min.
Director: Na Hong-jin
Guion: Na Hong-jin
Fotografía: Hong Kyung-pyo
Música: Michael Abels
Intérpretes: Hwang Jung-min, Zo In-sung, Hoyeon, Michael Fassbender, Alicia Vikander, Taylor Russell, Cameron Britton
Género: ciencia ficción, thriller, acción
Productora: Forged Films, Plus M Entertainment, Westworld
LA ÚLTIMA FRONTERA DE LA HUMANIDAD
Hay poca esperanza en Hope. Acaso su director, Na Hong-jin, tan solo quisiera establecer un juego de palabras con el nombre del lago que hay cerca de la población donde se desarrollan los hechos de su nueva película, la cuarta en dieciocho años de carrera. No sería de extrañar, dada su cáustica manera de encarar los géneros cinematográficos, donde el humor socarrón juega un papel fundamental en la narración. Pero sobre esto ahondaremos próximamente, a través de un texto que pondrá unas notas a la obra del cineasta surcoreano.
La falta de esperanza en Hope tiene que ver con el modo en que el ser humano se enfrenta a una situación, antes que imprevista, devastadora. Aquí, la invasión alienígena en un contexto muy concreto: la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, en un tiempo no revelado, pero que, a tenor de la ambientación y de determinados objetos —en especial, las armas—, se adivina que corresponde a mediados de los ochenta. Una época convulsa, en la que aún persistía una profunda fractura política y humana entre ambas Coreas, y donde vigilar al vecino era casi una cuestión de Estado, tal y como se encarga de visualizar la cinta mediante determinados carteles. La reacción ante la aparición de los monstruosos visitantes por parte del jefe de la policía local, ayudado por una agente y un grupo de lugareños, es la de disparar a discreción. Sin pausa, con la máxima energía producto del miedo (de toda clase de miedos…) y sin lugar para una mínima reflexión, aun a costa de la propia vida.

Hay una escena definitoria en este sentido. Doblemente chocante. En medio de la persecución que sucede durante la primera hora del prolongado metraje —un frenesí de escapismo cinematográfico que, por sí solo, justifica el visionado de esta obra conscientemente excesiva—, vivimos en la carne del policía protagonista el desconcierto de una amenaza exterminadora que tarda en ser revelada. La imagen se ralentiza entonces casi hasta la pausa para aproximarse a los ojos del engendro, que mira de frente a los de aquel mientras echa a llorar. Hong-jin establece un doble juego: por un lado, humaniza a la bestia —¿qué hace aquí y por qué reacciona violentamente a su obstinada persecución?— mientras deshumaniza al ser humano. Para lograrlo en la praxis cinematográfica, establece un cambio de paradigma en el ritmo asentado hasta entonces, reforzando así el impacto del plano. He aquí una muestra sencilla de la maestría en la puesta en escena: o cómo guiar la intencionalidad del relato a través de sus imágenes.
Hay otra escena de similar impacto, solo que en esta el antes comentado humor maniobra como espejo de nuestra condición y, posiblemente, de nuestro destino. Un viejo le cuenta a la oficial de policía que atiende sus heridas la experiencia de su encuentro con los seres: en medio del bosque, bajo un árbol caído y con la criatura a escasos metros, cruzan sus miradas. El hombre se aguanta a duras penas las ganas de cagar para no hacer ruido ni desprender olores, para lo que mantiene apretado el dedo corazón dentro de su ano (sic). No recuerdo una ocurrencia de semejante ingenio, capaz de quebrar la tensión acumulada, en una película reciente. Al menos, no en el cine occidental, más proclive a la ortodoxia a la hora de articular un género como el de la ciencia ficción alienígena.

Sin embargo, Na Hong-jin no duda en recurrir a referentes de este lado del mundo a la hora de construir su imaginario. El aspecto antropomórfico y gigantesco de los visitantes, encarnados por Michael Fassbender y Alicia Vikander, remiten inevitablemente a las criaturas de la saga Avatar, de James Cameron; el diseño de la nave, por su parte, bebe directamente del universo visual de H. R. Giger, popularizado por Ridley Scott en Alien (1979). Empero, y pese a tratarse de una producción millonaria, los efectos especiales pueden resultar limitados en determinados pasajes, en especial cuando las criaturas se integran con el fondo real, lo que puede traernos a la memoria la imagen de un videojuego.
Hope es un festival que cruza géneros cinematográficos y aprisiona y violenta al que la mira con la cinética propia de una montaña rusa. En el fondo no es sino una apisonadora de acción que no da respiro —salvo honrosas excepciones, como en las escenas repasadas—, precisamente para subrayar, de manera indirecta, la paradoja de su corazón: el exterminio indiscriminado, fútil y sin sentido del diferente que se adentra en el territorio que habitamos. ¿Y que nos pertenece? La respuesta a esta pregunta la plantea el propio director en su plano final, una vez más de manera implícita. Y no descarto que se trate de una última mofa por su parte: la promesa de una continuación que quizá nunca llegue a materializarse y tras la que, en realidad, solo exista el vacío.


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