Recuperamos el segundo largometraje dirigido por Peter Strickland, sumando así a nuestro archivo un nuevo comentario sobre su obra, que es una de nuestras favoritas en el cine de género moderno. El realizador inglés entregó en 2012 un filme de origen independiente y clara ascendencia experimental, donde el sonido acaso tiene más importancia que la propia imagen, impulsado -entre otros motivos- a partir de las inolvidables composiciones que legara el grupo Broadcast (a cuya cantante Trish Keenan, fallecida el año anterior, está dedicado). Una suerte de extraño neogiallo auroral cuyo visionado, doce años después, sigue resultando igual de fascinante.

Gilderoy (Toby Jones) es un introvertido y temeroso ingeniero de sonido que viaja a Italia para trabajar en una producción de terror dirigida por Giancarlo Santini (Antonio Mancino), contratado por el Berberian Sound Studio. Allí es recibido por el productor Francesco Coraggio (Cosimo Fusco), quien le presenta los extravagantes métodos de trabajo del equipo, aunque su máxima preocupación parece ser recuperar el coste de su vuelo. Su estancia se enrarece por momentos, después de que algunas actrices abandonen el estudio ante las exigencias de Francesco, y otras nuevas, como Elisa (Chiara D’Anna), entren para reemplazarlas. Pero su desubicación torna en aumento cuando sueños amenazadores parecen contagiar la realidad que le rodea…

Segundo largometraje de Peter Strickland, Berberian Sound Studio se erige como uno de los trabajos más redondos del joven realizador inglés dentro de una filmografía que, aunque aún corta, deja entrever las suficientes maneras y cohesión en sus rasgos de estilo como para ser considerado uno de los nuevos talentos del cine de género hecho en Europa. Ya en Katalin Varga (2009), su inicio en el largometraje, demostraba una extraña capacidad para insuflar una cualidad atemorizadora a sus imágenes, lo que perfeccionaría en esta. No cuenta para ello con ningún rostro conocido, sino que se apoya en gente de su confianza con la que ya había trabajado previamente, caso de Fatma Mohamed, actriz originaria de Rumanía –donde se ambientaba la citada ópera prima, asimismo debut de esta–, o Chiara D’Anna, que se estrenaba aquí y protagonizaría la siguiente obra del inglés, The Duke of Burgundy (2014).
Nos encontramos ante un filme de origen independiente, estimulado a partir de un estricto sentido autoral y de clara ascendencia experimental, lo que reduce su universo creativo a un foco concreto, en el que su director manifiesta, con suma inteligencia, la deuda que mantiene con el pasado. El excelso (y provechoso) juego de conexiones metacinematográficas comienza desde la secuencia de créditos iniciales, que presenta la película ficticia “Il vortice equestre”, dirigida por Giancarlo Santini, a través de una fascinante composición de fotogramas saturados en tonos rojo y negro, debidamente propulsados por la genial música del grupo Broadcast (responsables de toda la banda sonora y a cuya cantante, Trish Keenan, desaparecida en 2011, dedica Strickland su realización). Y es que Berberian Sound Studio, su filme contenedor, va a realizar la apuesta definitiva por el sonido en toda su expresión, prestando su director una atención extrema, diríase enfermiza, por este apartado, que se erige auténtico motor del relato en su concepción, a través del que revela un amplio y rico conocimiento en el uso de todo su espectro y anulando así –por sobrexposición– la acepción diegética del mismo (tan bien cultivada por cineastas como Dario Argento a lo largo de su carrera).

El vendaval de sonidos manufacturados por sendos friquis a petición del personaje del productor, donde un apuñalamiento se traduce en una pelea mano a mano con una col, o una caída fatal en el agresivo lanzamiento contra el suelo de media sandía, no solo genera una sensación próxima al pasmo en el espectador –al fin y al cabo, está vislumbrando la “magia” oculta del proceso de creación cinematográfico mediante una película que, a su vez, está dentro de otra– sino que sirve, al mismo tiempo, para lanzar una apasionada (y apasionante) reivindicación de la fuente analógica frente a la invasión digital que tiraniza el medio en la actualidad, lo que viene a justificar su loa a otros tiempos. Y aunque la cinta para la que trabaja el protagonista parezca encuadrarse en el terror sobrenatural, la manera que tiene el cineasta inglés de arrojar esta filosofía del sonido, en paralelo y desgajada en su montaje, como si la contaminación auditiva de la sala contigua vampirizase el propio celuloide, no hace sino reverberar en los sanguinolentos territorios del (neo)giallo, manifestando, de hecho, su más absoluta esencialidad como género concebido después del género y parido desde sus mismas entrañas, provocando el nacimiento de un producto amorfo y extraño por necesidad.
Aunque una fina línea de humor, traída de la mano del gran Toby Jones –cuya expresión desconcertada preside el plano–, ilumine con su presencia buena parte del desarrollo narrativo, el oscurecimiento de la trama es progresivo y va a trasvasar esa brizna de incómoda jocosidad en un aire ominoso. El ideario definitivo (y definitorio) del filme da una idea en la que el arte, más que reproducir, enguye la propia vida, exterminando la existencia de sus habitantes mediante su descomposición, lo que en el terreno ficcional genera el colapso físico de los fotogramas. Un tema que, por cierto, guarda una íntima relación con lo que Bergman expusiera en Persona (1966) o, unos años más tarde desde suelo patrio, Zulueta en Arrebato (1979), en lo que refiere a la progresiva distorsión y final anulación de la identidad del individuo, demostrando así Strickland que su cultivación del cine de género no está reñida con la posibilidad de expresar un sentimiento culto y autoral. En última instancia, se trata de un despliegue de raíz fantasmática cuyo estimulante potencial el realizador ha continuado explotando solo en parte en su siguiente cinta, In Fabric (2018), pese a arrojar también ciertos rasgos giallescos en su construcción.


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