Heat. El vigor del policiaco según Michael Mann

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abril 16, 2014 por Roberto García-Ochoa Peces

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A pesar de disponer de un buen puñado de atractivas realizaciones, Heat se cuenta como la cúspide artística de Michael Mann, puesto que ni antes ni después de su realización ha exhibido de manera más cabal, espectacular y, a la vez, contenida, sus inquietudes cinematográficas, mayoritariamente expuestas en el género policiaco y enfocadas hacia la contraposición vital del héroe/villano.

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La clásica historia del ágil criminal perseguido por el detective al que trae de cabeza tiene en esta película uno de sus máximos exponentes, por la complejidad que atañe a sendos personajes y por la depurada filmación con que el director los cerca. Neil (Robert De Niro) sólo sabe robar bancos, y además lo hace muy bien, rodeándose de un competente equipo profesionalizado -una introducción modélica da buena cuenta de ello: vibrante en la acción, en un extraño, por improbable, equilibrio entre rabia y comedimiento, y perfeccionista en la trama subsiguiente, enemigo de los cabos sueltos: Mann es una prolongación de sus criaturas-. Por su lado, Vincent Hanna (Al Pacino) carece de una vida propia porque se la roban tipos como Neil, y ello le imposibilita una adecuada relación sentimental con su mujer e hijastra.

A su alrededor, una galería de personajes secundarios en efecto poco perfilados, salvo uno, perteneciente al grupo criminal, Chris (Val Kilmer). Y es que todos ellos (y en especial éste) sólo le interesan a Mann para realzar aún más la vigorosa definición del retrato de los dos héroes de la función: dos caras de una misma moneda que no pueden existir uno sin el otro, condenados a encontrarse, comprenderse y en última instancia eliminarse mutuamente por entrega a sus trabajos (una manera de llamar a sus inquietudes), que les despojan de cualquier atisbo sostenible de aproximación a la vida tal cual una persona normal la entendería. En apariencia opuestos pero en realidad iguales, Mann focaliza su esfuerzo durante más de hora y media en fructificar esta idea a base de diálogo y más diálogo (incluso directo entre ambos, enfrentándolos en una escena formalizada en un plano/contraplano brillante, cínico y elocuente como pocos) para dar buena cuenta de una profusa reflexión acerca de sus caracteres, manejándolos sobre la base de un mismo espejo, el único posible en sus existencias: la violencia.

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El director gusta de despojar los signos de aseveración moral en la historia, ya que sólo le interesa el aclamado enfrentamiento, porque en realidad los actos que sus habitantes perpetran hablan por sí mismos, sin que sea necesario remarcarlos de manera externa; no existe posibilidad de juicio hacia los personajes, su escapismo ocupacional lo anula por completo. Lo que no impide el objetivo de su observación: la cinta marca un compás de ritmo pausado que nos hace introducirnos y ser perfectamente conocedores de los vericuetos de la actividad criminal y de su persecución por parte de los responsables de guardar la ley, y supone un exhaustivo estudio al respecto. Y siendo comúnmente conocido como un film de acción, resulta curioso descubrir que sólo sean, en realidad, tres, las secuencias destinadas de manera explícita a subrayar tal limitación (los espectaculares atracos del principio y el tramo final, más la persecución última en el aeropuerto). Pero resultan más que suficientes, ya que son los justos brotes de pura épica cinematográfica que sirven para romper la inquisidora calma reinante y que identificarán a la película para su posteridad: a nadie que haya visto Heat se le escapa de la memoria el atraco final, seguido de ese tiroteo en mitad de la calle donde la cámara se inmiscuye increíblemente en su interior, como si de un peligrosísimo enfrentamiento real entre la policía y unos atracadores se tratase, teniéndonos a nosotros como privilegiados invitados de excepción; y es entonces cuando sentimos cómo la bala pasa a nuestro lado, rozándonos y tensionándonos aun sin la posibilidad de sufrir herida alguna, gozando con una conmoción propia del que permanece noqueado ante un espectáculo visual único, exquisitamente construido en base a una elaborada planificación y puesta en escena, y perpetrado a posteriori en un audaz montaje. Un culmen de la técnica.

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Imprescindible thriller moderno, todo espectador aficionado al género reconocerá Heat como una de las mejores muestras de los 90 (extensible a la Historia) en explorar hasta lo más hondo el ambiente humano y la inquisitiva metodología que rodean al crimen y, en especial, en radiografiar los intercambiables caracteres de una memorable doble figura justamente mitificada por los enormes pesos pesados de la interpretación que son Al Pacino y Robert De Niro. Inteligencia y nervio entremezclados. Un placer para los sentidos. Una obra maestra.

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