Crítica de Su propio infierno, de Nicolas Winding Refn

Tres padres, una hija perdida y un infierno sin redención. En su regreso al largometraje, Nicolas Winding Refn compone una ópera trágica y exuberante que funde la ciencia ficción, el cuento de hadas y la imaginería del cine de género en un universo de neones, cuerpos y cristales afilados. Un espacio de contornos inciertos donde la violencia paterna y el anhelo de recuperar lo perdido se entrelazan bajo el hechizo de la música, obra del maestro Pino Donaggio. Más que descifrar sus imágenes, se trata de dejarse arrastrar por ellas (y entretenerse rastreando sus incontables referencias).

Cartel español de Her Private Hell, dirigida por Nicolas Winding Refn

País: Dinamarca, Reino Unido, EE.UU.
Título original: Her Private Hell
Año: 2026
Estreno: 9-10-2026
Duración: 110 min.
Director: Nicolas Winding Refn
Guion: Nicolas Winding Refn, Esti Giordani
Fotografía: Magnus Nordenhof Jønck
Música: Pino Donaggio
Intérpretes: Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth, Dougray Scott, Diego Calva
Género: ópera, neón, ciencia ficción, tragedia, terror
Productora: Neon, byNWR

LOS PADRES, LA HIJA Y EL INFIERNO DE REFN

Ha tenido que transcurrir una década para que veamos en la pantalla grande un nuevo título de Nicolas Winding Refn. Desde The Neon Demon –que un servidor vio en la respectiva edición del festival de Sitges y se atrevió a colocar en el top de aquel ya lejano año 2016–, el cineasta danés ha repartido su tiempo entre la televisión –Demasiado viejo para morir joven (2019), Cowboy de Copenhague (2023)–, el cortometraje, el vídeo musical y otros formatos (véase el film colectivo sobre el rapero estadounidense Travis Scott).

Su regreso no va a dejar indiferente a nadie. Vista de manera aislada, corre el riesgo de pasar por un experimento estrafalario y, hasta cierto punto, incomprensible para el espectador. Considerada, empero, en el seno de una filmografía de progresivo refinamiento estilístico, Her Private Hell es una suerte de obra cumbre o, cuando menos, una pieza definitoria de una manera de entender el arte. No solo el séptimo arte, sino también su necesario diálogo con otras disciplinas: desde la música hasta la literatura, pasando por la escultura y la arquitectura y, atravesándolas todas, la ópera.

Grupo de actrices en Su propio infierno, dirigida por Nicolas Winding Refn


Porque nos enfrentamos aquí a una ópera, trágica y exuberante, que habla de la compleja relación paterno-filial y las crisis de identidad que se deducen de su inconcreción. Para ello, el propio Refn y Esti Giordani plantean una historia que atraviesa un tiempo y un espacio indefinidos –un relato intemporal de aura sci-fi– para encontrar a la joven Elle (Sophie Thatcher) en busca de su padre perdido: un egoísta realizador que mantiene a una cohorte de jóvenes actrices a su disposición. Él mismo (Dougray Scott) la previene, a su llegada al rodaje de una película de ciencia ficción, sobre la presencia de una figura monstruosa, el “hombre de cuero”, que emerge de la niebla que puebla la ciudad en busca de su hija perdida y no duda en exterminar a todas aquellas que se cruzan en su camino: el padre violento. Por último, entre los oscuros callejones de este insondable lugar también asoma el Soldado K (Charles Melton), un militar norteamericano asimismo en busca de su hija, perdida en el infierno, labor que tendrá que resolver frente a la mafia local en combates cuerpo a cuerpo: el padre trágico, en debate constante entre la ausencia y el anhelo doloroso de recuperarla.

Charles Melton en Su propio infierno, dirigida por Nicolas Winding Refn

Ninguna de estas líneas narrativas mantiene un orden riguroso, ni todas albergan la misma relevancia dentro del relato. De hecho, el hilo conductor lo mantiene el personaje de Elle, que funciona como prolongación nuestra sobre la pantalla: un vaivén de desorientación, disfrute, miedo y redención que sintetiza las cualidades emocionales de la propuesta. Porque Su propio infierno es, ante todo, cine sensorial, que permite respirar los aromas fríos proyectados por los colores neón tan característicos de la obra más refinada del director, o aumentar la temperatura al inhalar el sudor que emana de los cuerpos, su sexo y las vísceras que explotan contra la cárcel de cristal que parece envolverlos con suma fragilidad. Y donde el viaje importa más que su significado. Por más que este exista, se encuentra codificado en una serie de capas de referencialidad inasumible, por inabarcable.

El infierno de Refn es una suerte de trasmundo donde los seres vagan sin una dirección ni propósito claros, sus conversaciones se antojan insustanciales bajo el peso de un ambiente asfixiante y el miedo ni siquiera es una sensación, sino una forma abrupta, repentina y eminentemente brutal. Un lugar inundado de neones rosa y azulados, en permanente pugna por abrirse hueco entre la espesura de la niebla, que lo expande hasta hacerlo indefinido. Una metáfora de belleza sublimada que invita a establecer un vínculo con el episodio que el propio cineasta describió como su muerte durante 25 minutos, antes de ser reanimado en una operación en 2023.

La niebla que emerge del infierno de Su propio infierno, de Nicolas Winding Refn


Así, la obra queda configurada, en buena medida, por la abundancia de guiños. La cultura pop, expresada hoy a través de la imagen de videoclip y la dinámica visual de las redes sociales, y la publicidad, como el esplendoroso anuncio de una fragancia de luxe, conviven con la literatura y, en concreto, con la tradición centroeuropea de los cuentos de hadas: Caperucita Roja, en una derivación más próxima, por su final, a la de los hermanos Grimm, y La pequeña cerillera, del danés Hans Christian Andersen. Y, claro está, el cine, objeto del amor candente de Refn: el asiático de artes marciales y, especialmente, el italiano de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. No solo el giallo: el homenaje a Terrore nello spazio (1965) es patente. También, en términos más generales, a todo aquel cine capaz de arrojar una visión camp del universo: véanse Barbarella (1968) o Flash Gordon (1980).

La paradoja es que todo ello sirve para construir un mundo propio. Uno tan extraño como alambicado y fascinante. Y, por ello, plenamente reconocible. Pero regresemos a la ópera. ¿Cabe imaginar estas imágenes-fetiche sin un compositor clásico capaz de sostenerlas? La aparición de Pino Donaggio supuso, por supuesto, la iluminación divina que necesitaba nuestro inefable realizador. El baile de sus notas alrededor de esa mística imaginaria, del cuero a la intemperie y del vidrio puntiagudo que sobresale de las composiciones visuales constituye el último e irresistible impulso de atracción hacia el abrazo de este mundo extraño.

Sophie Thatcher en Su propio infierno

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